La resurrección de Jesús y su importancia

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La resurrección de Jesús y su importancia
La resurrección de Jesús y su importancia

El domingo pasado día 5, según el calendario litúrgico de la mayor parte del pueblo cristiano se celebraba la resurrección de Jesús en todas las denominaciones e iglesias.

De una forma o de otra se recordó y celebró el hecho de la resurrección de Jesús, tras su muerte. Como reza el antiguo Credo Apostólico… “Jesús… fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, fue sepultado y resucitó al tercer día…”.

Es decir, “el primer día de la semana” (J.20.1,19); y por el testimonio bíblico, sabemos que apareció, primero, a algunas mujeres y después, en diferentes ocasiones a sus discípulos; a dos, primero; a todos, después; y también se nos dice que “apareció a más de 500 hermanos a la vez” (Ver, 1ªCo.15.1-9).

Pero algo que a veces pasa desapercibido es que “les apareció durante 40 días hablándoles acerca del reino de Dios” (Hch.1.1-3).

Así, hasta el momento que ascendió a los cielos, desde donde envió al Espíritu Santo sobre su Iglesia. Hecho que sucedió en la fiesta judía del conocido día de Pentecostés. (Hch. 2.1-13).

 

El hecho de la resurrección de Jesús, de los muertos ¿Un mito?

Esta es una pregunta fundamental y de cuya respuesta dependerá si el cristianismo se sostiene o cae. Dicho esto, recordamos lo dicho anteriormente sobre el antiguo Credo Apostólico que, entre otras verdades fundamentales de la fe cristiana, confesaba: “resucitó al tercer día” (Lc.24.1-9; J.1.18).

Entonces, cuando consideramos todo el testimonio bíblico de aquellos que contaron, tanto oral como de forma escrita lo que oyeron, vieron y experimentaron, no podemos sacar otra conclusión que esta: ¡Cristo resucitó!

Decimos esto porque, de acuerdo a algunos teólogos se niega el hecho de la resurrección de Jesús encuadrándolo dentro de lo que se conoce como “mitos”.

De ahí que alguno escribiera sobre la necesidad de “desmitologizar el Nuevo Testamento”. Anteriormente se hizo con el A. Testamento y luego se procedió a hacerlo también con el N. Testamento.

Así muchos, leyendo a determinados teólogos de esa escuela llegan a banalizar el hecho de la resurrección de Jesús, quitándole todo el significado que tiene dentro del contexto neo-testamentario y sacando conclusiones bastante disparatadas.

Por ejemplo, leyendo a un autor sobre el tema de la resurrección de Jesús, él decía:

“Estoy seguro de que, antes de que los discípulos se percataran de lo que había sucedido, ya había nacido en ellos la viva sensación de que Jesús, a pesar de haber muerto, seguía estando muy cerca de ellos (…) Su estado de ánimo (el de los discípulos) era como el de un niño que ha perdido a su madre y que, a pesar de ello, aún puede sentir junto a él su cálida presencia” 1

O sea, el autor de referencia reconoce que hubo una transformación en los testigos de la resurrección, pero sin reconocer la resurrección misma, tal y cómo afirma el texto bíblico.

Claro, el autor no era un teólogo sino un novelista reconocido en su país, Japón, y fuera de su país. Pero, en todo caso, hubiera necesitado que al igual que Priscila y Aquila hicieron con elocuente Apolos, que “le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios” (Hch.18.24-26) así el novelista citado necesitaba de una información “más exacta” que la recibió por medio de teólogos con Rudolf Bultmann, a quien citó en su libro, diciendo:

“Ni siquiera los historiadores del Nuevo Testamento son capaces de presentar una sola prueba concluyente y, en cuanto puros historiadores, a lo más que pueden llegar es a afirmar con Bultmann que: ‘Jesús resucitó de entre los muertos en virtud de la fe de los discípulos’” (Pg.254).

Por tanto, según el autor mencionado, la autoridad del teólogo aludido (y otros tantos como él) es superior a la de los autores del Nuevo Testamento que fueron los testigos de la resurrección de Jesucristo.

Al parecer éstos carecían de toda autoridad para testificar del hecho del cual fueron testigos directos, “con muchas pruebas indubitables” (Hch.1.1-3).

Pero por nuestra parte, preferimos asumir las declaraciones apostólicas sobre el hecho de la resurrección de Jesús, como verdaderas y fieles a la realidad que ellos mismo vieron y vivieron.

 

¿Por qué es importante la resurrección de Jesús, de los muertos?

Esta es una pregunta fundamental. Respuesta que solo podemos encontrar en las páginas del Nuevo Testamento, no en las opiniones de autores que no estuvieron en el lugar de los hechos.

1.- Por la resurrección de Jesucristo de los muertos, Dios reivindicó a Jesucristo como el Hijo de Dios y a su muerte como una muerte redentora por los pecados de la humanidad. (Ro.1.1-4; 1ªCo.15:2-4)

Aquella muerte que la humanidad había considerado como la de un falso mesías o como un malhechor, a pesar del testimonio insistente de Pilato, que dijo: “no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos que le acusáis” (Lc.23.14-15)

Dios la consideró como la muerte de su propio Hijo, tal y cómo era su propósito desde el principio; la ofrenda preparada y entregada por Dios, por el pecado del ser humano. (Mr.10.44-45).

Para eso el Padre había enviado al mundo a su Hijo. Así lo anticipó el profeta Isaías (Is.53). También Juan el Bautista anticipó eso mismo cuando vio a Jesús y declaró: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (J.1.29,35).

Pero la loca y perdida humanidad rechazó a Jesús, lo apresó, le maltrató y le crucificó acusándole de ser un falso mesías, tal y cómo también Jesús había anticipado a sus discípulos (Mt.16.21; 17.22-23).

Entonces, cuando Dios resucitó a Jesús estaba reivindicando a su Hijo y su obra redentora, por medio de la cual se ganó el título de “Señor y Cristo”. (Hch.2.32-36; 3.13-15).

Por tanto, la resurrección de Jesús certificó que, por medio de Cristo se cumplieron todas las profecías que de Él se escribieron a lo largo de la historia de la Revelación; y por otra parte, con su ascensión a los cielos, Él fue reconocido como nuestro perfecto y Sumo Sacerdote, “viviendo siempre para interceder por nosotros” (Hb. 7.25; Ro.8.34).

2.- La resurrección de Jesús junto con su muerte redentora constituyó la base de la predicación apostólica, medio por el cual se ofrecía al mundo, de parte de Dios, el perdón de los pecados y la esperanza de la vida eterna

Los discípulos estaban convencidos, que a partir de la resurrección del Señor ellos predicaban que Jesús era el medio por el cual “todos aquellos que en él creyeran recibirían el perdón de pecados por su nombre” (Hch.10.43).

Y tal convencimiento no tuvo su origen en la mente de los discípulos de Jesús sino en el propio Señor mismo, quien los comisionó a ellos después de su resurrección para que anunciaran eso mismo al mundo (Ver, Mt.28.18.20; Lc.24.45-49; Hch.1.8).

Luego, cuando eso sucedía (¡y sucede!) aquel que pone su fe y confianza en Jesús, muerto y resucitado, tiene una esperanza que en nada se parece a cualquier esperanza humana que alguien pueda tener bajo el cielo, aquí en la tierra.

Por eso, si algo vamos a descubrir en las páginas del Nuevo Testamento, no solo en los escritores, sino en todos aquellos que tuvieron un encuentro con Jesús, tanto de forma visible, física, como a través de la predicación, es que fueron llenos de una esperanza nueva, especial.

Ya no tenían más temor al pasado, al presente o al porvenir; ya no temían más a la vida ni a la muerte; ya no serían más esclavos del temor (Ro.8.14-16).

El temor había huido para dar paso y lugar al gozo, al amor y a la esperanza de forma permanente. El apóstol Pedro, escribió:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia, nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros…” (1ªP.1.3-4. Énfasis míos)

Pedro enfatiza que es la resurrección la que produce y respalda esta esperanza que no se corrompe, que no se contamina y que no se marchita.

Así podemos entender por qué los que experimentaron esta realidad a lo largo de la historia dieron su propia vida por causa del testimonio de Jesús.

Pero hablando del hecho de la resurrección, el Apóstol Pablo añadiría:

“Si Cristo no resucitó, vana es entonces, nuestra predicación, vana es también vuestra fe, y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó… Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que murieron en Cristo perecieron” (1ªCo.15.12-18).

Con todo y la importancia de ese conjunto de declaraciones, el apóstol Pablo no concluye con esas palabras. Él exclama –y estoy seguro que lo hubiera hecho a gran voz, si de hablar se hubiera tratado-: “¡Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho!” (1ªCo.15.20).

Entonces, hay mucho implicado en el hecho de la resurrección corporal de Jesús y no meramente “en el corazón de sus discípulos”.

Pero por esa misma razón, también hay mucho implicado en creer o no, en el hecho de la resurrección de Jesús, tal y cómo enseñaron los Apóstoles de Jesús.

3.- La resurrección de Jesús fue la causa que produjo en los testigos una transformación inesperada y sorprendente

A la tristeza profunda que los discípulos tenían por la muerte de Jesús y la frustración tan grande que les invadió, cuando vieron a Jesús resucitado, le siguió una sorpresa, un gozo y una transformación que parecía increíble a todos cuantos habían vivido aquellos días previos sobre el arresto y la muerte de Jesús.

Ellos fueron transformados de hombres cobardes a hombres valientes, de tal forma que nada podía detenerlos para hablar de la muerte y resurrección de Jesús.

Más bien, cuando ellos fueron amenazados con cárcel y aún de muerte –como después sucedió- no se acobardaron ni por eso guardaron silencio.

Frente a las amenazas, ellos decían: “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, apuntando siempre a Jesús como el asunto principal de su mensaje (Hch.4.19.20).

Por ese testimonio, ellos estuvieron dispuestos a dar su propia vida. Tal testimonio quedó recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles; y es para nosotros también una prueba de la resurrección de Jesús.

Pero hemos de insistir en que dicho testimonio no podía proceder de una convicción tan débil como la que presenta el autor, novelista, citado anteriormente, que afirmaba que Jesús “estaba con ellos como aquel que ha perdido una madre pero a pesar de ello aún puede sentir junto a él su cálida presencia”.

Realmente, declaraciones como estas resultan un tanto patéticas al contrastarlas con el testimonio de las Escrituras.

4.- La resurrección de Jesús propició la conversión del perseguidor Saulo a la fe del Señor Jesucristo

Uno de los testimonios más poderosos de transformación que aparece en las Escrituras producida por la resurrección de Jesucristo fue la conversión de “Saulo de Tarso”.

Él fue perseguidor de la Iglesia hasta que le apareció Jesús resucitado, cuando Saulo se disponía a apresar a los discípulos de Jesús (Hch.9.1-31).

La conversión del Saulo y su transformación tan drástica, no solo fue un poderoso testimonio de la resurrección de Jesús en su propio contexto, sino también a lo largo de la historia para muchos que hemos leído el relato en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

¿Cómo alguien como Saulo, pudo tener una transformación como la que él tuvo y lo que llegó a ser? Eso solo fue posible gracias a la experiencia que tuvo en el camino de Damasco, cuando le apareció el Señor Jesús resucitado.

Lo que significó para él la realidad de dicha experiencia y la posterior relación que tuvo con el Cristo resucitado, solo puede entenderse a la luz de la transformación que tuvo y lo que realizó en nombre de aquel que, como Pablo dijo: “me llamó por su gracia”. (Gál.1.15).

No en vano, Saulo -después Pablo- menciona una y otra vez (eso sí, con toda humildad) aquella experiencia que no solo le transformó como persona, sino que lo catapultó para ser el “Apóstol de los gentiles” (Ro.11.13) y el más prominente, que sepamos (Hch. 22.6-16; 26.12-18; 1Co.9.1; 15.8-9; Gál.1.11-16; 1Ti.12-16).

Nuevamente, hay que tener en cuenta aquí, e insistir en ello, que dicha experiencia transformadora que llevó a Saulo más allá de lo que él mismo y cualquiera de nosotros podría imaginar, habla más del hecho de la resurrección de Cristo y de su poder, que de la propia experiencia del apóstol.

No se trataba, pues, de que la resurrección de Jesús fuera “un mito” –insistimos en ello- sino de una realidad, vista, vivida y experimentada por los testigos que hablaron y escribieron de ello.

5.- La resurrección de Jesús por sí misma, no solo propicia toda conversión a Cristo, sino que como tal ha propiciado conversiones de personas antagónicas al cristianismo

La resurrección de Jesús, tal y como aparece en el Nuevo Testamento, ha llevado a muchos a combatir contra el cristianismo, tratando de presentarlo como falso, a partir de demostrar que dicho hecho no tiene sustento histórico. ¡Incluso han tratado de demostrar que tampoco Cristo existió!

Pero como esto último no es posible de afirmar hoy sin caer en el absurdo e incluso en el ridículo, al menos se han dedicado a atacar la identidad de Cristo, sus milagros y mucho más, el hecho de la resurrección de Jesús.

Sin embargo, algunos que lo intentaron “perecieron” en el intento. Por ejemplo:

El caso del periodista de investigación Fran Morrison

Era un periodista y abogado inglés, que se dispuso a demostrar que la historia de la resurrección de Cristo era solo un mito. Sin embargo, después de investigar los hechos tal y cómo aparecen en el Nuevo Testamento, llegó el momento que no tuvo más remedio que depositar su fe en el Cristo resucitado.

Como resultado de sus investigaciones y de la fe que había encontrado, escribió el libro titulado: “¿Quién movió la piedra?” 2

El caso del periodista de investigación criminal, Lee Strobel

A continuación, copio aquí una muy breve reseña del Dr. James Kennedy. Pastor principal de la Iglesia Presbiteriana, Coral Ridge, sobre el libro titulado: “El Caso de Cristo” de Lee Strobel, quien al igual que el autor mencionado antes, Fran Morrison, después de hacer su propia investigación de los hechos, llegó al convencimiento de la veracidad de la resurrección de Cristo, y se hizo cristiano:

“Nadie puede separar la ficción de la realidad como un experimentado periodista de investigación, ni defender un caso como alguien capacitado en la Facultad de Leyes de la Universidad Yale. Lee Strobel presenta ambas cualidades en este extraordinario libro.

Además de su tremendo testimonio de ateo convertido al cristianismo, el autor pone en orden las declaraciones juradas irrefutables de los testigos, a fin de construir un caso de Cristo a prueba de balas. Estoy de acuerdo en que el Caso de Cristo crea un nuevo estándar entre otras obras existentes de apologética” 3

El caso de Lewis Wallace

Lewis Wallace (1827-1905) era un abogado, militar y político estadounidense. Él era agnóstico. Tuvo un encuentro con un amigo llamado Robert G. Ingersoll, que le instó a que estudiara el cristianismo a fondo y escribiera un libro refutando que Cristo nunca existió, ni era verdad cuanto se había dicho de Él en los evangelios.

Wallace, aceptó el desafío y estudió a fondo el cristianismo en su origen:

“Tras una conversación con el también agnóstico Robert G. Ingersoll, se dio cuenta de que no sabía casi nada sobre el cristianismo. Decidió estudiarlo seriamente. Durante la investigación y la escritura de Ben-Hur… sus creencias cambiaron. Una de sus confesiones más cercanas… es:

‘Mucho antes de terminar el libro, ya creía en Dios y en Cristo’.” 4

La lista podría seguir y sería interminable, pero basten estos tres ejemplos propuestos que hablan del poder del testimonio sobre Cristo, su persona, sus obras, su muerte y su resurrección.

 

Conclusión

Evidentemente, todo lo que hemos leído que les aconteció a estos personajes y a otros muchos a lo largo de la historia, dependió y sigue dependiendo de la resurrección del Señor Jesús.

La resurrección de Jesús es lo que da sentido a toda nuestra fe y a nuestra vida. Eso lo entendieron bien los Apóstoles del Señor. Como ya dijimos anteriormente, volvemos a repetir aquí. El Apóstol Pablo, escribió:

“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó… Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron” (1ªCo.15.12-18).

Los Apóstoles del Señor Jesús sabían bien que Jesús había resucitado, porque lo habían visto, lo habían tocado, lo habían contemplado, lo habían palpado (1ªJ.1.1-4). ¿Será posible? se preguntarían, en las primeras apariciones.

¿De verdad estamos viendo a Jesús, cuando nosotros sabemos cómo él fue condenado y murió en la cruz? ¿No estaremos teniendo visiones? Incluso alguno como Tomás dijo que si no viera sus llagas y metiera sus dedos en las heridas de Jesús, no creería (J.20.24-29).

Pero al final, no tuvo más remedio que creer, cuando vio la realidad que tenía delante: La realidad del Cristo resucitado. Entonces exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” No obstante, Jesús le dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron” (J.20.29).

Esa “bienaventuranza” que Jesús atribuyó a los que no le habían visto a la manera que lo experimentaron los testigos directos de la resurrección de Cristo, la hemos experimentado todos aquellos que hemos creído en el mismo Cristo que aquellos. Y eso ocurrió cuando se nos predicó el Evangelio y depositamos nuestra fe en él.

Esa bienaventuranza es aquella a la cual se refirió el Apóstol Pedro, cuando escribió a aquellos que, como nosotros, tampoco vieron al Jesús resucitado, pero creyeron, y mediante el poder del Espíritu Santo que vivía en ellos, experimentaron algo que nunca habían vivido antes de su conversión a Cristo Jesús. Pedro les dijo:

“A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas” (1ªP.1.9-9).

Sin embargo, la eficacia y el propósito de la resurrección de Jesucristo en nosotros, no es el hecho de que “estemos gozosos y contentos” con nuestra fe el resto de nuestros días.

La resurrección de Jesús hace mucho más que eso en los creyentes. La resurrección y la exaltación de Jesús propició la venida del Espíritu Santo a los seguidores de Jesús capacitándoles para vivir la vida cristiana, testificar de Cristo y extender el reino de Dios en la tierra, mediante la proclamación del Evangelio a los perdidos; los necesitados de luz, de verdad, de perdón, de libertad y de amor.

Algo que forma parte de la Gran Comisión que Jesús encargó a su Iglesia “hasta el fin de los tiempos”. (Mt.28.19-20; Hch.1.7-8). Programa en el cual todos estamos inscritos, de lo cual todos deberíamos tomar conciencia, dado que todos hemos de rendir cuenta ante aquel que nos dio tan alta responsabilidad de compartir su mensaje de salvación, en medio del contexto en el cual nos movemos.

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Notas

1. Shusaku Endo. Edt. Espasa Calpe, 1996. Pág.253.

2. Libro que leí en su día y que después de prestarlo un par de veces, perdí definitivamente. De ahí que no dé ninguna referencia más. De ahí que no dé ninguna referencia. Tampoco lo encontré en Amazon.

3. Strobel Lee. El caso de Cristo. Editorial Vida, 2000.

4. An Autobiography of Lew Wallace (publicada en 1906).

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