Sobre la naturaleza humana

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Sobre la naturaleza humana
Sobre la naturaleza humana

Hablar sobre la naturaleza humana es un tanto complejo. Sobre esta cuestión han tenido lugar muchas discusiones a lo largo de la historia.

Muchos han creído y creen que el ser humano nace con una naturaleza “buena” y que si llega a ser malo es por imitación de lo que ve, lo que oye y lo que experimenta.

Pero eso -con perdón- es una falacia. Primero, porque lo hemos visto en nosotros mismos. Larry Crabb dijo que si pudiéramos ver nuestro corazón tal y como es y como Dios lo ve, nos daríamos cuenta que es muy parecido a una olla que, cuando la destapas, ves que está llena de gusanos (“De adentro, hacia fuera”. 1992).

Pero también lo sabemos porque los que tenemos hijos, sabemos cuánto cuesta el guiarlos por las sendas de la verdad, la justicia, la generosidad y todo aquello que es bueno-según-Dios, no-según-el-hombre.

Pronto, a una edad muy temprana se ven las señales de la imperfección que sale de corazoncitos que necesitan la corrección, la disciplina y la guía en los caminos de la rectitud. ¡Lógicamente, sin la maldad de las personas adultas!

Pero si se les deja sin la disciplina necesaria, muy pronto se verá en qué queda esa "naturaleza buena" con la cual muchos dicen que han nacido.

En nuestra moderna y tan presuntuosa sociedad respecto de métodos de educación, técnicas psicológicas, libros de autoayuda, y numerosísimos especialistas en dichas materias, cada vez vemos más familias desestructuradas, hijos rebeldes a sus propios padres, a sus profesores en las escuelas y a todo cuanto huela a autoridad.

 

Algunos ejemplos que ilustran la verdad de la naturaleza del ser humano

Como se verá por lo dicho, respecto de que la naturaleza del ser humano “es buena”, personalmente no tengo muy buena opinión sobre esa declaración; por una parte, porque me conozco –solo en parte- como Dios me conoce.

Pero tampoco tengo dudas de las declaraciones bíblicas al respecto. El mensaje de la Biblia no es nada positivo, sino negativo. No importa lo que digan otras fuentes, sean filosóficas o religiosas.

Aquí hablamos del ser humano, que fue hecho a imagen de Dios y que degeneró de tal manera desde sus comienzos hasta nuestros días, que uno se asombra de que alguien diga, a estas alturas, que “en el fondo, el ser humano es bueno”, cuando la historia -dilatada hasta aquí- dice a gritos todo lo contrario.

Solo hace falta que, aún aquellos que parecen “buenos” delante de los demás, se les presenten las circunstancias y/o oportunidades propicias para que se manifieste lo que hay dentro del corazón humano (Mc.7.20-23).

Respecto de esto que vengo diciendo, hace más de 40 años escuché una predicación de un pastor bautista, cubano, que decía:

“Dentro de todos nosotros hay una fiera salvaje dispuesta a saltar en el momento que le sea propicio. Yo quisiera que ustedes hubieran visto a una mujer, conocida de todos por su exquisita educación, su bondad, su amabilidad y ternura; una vez que vino la revolución castrista, de pie en medio de la plaza, con los brazos en jarras y gritando como una energúmena: ‘¡Paredón para todos, que los fusilen!’”.

Muchos de los que vieron y escucharon a aquella mujer no saldrían de su asombro y se preguntarían: “¿Pero, qué le ha pasado a esta señora? ¿Dónde escondía esta señora tanto odio y maldad?”

No importan los motivos. Lo que importa realmente es que nuestra naturaleza humana, caída, da para mucho a la hora de llevar a cabo el mal.

Pero comportamientos como el de la señora cubana, ya estaba escrito/profetizado en la Biblia hace miles de años y se ha repetido antes y después hasta el día de hoy, hasta la saciedad.

Recién cuando Moisés recapituló la ley ante el pueblo de Israel, él les comunicó la importancia de ser obedientes a los mandamientos de Dios y, de paso, la bendición tan grande que sería el seguirlos cumplidamente. (Dt.28.1-14). Pero también les advirtió de las malas consecuencias que tendría el ser desobedientes a su ley. (Dt.28.15-68).

Evidentemente, dichas consecuencias pondrían de manifiesto lo que realmente hay en el corazón humano. Ya no era la cuestión de ser desobedientes a los mandamientos divinos, sino que cuando se comienza esa carrera, nunca se sabe dónde va a terminar en la práctica de la maldad.

De ahí que Dios avise al pueblo a través de Moisés sobre las consecuencias de olvidarse de su ley:

“La tierna y la delicada entre vosotros, que nunca la planta de su pie intentaría sentar sobre la tierra, de pura delicadeza y ternura, mirará con malos ojos al marido de sus entrañas, a su hijo, a su hija, al recién nacido que sale de entre sus piernas y a sus hijos que diere a luz; pues los comerá ocultamente, por la carencia de todo, en el asedio y en el apuro con que tu enemigo te oprimirá en tus ciudades” (Dt.28.54-57; Comp., con 2R.6.26-30)

El cuadro es espeluznante; pero cierto y repetido en varias ocasiones en la historia del pueblo de Israel.

Lo cierto es que unas veces será por ideologías políticas que se quieren imponer a toda costa (el siglo XX resultó muy aleccionador en eso); otras por ideas religiosas; otras, por resentimientos acumulados (¡a veces por siglos¡) otras, por la negación de los derechos más fundamentales; otras por circunstancias propicias para apropiarse de lo ajeno: la codicia, el vicio y aún las situaciones extremas (como la mencionada en el texto citado más arriba, del asedio de una ciudad) pueden llevar a los seres humanos a hacer cosas que jamás pensaron que harían.

Aquí recomendamos leer “Las Guerras de los judíos” escrito por el historiador Josefo, y donde aparece el relato del asedio y la toma de Jerusalén en el año 70 D. de C., a manos del ejército romano, donde se pone de manifiesto lo expresado antes, en Dt.28.54-37. Pero en una escala menor, cuántas veces hemos escuchado decir a alguna mujer-esposa:

“Este hombre está sacando lo peor de mí…”, haciendo alusión a cosas que han pensado, que han sentido y que han llegado a decir ¡e incluso a hacer! y que jamás imaginaron que iban a pensar, sentir o decir. Pero lo mismo se podría decir de algunos hombre en relación con sus mujeres.

Pero lo cierto es que si el ser humano “es bueno por naturaleza” lo sería en todo momento y sin importar las circunstancias y sus frutos serían siempre buenos.

Un ejemplo más. Recuerdo que cuando regentaba mi empresa de joyería, llegó una pareja para comprar género que ellos luego vendían en su tienda.

Esta pareja había estado viviendo como tal durante 8 o 10 años sin casarse; pero finalmente decidieron hacerlo. Así que estaban recién casados.

Parecían contentos con la decisión; y nosotros, al saberlo, también nos alegramos con ellos. Pero aquello era solo una apariencia. Porque mientras miraban el género que querían comprar, él daba una opinión y ella otra y no parecían ponerse de acuerdo sobre lo que debían comprar.

Así que, en un momento, el hombre se puso detrás de ella y, mirándome por encima del hombro de ella, alzó la mano y cerrándola en puño, hizo el ademán de descargarlo sobre la cabeza de ella, como si dijera: “En estos momentos te daba un puñetazo que te ibas a enterar. ¡Qué pesadez de mujer!”.

¡Tremendo! Pero la pregunta es: ¿Por qué si el ser humano “es bueno por naturaleza” produce esos frutos tan contrarios a la bondad y al amor?

Por tanto, hemos de insistir en ello: Si el ser humano es bueno por naturaleza no dejaría de serlo en ninguna circunstancia, por muy difícil que esta fuera y por mucho que fuese puesto a prueba. Pero lamentablemente lo contrario se da con mucha más frecuencia.

Y si algunos, en situaciones extremas se mantuvieron en una línea de bondad y rectitud, lo será siempre en virtud de una conciencia y un temor hacia el Dios transcendente y de una profunda conciencia de su responsabilidad hacia Dios mismo y los principios morales y espirituales derivada de la ley de Dios que tienen su arraigo en el corazón del ser humano, donde Dios los escribió (Ver, Ro.2.14-15).

Esa afirmación declarada por el Apóstol Pablo es una realidad. Es por eso que el apologeta C. S. Lewis decía que, en todos los pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia, el matar, el robar, el mentir, etc., ha sido considerado como algo malo, aunque con hartísima frecuencia muchos lo hayan pasado por alto, tantos unos como otros.

Algunos ejemplos de la maldad humana

Pensando en esto, me ha venido a la mente que esto que venimos diciendo se pone de manifiesto en la película titulada “Savior” (1998) donde varios de los factores mencionados aparecen y dan lugar a comportamientos humanos, por demás, crueles.

Con la guerra de los Balcanes como escenario de fondo, tiene lugar la historia en la que un mercenario, después de perder a su esposa e hijo causada por una explosión provocada por islamistas, se enrola en el ejército para matar islámicos.

Pero él comienza a descubrir su verdadera humanidad cuando se enfrenta a las atrocidades ocurridas durante la guerra de Bosnia. En dicha película aparecen dos casos, diferentes entre sí, en los que la maldad se expresa de forma tan “natural” que pone el vello de punta.

La maldad entretejida con la propia cultura. Una chica miembro de una familia de religión islámica, fue capturada por los enemigos, los cuales abusaron de ella, aunque después consiguió liberarse y reunirse nuevamente con su familia.

Ésta, en vez de alegrarse al recuperarla, la reciben con ciertos recelos. La violación de la chica ha atentado contra su propio “honor” y por extensión contra “el honor de toda la familia”; principalmente el de los varones. (Como siempre, en ciertas culturas, no es tanto el honor de la mujer, sino el del hombre).

Por tanto, la hija y hermana no es tan bienvenida como ella quisiera y necesita-desesperadamente. Pero el momento más tenso es cuando la familia se sienta a comer. Nadie habla; todos están en silencio.

Las miradas del padre a la hija “deshonrada” son de evidente desaprobación hacia su hija. Como si ella fuera culpable de todo cuanto le ha pasado. Solo en la madre se ve una mirada de comprensión e infinita tristeza.

La hija es una víctima de los hombres, pero en su propia casa es tratada como si ella fuera culpable. Los enemigos de los de religión y cultura islámica sabían de este comportamiento de los padres y varones en general; y esa fue la razón principal -entre otras- por la cual se dieron a violar miles y miles de mujeres de cultura islámica.

Ellos sabían que infringirían una herida mortal e irremediable en la integridad de las familias de esas mujeres, fuesen casadas o solteras 1

La otra escena aparece a la orilla de un río, donde hay una embarcación varada.

En ella está el jefe (capitán) de un pelotón de militares -o mercenarios- que han llegado y descubierto un grupo de treinta o cuarenta civiles, hombres y mujeres del bando enemigo.

Éstos saben que van a morir, así que tratan de escapar adentrándose en el río –no muy ancho ni profundo- hasta la cintura o un poco más. Los militares no disparan sobre ellos. Así les hubieran ahorrado sufrimiento. No.

Ellos se sirven de un hombre corpulento, forzudo, necio y bruto en grado sumo que, con un gran mazo de madera se adentra en el agua y va golpeando la cabeza de cada uno hasta reventarlas.

Los demás que están con el agua hasta la cintura, sabiendo que van a correr la misma suerte, están aterrorizados. Ni pueden adentrarse en el río, ni tampoco pueden salir de él, porque el pelotón de militares está en la orilla.

Sin embargo, dentro del barco encallado está el jefe del grupo militar. Él se esta afeitando mientras escucha música clásica y observando por una ventanilla la matanza que está llevando a cabo aquel hombre bruto, salido del mismo infierno de la maldad.

Sin embargo, el jefe que no está participando de modo directo es el principal responsable de aquellos crímenes lo cuales no les causa ni frío ni calor.

Él lo observa todo con toda “naturalidad”; más bien con toda frialdad. A él no le produce ningún sentimiento de compasión o misericordia. Como si aquel espectáculo sangriento que estaba viendo fuera algo “normal” y necesario..

Espectáculos de crueldad y de sadismo como el de la película mencionada se han dado, se están dando y se seguirán dando mientras el ser humano habite este planeta llamado Tierra.

Solo hay que echarle un vistazo a nuestra propia historia. La del Siglo XX, digo. Es el mismo espíritu de odio, de rechazo de unos hacia otros que todavía está presente en nuestra sociedad y que podrían producir los mismos episodios de crueldad ya vividos. Sería solo cuestión de tiempo y “de oportunidad”.

La naturaleza humana es como la higuera de mi abuelo

La Palabra de Dios no nos engaña; Ella nos dice la verdad sobre nosotros mismos, nuestra condición y lo que tenemos que hacer con ella. Por poner un ejemplo que ilustra bien lo que venimos diciendo, la raza humana es como la higuera de mi abuelo.

Cuando yo era adolescente, me iba todos los veranos a casa mis abuelos. Todas las mañanas solía acompañarle y ayudarle algo en la huerta.

Una de aquellas veces, me acerqué a una higuera que estaba cargada de higos muy hermosos a la vista. Abrí uno y tenía gusanos. Abrí otro y lo mismo; todos los que abría estaban agusanados.

Entonces le pregunte a mi abuelo: “Abuelito, ¿qué pasa con estos higos?” a lo cual él contestó enfáticamente: “¡Esa higuera está enferma y tengo que tratarla”.

Así pasa con la raza humana. Está enferma. No reconocer esta realidad es una de las mayores insensateces que un ser humano puede cometer.

Pero eso lo decimos basados en lo que consideramos que es la revelación divina, además de nuestra propia experiencia. La declaración bíblica: “No hay justo ni aún uno…” (Ro.3.9-10 y Sgtes.) resuena a través de toda la Sagrada Escritura.

Algo que no necesita mucha argumentación pues si uno se analiza a sí mismo, sabe que Dios tiene razón y en tanto Él tiene razón solo hay que reconocerlo para poder acceder a la solución propuesta por Él mismo.

La Biblia nos comunica la solución

Así que, siguiendo con la ilustración de la higuera de mi abuelo, él no solo diagnosticó a la higuera como “enferma”, pero también añadió: “Y tengo que tratarla”.

De esa manera, es necesario que nosotros también seamos “tratados”. Solo que en vez de buscar la solución a nuestro mal (nuestra maldad) en nosotros, en otros o por otros medios, es Dios mismo, nuestro Creador el que tomó la iniciativa, para dar solución a nuestro problema del mal.

Dios envió a su Hijo Jesucristo para mostrarnos el camino hacia la verdad y el bien y proporcionarnos la solución a nuestro mal; nuestra maldad.

De ahí que desde antiguo estuviera profetizado que Dios haría una gran obra en su pueblo relacionada con un “cambio de corazón”; un corazón duro como la piedra por “un corazón de carne”; limpiando el corazón sucio de tantas maldades por uno que produjera buenos y saludables frutos.

Obra que sería propiciada por su propio Espíritu y sus leyes que Dios pondría dentro de ellos. (Leer, Jer.31.32-34 y: Ezq.36.25-27).

Esas promesas dadas por Dios mismo, se cumplieron en y por medio de la persona del Señor Jesús, en el nombre de quien cualquiera que crea en Él, no solo recibe el perdón de sus pecados, sino una regeneración interna que produce en el pecador arrepentido un nuevo ser, “una nueva creación” (2ªCo.5.17) en la cual ha sido implantado un nuevo corazón, que le capacita para producir las “buenas obras que Dios ha preparado de antemano, para que andemos en ellas” (Ef.2.10).

Pero no nos engañemos, la maldad de los seres humanos es grande y “sale del corazón del hombre” cobrando distintas formas, como bien dijo el Señor Jesús:

“Porque de dentro del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Mr.7.21-23).

Por tanto, fue el Señor mismo que puso de manifiesto la maldad del ser humano de forma evidente, en sus distintas manifestaciones; pero también nos hizo el llamado a seguirle a Él, que es la respuesta divina a nuestra necesidad de una transformación real, que tendrá lugar desde el interior, del corazón, teniendo como base, su propia muerte en la cruz, donde Él llevó el pecado (nuestras maldades) de todos nosotros sobre sí mismo, para que nosotros fuésemos justificados (declarados justos) delante de Dios. (2ªCo.5.19-20).

“El justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1ªP. 3.18). Dicha obra lleva aparejada la transformación y renovación necesarias (Ti.3.4-6). No en vano, Jesús hizo declaraciones tan radicales como aquella que hacía alusión al “nacer de nuevo” o “nacer otra vez”:

“De cierto de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios” (J.3.3,5). Y es precisamente en esa tajante declaración que está encerrada toda la respuesta de Dios mismo para solución del problema de la maldad del ser humano. “Nacer de nuevo” o: “nacer otra vez”.

Nuestra sociedad necesita personas que, habiendo tenido un encuentro real y personal con el Señor Jesús, han experimentado la realidad de esa experiencia que la Biblia llama “nacer otra vez” o: “la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo” (Tito, 3.5) y que produce los frutos del nuevo ser, que es conforme al corazón de Dios, manifestado en la persona del Señor Jesús.

1. Algo parecido es el argumento de la película titulada: “El Colegio de la Magdalena”, ambientada en la cultura de la católica Irlanda. Independientemente de las mujeres que entraran en el convento por vocación estaban las jóvenes que habían sido violadas y “ya ningún hombre las querría para esposas”. Así que los padres y mayores las internaban en el “Colegio de la Magdalena”.

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