Una de las disciplinas más difíciles de llevar a cabo es la del silencio y el cuidado que hemos de tener cuando hablamos. Y la razón no es ya por saber cuándo hablar, sino qué hablar y cómo hablar.
Porque muchas veces tenemos una necesidad imperiosa de hablar y luego, lo que decimos no tiene ni el contenido ni la importancia que debería corresponder a tal urgencia.
Hablamos a destiempo; soltamos por nuestra boca “palabras ociosas” (Mat. 12.36) e inoportunas; solemos adornar nuestras conversaciones con el consabido y manido lenguaje “religioso-evangélico” y por eso nos queda en nuestro interior el convencimiento íntimo de que somos “muy espirituales”.
Pero también cabe la posibilidad de que ofendamos a otros sin que apenas nos demos cuenta. Esto nos lo confirma Santiago, cuando escribió: “todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende de palabra, éste es varón perfecto…” (St.3.1-2).
Pero además, es posible expresar incredulidad y negativismo a través de nuestro lenguaje. Eso, por no mencionar otros aspectos relacionados con esto mismo.
Precisamente estas consideraciones me recordaron al sacerdote Zacarías, padre de Juan el Bautista, cuando a través del ángel Gabriel recibió las buenas nuevas del nacimiento de su hijo Juan. No que él faltara en relación con todo cuanto hemos mencionado antes. No.
Pero a él le pareció que era una cosa imposible que a su avanzada edad llegaran a ser padres de un hijo. Por eso preguntó al ángel: “¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada”(Lc.1.18)
Con su pregunta al ángel, Zacarías puso de manifiesto su incredulidad, dado que él y su esposa Elisabet habían estado orando por años por un hijo. Así que su pregunta al ángel Gabriel evidenciaba una incredulidad manifiesta. ¿Por qué habían estado orando tanto tiempo?
Esa falta de fe y de respeto ante las evidencias -por la presencia del ser celestial, además de ser conocedor de la historia de Israel y que ellos no serían el primer caso- le valió la imposición de la disciplina del silencio, todo el tiempo que duró el embarazo de su esposa, Elisabet. El ángel Gabriel le dijo:
“Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día que esto se cumpla, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo” (Lc.1.13-20).
Así que cuando salió Zacarías del santuario el pueblo que le estaba esperando, también esperaba que él les hablara. Pero dice el texto que “cuando salió, no les podía hablar. (Lc.1.22). Así que aquel anciano sacerdote usó el lenguaje de señas.
La disciplina del silencio y el contraste con nuestra propia cultura
Debió ser duro para Zacarías no poder hablar en nueve meses. Para comprenderlo podríamos tomarnos sólo un día de “descanso” sin proferir palabra alguna. ¡Qué horrible!
A lo largo del día hablamos (unos más, otros menos) cientos y cientos de palabras. No, no sería nada cómodo para Zacarías estar nueve meses sin poder decir palabra alguna. ¡Ni para nosotros tampoco hubiese sido fácil! Acostumbrados a hablar tanto, difícilmente no hubiéramos querido romper, en algún momento, (de haber podido) la disciplina del silencio impuesta.
Pero claro, para Zacarías no era una cuestión de autodisciplina, sino de una incapacidad para hablar impuesta por el ángel a causa de su incredulidad. Lo cual no deja de ser una disciplina. ¡Y dura!
En este punto recuerdo haber hecho un trabajo relacionado con la comunicación transcultural, que consistía en preguntar a 10 personas no españolas, acerca de cosas que a ellas les resultaban negativas en los españoles. Hice dicha pregunta a misioneros y misioneras ingleses, norteamericanos, etc.
Una misionera dijo que lo que llevaba mal, era la imposibilidad del diálogo en un grupo de personas. Para ella le resultaba extraño (¡y muy negativo!) el hecho de que todas las personas quisieran hablar a la vez, en tono alto y que no se respetara el turno de palabra. Ni unos escuchaban ni el que hablaba era consciente de que no podía ocupar todo el tiempo. Así que la persona consultada decía que en un contexto así, no sabía cómo participar de la conversación.
Pero esto mismo es algo que se pone en evidencia con mucha frecuencia. Solo tenemos que entrar en un bar u otro sitio público y ver cómo todos parecen estar hablando a la vez y en un tono cada vez más alto. ¡Incluso en los tanatorios, donde por razones obvias se prescribe hablar en un tono bajo!
Y si a alguien se le ocurre, llamar la atención y pedir, “por favor, bajen la voz”, de pronto todos callan y se vuelven extrañados por aquella petición. El silencio dura bien poco pues en solo un minuto o dos, todos vuelven a querer hablar a la vez y en el mismo tono alto en el cual estaban hablando antes. ¡Es imposible que se produzca de otra manera! Para eso se tendría que volver a vivir desde la niñez otro tipo de “educación” que el que se recibe, generalmente 1.
Pero volviendo a la disciplina divina impuesta al sacerdote Zacarías, ella tenía el propósito de enseñar algo a aquel sacerdote y por extensión a nosotros mismos, dada la amplia enseñanza bíblica sobre el tema del uso de la lengua. Solo basta coger una concordancia y buscar sobre el uso de la lengua y las palabras en el libro de los Proverbios.
Según mi apreciación, Dios quería mostrar a Zacarías (y por extensión, a nosotros) la importancia de que a la hora de hablar, no fuese ligero, ni incrédulo, poniendo en duda las palabras de Dios.
Así, cada vez que tuviera el impulso de hablar para intervenir en una conversación o contestar a alguna pregunta, o incluso acercarse a Dios en oración, Zacarías podría recordar la razón de su imposibilidad para llevarlo a cabo. Sin duda, la disciplina del silencio fue un tanto dura, pero fue muy útil.
La importancia del uso de las palabras
El pasaje aludido de Zacarías siempre me recuerda una experiencia que pasé al principio de mi conversión (no llegaba a un año todavía) estando en el servicio militar. Esa mañana estuvimos en el campo de futbol del cuartel haciendo ejercicio. Nuestro teniente estaba ausente por enfermedad.
Así que otro se ocupó de darnos las “clases de gimnasia”. Por alguna razón el teniente suplente quiso que lo pasáramos mal y lo consiguió. Así que cuando terminamos e íbamos para el edificio del cuartel, todos íbamos bien “cabreados”.
De pronto, un sargento (casi dos metros de sargento) que no era de nuestra compañía y a quien nadie le tenía simpatía alguna, cuando nos vio que íbamos para el edificio a cambiarnos, nos llamó y yo que me iba sacudiendo el polvo de la camiseta y el pantalón, dije: “¿Qué querrá el ‘desgraciado’ éste ahora?” Pero tuve la “mala suerte” que un cabo primero que estaba detrás de mí, oyó lo que dije.
Me llamó la atención sobre mi expresión y le dije que no lo había dicho de corazón, que era por… Pero ante una falta así, en el ejército no caben excusas. ¡Y además yo era cabo! Él cabo primero se lo dijo al sargento y éste dio parte al coronel. Lo siguiente fue el mes de agosto de 1967 en el calabazo del Cuartel de Artillería 42 de Córdoba.
Además de perder los galones de cabo 2Creo que fue de forma inmediata que me di cuenta de la importancia que tiene el adecuado uso de las palabras.
Los beneficios de la disciplina
Cuando vi la trascendencia que tuvieron mis “breves palabras” me di cuenta de mi seria falta y pedí perdón al Señor. Así que me invadió su paz. Fue en el calabozo que leí la Biblia entera por primera vez.
Pero además, allí me encontré a otro soldado que habían arrestado por dos semanas. Él llevaba una semana y estaba desesperado, y muy inquieto, dando vueltas por la habitación, pensando que todavía tenía que estar otra semana más.
Cuando me vio tan enfrascado en la lectura, me preguntó qué era lo que leía y cuando le contesté: “la Biblia”. Él se extrañaba que estuviera tan tranquilo con un mes de arresto.
Le dije que tenía paz porque había yo reconocía haber hecho mal y me merecía estar allí. Luego, se interesó por el tema de “la Biblia”. Después de explicarle y hablarle de mi fe en el Señor Jesús, terminó poniendo su fe en Él. Fe que mantuvo hasta el día que se nos fue a la casa del Padre, hace ya unos 16 años. 3
Así que aunque “metí la pata” seriamente, bendije al Señor por aquella disciplina que me fue impuesta por mi falta; porque aprendí parte de lo que enseña el autor del libro de los Proverbios: “En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente” (Prv. 10.19).
Pero también aprendí que al reconocer mi pecado, el Señor fue pronto para perdonarme (1J.1.9) y usarme de bendición para otros 4
Salvando las distancias, tanto en el tiempo como en relación con la cultura, Zacarías también fue bendecido con la disciplina divina. Cuando pasaron los nueve meses y su esposa Elisabeth dio a luz, la disciplina sufrida había tenido efectos saludables en Zacarías.
Por eso, cuando se cumplió el tiempo y pudo recuperar la capacidad para comunicarse mediante el habla, él no dijo cualquier cosa que le vino a la mente, ni habló de lo que había supuesto para él tan estricta disciplina; pero tampoco soltó una exclamación del estilo de: ¡Ya era hora! ¡No tenéis ni idea de lo que es estar sin hablar el tiempo que yo he estado! NO vamos a decir que le fue fácil ni que lo “cogió gusto al silencio”.
No. Sencillamente, la lección fue aprendida y cuando recuperó la capacidad de comunicarse, dice el texto:
“Al momento le fue abierta su boca y suelta su lengua y habló bendiciendo a Dios…. y lleno del Espíritu Santo, profetizó…” (Luc. 1.64-66 –Énfasis míos-)
Lo que le impedía poder hablar fue quitado de Zacarías. Quien le puso el impedimento para poder hablar, ahora también le facultó para que pudiera comunicarse.
Y cuando por fin pudo hablar, lo primero que hizo fue bendecir a Dios: “habló bendiciendo a Dios”. Su corazón había sido purificado de la incredulidad y del lenguaje inapropiado. Así que desde esa nueva condición pudo bendecir a Dios.
Pero además, luego expresó palabras que por su naturaleza profética, relacionadas con el ministerio de su hijo Juan y con el Salvador Jesucristo, quedaron registradas en las Sagradas Escrituras (Ver, Lc.1.67-79). Evidentemente, de todo ellos se desprende una gran y provechosa lección para todos nosotros.
Es mejor disciplinarse que “tener que ser disciplinado”
Ahora bien, no hemos de pensar que por tan sólo permanecer en silencio durante poco o mucho tiempo vamos a aprender lección provechosa alguna.
La lección o lecciones no se derivan del hecho de la disciplina como tal, sino de la actitud que se adopta y mantiene en el ejercicio de la misma. Porque el aplicar la disciplina del silencio (podría ser otra cualquiera, con resultados diferentes) por sí misma, no necesariamente va a producir los frutos necesarios.
Pero al practicarla y aceptarla con gratitud y dependencia de Dios, tiene la ventaja de que podamos oír más que hablar; y por otra parte, “mirar” hacia dentro de nosotros mismos, para ver y examinar la fuente de nuestro corazón, si está limpia o contaminada.
Así, ayudados por la luz de las Sagradas Escrituras y la asistencia del Espíritu Santo que "todo lo escudriña" (1ªCo.2.10; Heb.2.12-13) podemos proceder a dejarnos limpiar la fuente para que el “agua” que salga de ella, sea limpia.
Solo así podremos dirigirnos a Dios de forma correcta y, consecuentemente, “hablar la verdad –con los demás- en amor” (Ef.4.15, 25); teniendo en cuenta que nuestras conversaciones deben ser tales que sirvan a "la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes" (Ef.4.29).
Para ir concluyendo es necesario, entonces, señalar la importancia de no tener que esperar a ser disciplinados de parte de Dios, tal y cómo señala el autor de la epístola a los Hebreos 12.4-8.
Aunque en muchos casos será inevitable. Pero en todo caso, siempre tendremos la oportunidad de asumir voluntariamente aquellas disciplinas espirituales a las cuales somos llamados como seguidores de Cristo, y llevarlas a cabo en nuestra vida, con gratitud y como una forma de aprendizaje en la dominación de los pensamientos, de la voluntad y de los deseos.
Al respecto hay un libro que leí hace años, titulado: “Alabanza a la Disciplina” (Richard J. Foster) 5 que puede resultar muy provechoso.
En el libro mencionado el autor señala todas aquellas cosas en las cuales el creyente debería disciplinarse como son, la lectura de la Palabra de Dios, la oración, el ayuno, el silencio, la adoración y la alabanza, etc., ya que, por medio de la auto-disciplina se podría evitar el tener que ser disciplinados “desde arriba”.
PENSAMIENTO: «El verdadero silencio es descanso de la mente. Es para el espíritu lo que el sueño es para el cuerpo: alimento y refrigerio. Es una gran virtud: cubre la locura, guarda los secretos, evita disputas e impide el pecado.» (William Pem)
1. Se cuenta que en cierta ocasión se habían juntado un grupo de españoles emigrantes en un restaurante de Suiza. Estaban tan contentos y eufóricos de verse que sus “diálogos” se encendieron tanto que llamaron poderosamente la atención de los demás comensales, hasta el punto de que al creer que estaban a punto de “llegar a las manos” alguien llamó a la policía para que pusiera “orden”. Luego descubrieron que es era “la forma” de comunicarse de gran parte de los españoles. No sabemos si eso era un chiste inventado al observar la frecuencia con la cual se daban esas situaciones en los lugares públicos o si se dio en realidad. Esto último bien podría haberse dado.
2. Ni que decir tiene que cuento esta experiencia con cierta vergüenza. Pero así fue.
3. Solamente añadir a lo dicho que cuando pasaron dos semanas, me sacaron del calabozo para que fuera ocupado por el sargento que me arrestó a mí. Él había cometido el mismo pecado que yo: él había hablado mal a un teniente y éste le arrestó por dos semanas. Dado que él sargento entró en mi calabozo, en ese momento aproveché para pedirle perdón por mi comentario desatento hacía él. Cosa que me aceptó amablemente. Además me pidió que le disculpara por haberme arrestado: “pero –dijo- no tuve más remedio”. A lo que le respondí que no se preocupara, porque todo aquello me había servido como una gran lección para aprender. A mí me designaron el calabozo que había enfrente del mío que no estaba “arreglado”.
4. En el mes que estuve en el calabozo era visitado todos los días por soldados, la mayoría de los cuales oyeron hablar del Evangelio y al menos a diez de ellos pude regalarles Nuevos Testamentos y algunas Biblias de los Gedeones Internacionales. Ellos venían a verme y oían de buena gana.
5. El libro mencionado parece estar descatalogado. No sabemos cómo un libro que ha traído tanto provecho a tantos creyentes no ha vuelto ha ser publicado.
