Después de más de 40 años hace tiempo que estuve releyendo nuevamente el libro titulado, “Escogidos en Cristo” 1 de los apreciados autores, Ernesto Trenchard y José María Martínez. Tengo buenas razones para recomendar este libro que leí a mediados de la década de los años 70.
Por ese tiempo había leído las Instituciones de Calvino. Como era la primera teología completa que leía me resultó tan convincente su argumentación que me hice “calvinista”. Sobre todo la parte que trataba la gracia soberana de Dios, acerca de “sus decretos” por los cuales él determinó, “en su gracia”, que unos seres humanos se salvarían y otros se perderían sin que dicha gracia les alcanzara a estos últimos a tal fin.
Consecuentemente, a causa de mi inmadurez y la falta de conocimiento (en todos los sentidos) creía que todos los demás que no pensaban como yo, estaban seriamente equivocados.
Como desde el principio mis autores favoritos eran Charles H. Spurgeon y Arthur Pink y dado que ambos eran calvinistas, pues todo contribuyó a que adoptara esa forma de pensar creyendo que esa era la “doctrina correcta”. Algo como lo que dice el mencionado libro en su introducción:
“Desgraciadamente, en algunos lugares, aprovechando la fascinación que suelen causar ciertos nombres prestigiosos, se presenta el calvinismo como la única teología evangélica ortodoxa y completa, como la más pura esencia de la verdad bíblica…” (P. 3. Las cursivas son mías)
Eso mismo pensé yo. Por eso me convertí en un intransigente e impertinente defensor de esa doctrina y, de haber seguido en esa línea y con ese espíritu hubiera hecho mucho daño. En este nuevo párrafo que leí en ese tiempo y que copio aquí, recuerdo que me vi bien retratado:
“Más triste es que en algunos casos la propagación de las doctrinas se haya efectuado con un espíritu fuertemente sectario, sin respeto o consideración hacia las convicciones dispares de sus hermanos, tan ortodoxos, tan amantes de la verdad y tan celosos de la gloria de Dios como podría serlo el calvinista más conservador.
Tal estrechez de miras ha originado algunos problemas, y ha creado cierta confusión en las mentes de algunos creyentes sinceros que desean ser fieles a la verdad”. (P.3. Las cursivas son mías)
Ciertamente, no es fácil cuando en medio de las varias posiciones que hay en relación con algunos temas que parecen esenciales, uno quiere situarse en el lado teológicamente correcto.
Pero cuando falta madurez y falta de experiencia, una vez que te “engancha” se produce un convencimiento tal que es difícil siquiera pensar que uno pueda estar equivocado.
En realidad, eso ocurre con cualquier otra doctrina o énfasis que, de tanto surge y se pone “de moda” en el pueblo de Dios. Porque, digámoslo claramente, tal convencimiento proporciona mucha seguridad al que lo posee.
Pero no hemos de olvidar que la misma seguridad tiene el que no piensa como aquel, pues él cree que está en lo cierto, “según lo que enseñan las S. Escrituras”.
Por ejemplo, recuerdo que al leer –además de los autores mencionados- un folleto, bastante amplio, sobre “la teología del pacto” lógicamente me llevó a un mayor convencimiento de “la redención limitada”.
Esta enseña que Cristo murió solamente por los elegidos y predestinados. De donde se sigue que el Señor Jesucristo no murió por los demás ya que, de antemano, Dios dictaminó, por decreto, dejarlos y abandonarlos en la condición de perdición sin ninguna asistencia de la gracia divina para que puedan ser salvos.
Así en la condición en la cual se encuentran, por decreto, su destino será la condenación al infierno.
Precisamente, viene al caso que estando en nuestro retiro de Iglesia, hace ya bastante tiempo, un hermano me dijo si me podía hacer una pregunta de carácter teológico.
Adelante, le dije. Me dijo que había escuchado una predicación en la cual el predicador pasó por todos los pasajes que hablan del amor de Dios para con todo el mundo (J.3.16) y de “la gracia y la bondad de Dios para salvación a todos los hombres” (Tito 2.11; 3.4), además de su deseo de que “todos los hombres sean salvos” (1ªTi.2.1,4,6 con 2ªP.3.9) y decía –el predicador- que en esos lugares no se refiere a “todo el mundo” ni a “todos los hombres” sino solo a los elegidos y predestinados para salvación. Es decir, Dios no “amó al mundo” como dice el evangelio de Juan (J.3.16) sino a los elegidos.
El lector atento podrá sacar la conclusión que se desprende de una lectura sencilla de los textos mencionados, y sin necesidad de hacer violencia al texto.
Entendemos que solo cuando uno quiere afirmarse en su propia teología es que se llega a hacer una exégesis tan extraña, violentando el sentido del texto bíblico.
El que me hizo la pregunta tenía gran preocupación porque lo que enseña la Escritura fuera como él predicador había expuesto, pues no le encajaba esa forma de interpretar los textos citados.
Así que, tranquilamente le mostré el contexto de la mayoría de dichos versículos, donde, desde luego, en nada hablan de una “redención limitada”. (Por supuesto no es este el lugar para abordar el tema de la pregunta en cuestión, dado que ese nos es el propósito de este escrito).
Qué duda cabe que la Biblia enseña de una pre-destinación que Dios lleva a cabo desde “antes de la fundación del mundo”. Pero también enseña de la responsabilidad humana ante la revelación de Dios que es para salvación. Y es en relación con estas verdades que parecen contrapuestas, que el teólogo Louis Berkhof escribió:
“En aquellos casos cuando la analogía de la Escritura conduce al establecimiento de dos doctrinas que parecen aparentemente contradictorias, ambas deben ser aceptadas como escriturales, sobre la confianza de que estarán de acuerdo en una unidad superior. Piénsese, por ejemplo, en las doctrinas de la predestinación y del libre albedrío; de la total depravación y la responsabilidad humana” 2
Pero de todos es sabido que entre los teólogos no hay unanimidad en cuanto al tema planteado. Por tanto, deberíamos tener una buena dosis de humildad y no caer en lo que también nos dicen los autores de “Escogidos en Cristo”, aparte de lo que ya he mencionado más arriba, que me pasó a mí:
“Tal estrechez de miras ha originado algunos problemas, y ha creado cierta confusión en las mentes de algunos creyentes sinceros que desean ser fieles a la verdad. En otros ha producido reacciones partidistas y ha fomentado el uso nada cristiano de motes impuestos a modo de sambenitos.
A causa de esas reacciones, unos han condenado absurdamente a los "calvinistas" como si fuesen el peor tipo de herejes, con desconocimiento de las grandes aportaciones espirituales —y aun político-sociales— del calvinismo a lo largo de la Historia.
Con no menos ignorancia, algunos calvinistas tildan en tono despectivo de "arminianos" y hasta de "pelagianos" a cuantos no comulgan con todas sus ideas particulares.
Al hablar de los arminianos lo hacen como si se tratara de traidores a la Palabra, empleando términos de desprecio exento de toda caridad, sin haberse tomado la molestia de examinar lo que Arminio realmente enseñó.
De hacerlo, descubrirían que, como veremos en la sección histórica, el sistema del profesor de Leyden no era otra cosa que el calvinismo modificado en algunos extremos que chocaban con el tenor general de la doctrina bíblica”. (P.3. Las cursivas son mías)
Ciertamente, no es ningún secreto el hecho de que, después de 500 años desde la Reforma se sigan teniendo discusiones que, tanto en el tono como en la forma dicen mucho de la falta del Espíritu de Cristo en aquellos que las sostienen. (¡Como a mí me pasó!)
Pero, con el agravante de que debido a la “utilidad” y eficacia (para bien o para mal) de las redes sociales, los debates se multiplican, y no para la gloria de Dios.
Pareciera que lo que Trenchard y Martínez escribieron hace casi 60 años, fuese de viva actualidad:
“La época de crisis que atravesamos obliga a la Iglesia a apretar filas para enarbolar la bandera de la verdad frente a los errores de múltiples "ismos" y hacer visible su auténtica unidad en Cristo ante movimientos de dudoso signo (…) La coyuntura religiosa del momento actual es particularmente delicada en nuestro país.
Con sus nuevas posibilidades, lleva aparejadas graves responsabilidades que exigen sensatez y discernimiento”. (P.5. Las cursivas son mías)
Por tanto, quizás será necesario recordar y recordarnos a nosotros mismos aquel triple lema atribuido a Agustín de Hipona, y que muy de vez en cuando repetimos: “En lo esencial, unidad; en lo secundario, libertad; en todo, caridad”.
Aunque, pareciera que nos cuesta distinguir y separar, exactamente, “lo esencial” de “lo secundario”.
Esa falta de “sensatez” señalada en el párrafo copiado más arriba, a su vez pone de manifiesto nuestra falta de “discernimiento”. ¡Ojalá que pudiéramos aprender de una vez!
Pero mucho nos tememos que ese tipo de discernimiento nos queda un tanto lejos. Y eso, a pesar de conocer la historia. Al menos, en aquel tiempo el libro de referencia a mí me reportó algo de sensatez y, con ella, equilibrio por el que pude abandonar aquel espíritu intolerante e intransigente.
Pero aquel fue solo un modesto principio. Pero entonces como ahora, seguiremos adelante a pesar de las dificultades. Y en esto, como en todo lo demás, el Señor nos ayudará.
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1. Literatura Evangélica. 1965. Nueva Revisión, 28 de enero de 2012.
2. Berkhof Louis. Principios de Interpretación Bíblica. CLIE, 1969. Pg. 206.
