Las experiencias siempre nos ayudan a madurar

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Las experiencias siempre nos ayudan a madurar
Las experiencias siempre nos ayudan a madurar

A lo largo de nuestra vida pasamos por diferentes experiencias, unas buenas y otras no tan buenas; y algunas, bastante duras y por tanto, desagradables.

Sin embargo, como creyentes en el Señor Jesús podemos estar seguros que de todo cuanto experimentamos a lo largo de nuestra vida, contribuye a enseñarnos algo.

Sobre todo, dichas experiencias contribuyen a que nuestra fe sea más fuerte y más madura; expresión esta, sin duda de que nosotros también hemos madurado a lo largo de todo el proceso.

Es lo que a muchos pastores nos ha ocurrido a lo largo del tiempo, en relación –entre otras experiencias vividas- con la oración a favor de la sanidad de los enfermos.

Lógicamente, el tema siempre ha preocupado y ocupado a los pastores y como en todo tema importante, también ha habido muchas discrepancias y discusiones sobre este de la sanidad por los enfermos.

Una cosa si hemos de tener claro, y es que una mala teología sobre este o cualquier otro tema nos llevará a una mala praxis.

Así que conviene, en todo caso, adquirir un correcto conocimiento sobre el asunto que nos ocupa, para no incurrir en comportamientos inadecuados que no traerán bendición a nadie, sino todo lo contrario. Y lo peor: Un descrédito al Evangelio de Jesucristo.

Al respecto, recuerdo que hace muchos años hablaba de este tema con un pastor al que acababa de conocer (al tal le suponía cierta formación) y me comentaba que él cuando oraba por un enfermo, después de orar, decía: “Yo te declaro sano en el nombre de Jesucristo”.

Sorprendido por ese proceder, le pregunté: “¿Y que pasa después, si el enfermo no es sanado?” Entonces, sin complejos, me dijo: “Bueno ese no es problema mío; ese es problema del Señor. Allá él si no le sana”.

O sea, ¡el pastor declaraba sano al enfermo “en el nombre del Señor Jesucristo” y si después éste no se sanaba, la responsabilidad era del Señor Jesús! La verdad yo no salía de mi asombro.

Solo acerté a decirle que ese proceder me parecía que era una forma de “tentar a Dios”. Eso no era hacer la voluntad de Dios sino, de alguna forma, ir delante de Él y comprometerlo con “mi actuación”.

Las tres experiencias que comparto a continuación, vinieron a enseñarnos algunas cosas que después también comparto.

 

Primera experiencia

Cuando tuvimos a nuestra cuarta hija (década de los años 70) los primeros 5 meses fueron muy delicados. Al no poder dar el pecho de su mamá, tuvo que ser alimentada a base de los productos que había en el mercado, todos realizados, lógicamente, a base de leche de vaca.

La niña debió tener alergia a la lactosa o a cualquier otro elemento de la leche, de tal manera que no había forma de que le parara el alimento en el estómago y lo vomitaba.

Visitamos a varios médicos pediatras y lo único que hacían era cambiarle la marca del producto, pero dado que todos estaban confeccionados con el mismo producto base, no había manera de darle solución al problema. (Entonces parece que no se planteaban el hacer uso de otras alternativas, que no fueran los productos lácteos. Pero en fin, eso es otra historia).

Así que la niña no solo no ponía peso sino que estaba tan desmejorada que su estado amenazaba su salud de forma peligrosa. Esa situación traía mucho sufrimiento, principalmente a su madre.

Recuerdo que una tarde ella estaba dando el biberón a la niña y… no había manera. Todo lo vomitaba. Entonces le dije a mi esposa: “Trae a la niña aquí; vamos a ponerla en la alfombra, nos arrodillamos, la ungimos con aceite y oramos por ella para que el Señor la asista con su poder”.

Mi Lola trajo a la niña la puso en la alfombra, trajo aceite, la ungimos en el nombre del Señor Jesús y oramos por ella, no sin lágrimas y el dolor que nos producía la condición en la cual se encontraba nuestra pequeñita, Rossana. Pequeñita, más de la cuenta.

Cuando terminamos de orar, algo sucedió; su madre la cogió en brazos, recalenté el biberón que le estaba dando antes ¿y? ¡Se lo tomó entero sin vomitar nada! A partir de ahí ya no tuvo más problema con aquello, sea lo que fuere, que tanto mal le había causado.

He de decir que yo siempre creí que la fe en Dios y en su Palabra podría obrar milagros en sus hijos e hijas; aunque nunca presumí que esa “fe” debía ir por delante de la voluntad de Dios.

 

Segunda experiencia

La segunda experiencia fue diferente (¡Muy diferente!). Era el año 1980 y por una hermana joven de nuestra comunidad supimos de un niño de 7 años que tenía un tumor en su cabecita y que los médicos no se atrevían a operar, dado que perdería la vida en la operación.

Así que lo desahuciaron y lo enviaron a casa donde su familia podría despedirse de él… Entonces, fuimos a visitar a la familia y cuando vi al niño, era algo impresionante, ver el tumor del tamaño de mi puño en la parte derecha de su cabecita.

Sentí una gran compasión por el niño; compasión que me salía de lo más profundo de las entrañas. Entonces decidí ayunar y orar y así estuve casi 21 días, dejando la comida del mediodía, para buscar la dirección de Dios.

Todavía recuerdo la gran impresión que me produjo, cuando al leer algunos textos bíblicos, en el Evg., de Lucas, 1.80 y 2.52, a mí “me parecía” que Dios me estaba hablando respecto del niño por el cual orábamos (los demás hermanos de la iglesia también oraban).

Mi convencimiento era tal que llegó el momento en el cual no me importó decir que el niño sería sanado. Y para mayor seguridad, añadí que se produciría antes de la Navidad de ese año, 1980. Así que, con esa confianza lo anuncié a los hermanos de la pequeña iglesia que pastoreaba.

Sin embargo cuando se fue acercando el día señalado, yo esperaba y aun hubiera estado dispuesto a poner mis manos en el fuego a favor de la sanidad del niño.

Claro, he de decir que una vez obtenida esa confianza, fuimos a orar por el niño y para nuestra sorpresa, el tumor comenzó a bajar, el brazo derecho que lo tenía inmóvil hasta ese momento, comenzó a moverlo y los ojos que los tenía desviados a causa de la presión del tumor, se le estaban poniendo en su lugar.

Todo lo cual causó que nuestra (¡mi!) confianza aumentara más y más.

Así que se acercaba Navidad y aparte de lo mencionado no sucedió nada más. En principio yo pensaba que la sanidad se produciría de forma paulatina, pero al ver que no sucedía nada, pensé que podría producirse al final de la fecha indicada ¡A última hora! Así yo esperaba hasta que llegó el día 24 de diciembre. Pero nada sucedió.

Entonces, pensé: “Quizás mañana, día 25, me llamará la familia y me comunicará que el niño está sano y bien” 1 Pero no hubo ninguna llamada. Nada.

Ese día yo no me quería levantar de la cama. Sabía las implicaciones de toda aquella supuesta “palabra que el Señor me había dado” y los efectos negativos que tendría sobre los que la había oído.

A la luz de las mismas palabras de Jesús yo no podía entender aquellos resultados. Ya sabemos, aquello que dijo Jesús:

“Cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho” (Mr.11.22-24).

Todos sabemos que la referencia al “monte” es una referencia a una gran dificultad que, en este caso era el tumor maligno. ¿Entonces? ¿Por qué no había respondido Dios? ¿Dónde había estado el fallo? ¿Era necesario que Dios me dejara hacer el ridículo de aquella manera? ¿Buscaba yo mi gloria o la de Dios?

La verdad, no recuerdo y nunca tuve conciencia de buscar algo que no fuera la gloria de Dios y el beneficio para el Evangelio, para toda aquella familia y los que hubieran tenido noticia de aquella sanidad. Y lo digo ahora después de 45 años, con un poco más de experiencia y conocimiento de mí mismo.

Por tanto, caí en depresión, discutí con Dios y me enfadé con Él; para mí fue como recibir una “gran paliza” cuyos efectos podrían haber sido devastadores.

Pero Dios me guardó de todo eso, hasta el día de hoy. El niño no se sanó el día 24 de aquel mes de diciembre; pero murió un mes después: el día 24 de enero del siguiente año 1981. Eso sí, para confirmación de “mi fracaso de fe”.

No obstante, a pesar de aquella amarga experiencia nunca perdimos la fe en un Dios que tiene poder para sanar. Por tanto en los siguientes casos de enfermos que se nos presentaron en la iglesia, nunca dejamos de orar por ellos; y como acostumbramos a hacerlo, ungiéndoles con aceite, tal y cómo leemos en St.5.13-15.

El aceite, más que eficaz en relación con la enfermedad, lo tomamos como algo simbólico, que acompaña a nuestra “oración de fe”.

 

Tercera experiencia

La tercera experiencia, tuvo lugar por el año 1988. Toda una familia había profesado fe en el Señor y estaban “recién llegados” a la iglesia. Pronto el padre de familia fue internado en el hospital, en estado grave. 2

El equipo médico había diagnosticado una degeneración tal del hígado que debía recibir un trasplante de dicho órgano, cuanto antes; de otra forma, no duraría mucho.

Cuando lo supimos, el hermano Antonio Baena, miembro del Consejo Pastoral y yo fuimos al hospital a ver a nuestro hermano. Hablamos un rato con él y le solicitamos orar por su sanidad en el nombre del Señor Jesús. Nos dio permiso, lo ungimos con aceite y oramos por él.

Cuando terminamos de orar, estuvimos un rato más con él y su esposa, y nos despedimos. Pasaron unos dos o tres días, pero cuando lo examinaron nuevamente, recibió una noticia sorprendente, pues los médicos le dijeron:

“Mire, no sabemos qué y cómo ha pasado. Estamos sorprendidos… pero usted no necesita ningún trasplante de hígado”.

Los médicos no sabían qué y cómo había pasado “aquello” pero nosotros sí sabíamos lo que había pasado. El poder de Dios había irrumpido en la vida de nuestro querido hermano Francisco Montero, obrando para sanidad.

Así que, pocos días después ya estaba de vuelta en su casa. (Hoy, después de unos 38 años de aquel milagro de sanidad y con 86, él y su esposa Carmen, están muy tristes -y nosotros con ellos- por la pérdida -momentánea- de su hija María Montero, nuestra nuera, que partió a la casa del Padre, hace ya unos dos meses).

 

¿Qué aprendemos de todas estas experiencias?

Lógicamente, de todas estas experiencias aprendemos y todas contribuyen a nuestro crecimiento y madurez como hombres y mujeres de Dios.

En primer lugar, siempre echar mano de la ciencia médica, ya que esta forma parte del remedio que Dios nos ha dado para luchar contra las enfermedades; y si no fuese por la ciencia médica, millones y millones de personas morirían a causa de diversas enfermedades, virus y otros males que han aquejado siempre a esta pobre humanidad.

Lo dicho no deja de lado el tema de la fe; más todavía, la ciencia hemos de usarla tanto con fe como con gratitud a Dios por tan formidable recurso.

En segundo lugar, también aprendemos que Dios es soberano en los cielos y en la tierra y que, independientemente de la ciencia y sus limitaciones, Él obra la sanidad cuando quiere, como quiere, donde quiere y en relación a quien quiere.

Por eso mientras oramos por unos y se sanan, y oramos por otros y no se sanan, a pesar de que oramos y ejercemos la misma fe en ambos casos (o al menos eso nos parece a nosotros) eso no debería movernos de nuestra confianza de nuestro buen Dios y de confiar que Él es el todo Soberano y Todopoderoso, Señor del cielo y de la tierra.

Y mientras asistimos al hecho de que unos incluso parten de este mundo demasiado jóvenes, otros lo hacen con muchos años vividos, no por eso dejamos de creer en nuestro buen Dios, sabiendo que Él está al control de todas las cosas, en el cielo y en la tierra.

Hemos que reconocer que esta vida está llena de contradicciones y, generalmente, no tenemos explicación ni respuestas para todas las preguntas.

Por otra parte, Dios no tiene por qué dar explicaciones a nadie. En realidad todas las explicaciones que Dios tenía que darnos ya nos las ha dado a través de las Sagradas Escrituras. Las justas, pero suficientes, de momento. Las otras tendrán su respuesta un día cuando estemos con Él, y le veamos cara a cara.

Pero mientras tanto, nos toca vivir por la fe y no tanto por vista, esperando el día cuando podremos verlo todo de forma clara. Así está escrito:

“Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conocemos en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1ªCo.13.12)

En tercer lugar y teniendo en cuenta lo dicho más arriba, en la oración por los enfermos nunca debe faltar un espíritu de humildad y de dependencia de Dios.

Los resultados no dependen de nosotros, incluso aunque se nos pide que hemos de “orar con fe”. Los resultados dependen siempre de Dios, al cual oramos y de quien dependemos.

En cuarto lugar, decir al final de la oración: “Pero no se haga nuestra voluntad sino la tuya”, en vez de “declarar sanidad”, no es una falta de fe, como algunos dicen.

Es posible que así sea, en algunos casos, pero cuando al final de una oración por la sanidad de un enfermo, decimos: “Que se haga tu voluntad, a la cual nos sometemos” (palabras que tampoco es necesario pronunciar) podríamos estar mostrando más fe que cuando estamos “declarando” o “confesando” sanidad para el enfermo.

Más todavía, si se pudiera hacer un estudio/encuesta, es posible que los sanados mediante este tipo de oración obtenga más resultados positivos que aquella en la cual se “declara sano” al enfermo, de forma anticipada.

Además, cuando se declara sano a alguien de forma anticipada, si luego no resulta conforme a la confesión (y los casos podrían contarse por miles de miles) puede resultar en escándalo y daño para creyentes nuevos y personas que fueron testigos de esos fracasos.

 

Una observación sobre las “cadenas de oración”

Algunas veces hemos sido testigos de la formación de las llamadas “cadenas de oración” por algún caso de enfermedad, grave. Tales “cadenas de oración” no solo se intensifican sino que crecen en la medida que la persona es conocida o muy conocida en el campo evangélico.

Al respecto, tengo que reconocer que yo llevo muy mal el tema de “las cadenas de oración”. La razón es porque no me cabe en la cabeza el hecho de que se piense que Dios vaya a responder a una sanidad de un ser querido, enfermo de gravedad, dependiendo de la cantidad de los que oran.

Sin embargo, si los que oran son poquitos, el padre, la madre y la familia del enfermo o aun la propia iglesia de la cual son miembros la familia, entonces Dios retiene su gracia.

Es como si Dios dijera: “Es que son pocos” y demandara más orantes. Por eso muchos se apresuran a hacer “cadenas de oración”: “Hagamos una cadena de oración a nivel…”. En el fondo del corazón está el convencimiento de que “cuantos más oremos, mejo; antes obtendremos la respuesta favorable que necesitamos”.

Eso no me cuadra. Ni siquiera creo que sea bíblico. Está bien -¡siempre!- que muchos oren por algún caso del cual tenga noticia o incluso se les solicite oración. ¿Cómo no orar por algún caso de necesidad del cual tenemos noticia?

Pero no confiemos en el hecho de que, por ser muchos orando, Dios va a atender las oraciones, mientras que las oraciones de uno solo, por el solo hecho de que es uno solo o dos… no va a ser oída.

Es posible que en todo esto, se confíe más en “la cadena de oración” misma que en el poder del Dios a quien va dirigida la oración. En tal caso se estaría cayendo en la superstición.

Sin embargo, es posible que la oración de fe de unos padres afligidos por la enfermedad de su hijo o hija, reciba justa y oportuna atención, recibiendo la sanidad que necesitan para su ser querido.

La respuesta positiva de Dios a la oración no depende de la cantidad de los que oran, aunque en algunos casos es posible que pudiera ser así, pero no necesariamente.

Por tanto, aprendamos de nuestras experiencias, las buenas y no tan buenas. De todas ellas se sacan cosas provechosas; y muy a menudo se aprenden más de las negativas que de las positivas.

Hasta aquí, lo que deseaba compartir con los lectores de esta página. Gracias.

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

1. Bueno, alguno estará pensando que todo esto es un tanto patético. Y tiene toda la razón. Así me sentí yo, a partir del día 25.

2. Después se descubrió que el enfermo en cuestión, había trabajado en una gran fábrica como pintor de grandes chapas metálicas y en aquella década de los años 60, no daban mascarillas para impedir que por medio de la respiración ingirieran el plomo que contenía la pintura. Eso hizo su efecto, con los años, y todos cuanto trabajaron allí, tuvieron el mismo problema con el hígado y algún otro órgano interno.

Por supuesto, todos aquellos trabajadores murieron mucho años antes que el enfermo al cual me refiero en esta historia.

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros