La verdadera riqueza de un pueblo

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La verdadera riqueza de un pueblo
La verdadera riqueza de un pueblo

Hace unos meses, recibí un adjunto con el título, “las Causas de la Prosperidad”. De fondo, una música muy agradable con fotografías de bellísimos paisajes de Suiza.

Como era un poco largo para tan poco espacio aquí, resumo las causas principales de la prosperidad según se exponían allí:

1.- La ética, como principio básico; 2) la integridad; 3) la responsabilidad; 4) el respeto a las leyes y los reglamentos; 5) el respeto por el derecho de los demás ciudadanos; 6) el amor al trabajo; 7) el esfuerzo por la inversión; 8) el deseo de superación; 9) la puntualidad; 10) Ver algo errado no debe generar indiferencia.

Es necesario cambiar la mente para rectificarlo. Nuestra preocupación debe ser con la sociedad, la causa y no con la clase política, apenas el triste efecto (aquella permanece, la clase política, pasa). Solo así alcanzaremos la excelencia.

Cuando leí la presentación, me acordé que esos principios enumerados más arriba fueron asumidos, por los países que abrazaron la Reforma Protestante e influenciaron con ellos, poco a poco, sus propias culturas.

El resultado salta a la vista, sin que por eso queramos decir, que dichos países son esencialmente cristianos. No, pero fueron influenciados por aquellos principios bíblicos, hasta el punto que, siendo formados en ellos fueron conformando una conciencia colectiva sin la cual, no sería posible la puesta en práctica en sus sociedades.

Ellos tuvieron que “mamarlos” –valga la expresión- en sus propios hogares desde pequeños, dándoles tanta importancia –¡o más!- que al propio alimento; y por supuesto, más que a ciertas tradiciones religiosas que, aunque “hacen cultura”, nada tienen que ver con los principios éticos a los cuales nos referimos.

De esos principios nos hablan las Sagradas Escrituras y acerca de los cuales leemos en el libro de los Proverbios: “Enseña al niño al comienzo de su camino, y ni de viejo se apartará de él”. (Prov. 22.6).

Así es: desde la cuna y en el hogar.

“La verdadera riqueza de una nación está en la educación de sus gentes”

Lo anteriormente dicho, me traía a la memoria lo dicho por D. Antonio Escohotado en una entrevista hecha por el conocidísimo periodista, Jesús Quintero, acerca de “la verdadera riqueza de una nación”.

Escohotado dijo:

“La verdadera riqueza de un país no está en la abundancia de su materia prima. No, sino en la educación de sus gentes. Aquel que cuando pide algo, dice: ‘Por favor’; y cuando lo recibe, dice: ‘Gracias’. Está en que cuando vas por una acera y viene una persona mayor, le cedes el paso y dices: ‘Pase, por favor’. En que cuando alguien se le presenta la oportunidad de quedarse con algo que no le pertenece, no lo hace…”

Y así siguió el sabio D. Antonio hasta hacer un retrato de lo que es una persona educada. Lógicamente eso sería la expresión de una sociedad con principios morales y éticos sólidos, alejada en mucho de una sociedad corrompida tanto desde el punto de vista moral como ético.

Sin embargo, eso no es muy diferente de lo que nos enseña la Sagrada Escritura. Con la diferencia que el creyente, además, sabe de dónde viene “toda buena dádiva y todo don perfecto: del Padre de la luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación” (St.1.17).

Por lo cual, también se caracteriza –como ya se ha dicho- por la gratitud; pero en principio, gratitud a Dios. Algo que suele escasear en una sociedad mal-educada, que se cree con derecho a todo y que, por tanto, no da gracias ni a Dios ni a los hombres por nada.

Al contrario. Pero ya en el libro de Proverbios se nos presenta la posibilidad de una sociedad así, sin educación, orgullosa, ingrata, cruel, mal hablada, corrupta de entendimiento y en sus obras; una sociedad donde todo se ha echado a perder desde el principio de la vida, en el seno de la propia familia (Prv.30.11-15).

Pero si un ateo como el mencionado sabio puede echar mano de lo mejor para señalar la educación como el factor esencial para construir un país, ¿cuánto más un seguidor de Cristo no echará mano de aquellos mismos principios que han de ser la base y guía de su vida, con el ardiente deseo, además, de influir para bien en la sociedad a la cual pertenece y en la cual vive?

 

El panorama no es nada halagüeño

Pero ¿qué pasa cuando una nación no es educada y encima quiere ser próspera por encima de todo y de lo que sea? ¿Y qué pasa con una nación que no solo no es educada, sino que la mitad odia a la otra mitad?

¿Y qué pasa con una nación en la que se pone de manifiesto que sus gobernantes, tanto de un signo político como de otro no son educados (¡Ojalá lo fueran!) y por esa misma razón aprovechan sus cargos para enriquecerse, y cuando son descubiertos en sus fechorías, no solo lo niegan todo, sino que mienten y mienten; y vuelven a mentir y arremeten tanto contra los periodistas que los descubren, acusándolos de “levantar bulos” como contra los jueces que los juzgan a los cuales también acusan ante la opinión pública de ser interesados, partidistas y por tanto, injustos?

Pero eso sí, esos mismos jueces son “justos” cuando juzgan y condenan a los del partido político contrario.

Pues… pasa que esa nación fracasará-en-sus-intentos-de-prosperidad-en-todos-los-sentidos. El orgullo, la mentira, la corrupción, la trampa al contrario y la falta de responsabilidad ante las faltas cometidas, no son solo señales de una falta de educación ética y moral, sino muestras indiscutibles de una anticipada ruina que tarde o temprano llegará a ese pueblo.

Un cambio de nuestra sociedad es posible, en la medida que cambiamos cada uno de nosotros

Hace años leí en alguna parte que cuando Cuba logró su independencia de España, alguien de cierta importancia y como si sus palabras fueran profecía certera, dijo: “Cuba será la Suiza del Caribe”. Pero otro que estaba presente, con un mayor conocimiento de las personas y las culturas, dijo: “¿Sí? ¿Y dónde están ‘los suizos’ para hacer eso?”

Así que los pueblos no prosperarán porque tengan muchos recursos o porque tengan buen clima… sino porque tengan educación. La educación “crea” un tipo de gente especial que, visto solo desde el punto de vista humano, contrasta -¡Y mucho!- con aquella que no es educada.

Y todo eso incluso al margen de la cuestión espiritual; cuestión esta que como cristianos tampoco hemos dejar de lado.

Sería, pues, muy provechoso para cada uno de nosotros, hacer una evaluación personal, a la luz de los diez principios anotados más arriba y sacar las conclusiones pertinentes a las que hubiere lugar.

Por mucho que queramos, no podemos negar que, cada uno de nosotros somos hijos de nuestra propia cultura, con sus cosas positivas y sus cosas negativas; y mucho nos tememos que nos haría falta vaciar la “mochila cultural” que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida, y llenarla de otros elementos como los arriba mencionados.

Sólo así, podríamos, poco a poco, ir creando una conciencia colectiva que cambiaría para bien nuestra cultura y “limpiarla” de elementos dañinos; y con ella, nuestra nación.

Eso también tiene todo que ver con nuestra vida cristiana. De otra forma, Jesús no hubiera dicho estas palabras: “Vosotros sois la luz del mundo… Vosotros sois la sal de la tierra” (Mat. 5.13-14).

Sin embargo, hemos de insistir en que eso de “cambiar la forma de ser cultural”, sin la aplicación radical del Evangelio de Jesucristo, no serviría de nada; se quedaría solo en palabras y las cosas seguirán como siempre.

De ahí la importancia de asumir esa doble realidad: por una parte el desprenderse de “la mochila cultural” y, por otra, “el cambio” que ha de producirse en las personas, por medio del Evangelio de Jesucristo. Sin lo cual, aquella “forma de ser” nos acompañará siempre.

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