Las consecuencias del resentimiento

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Las consecuencias del resentimiento
Las consecuencias del resentimiento

“Llegará el día en que mi padre morirá y yo mataré a mi hermano” (Gén. 27.41-42)

Cuando Esaú se enteró de que su hermano Jacob le había arrebatado la bendición por medio del engaño a su padre, Isaac, se dio a llorar a gritos para pasar luego al resentimiento y el odio hacia su hermano. Así, “se consolaba” con la idea de matarle cuando su padre falleciera.

Jacob, al saberlo, aconsejado por su madre, Rebeca, puso tierra de por medio y se fue a casa de un tío suyo, llamado Labán, a unos 600 kilómetros. Luego, pasados unos 20 años los dos hermanos tuvieron un encuentro en el que, por la intervención divina se abrazaron, lloraron juntos, se perdonaron y se reconciliaron (Gén. 33.4-10).

Sin embargo, durante esas dos décadas, Esaú lleno de amargura contaminó a toda su familia: hijos, nietos, biznietos, criados, etc. Eso hizo que, aunque los dos hermanos se perdonaran y reconciliaran, el odio ya estaba tan extendido y arraigado en la familia de Esaú, que sus descendientes (el pueblo de Edón) siempre odiaron a los descendientes de Jacob (Israel).

Esa fue la razón por la cual, quinientos años después, cuando Israel habiendo sido liberado de la esclavitud de Egipto y se dirigía hacia la Tierra Prometida, el pueblo de Edón le negó el paso por su territorio, dispuestos a hacerles la guerra. (Nú.20.14-21).

Así que Israel respetando que Edón eran descendientes de Esaú -“su hermano”- tuvo que recorrer una distancia muchísimo mayor para llegar a su destino.

Pero pasaron aún 500 años después de aquello, y el pueblo de Edón (descendientes de Esaú) aprovecharon la oportunidad sumándose a los enemigos de Israel, para atacarle, desvalijarle y perseguir a los que huían para matarlos. ¡Todo eso, mil años después de aquel engaño perpetrado por Jacob, para arrebatarle la bendición a su hermano! (Ver el libro del profeta Abdías)

El autor de la epístola a los Hebreos, tomando el ejemplo de Esaú, nos advierte acerca de que si se alimenta, el resentimiento da paso a la amargura y esta termina contaminando a los que están a nuestro alrededor:

“Mirad bien, no sea que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe y por ella muchos sean contaminados –‘emponzoñados’-” (Heb. 12.15-17).

 

Un ejemplo parecido de odio y amargura lo tenemos en nuestra propia nación

Traigo esta historia a colación porque han pasado ya más de 80 años de la guerra civil española y sin embargo, uno advierte el resentimiento manifiesto por parte de unos y, apenas disimulado, por parte de otros que albergan en su corazón muchos de los descendientes de aquellos que sufrieron aquella gran tragedia nacional.

Tragedia que, para unos tenía como fondo la defensa de lo que era la “esencia” de lo que es “ser español” y por lo cual estaba implicada no solo la cuestión política sino también la religiosa; ambos aspectos conformaban lo que se conoce como nación española.

Eso no se puede ignorar, dado que en el ideario político de izquierdas estaba (y en un sentido está todavía) el aniquilar la religión de los espacios públicos y restringirla a lo estrictamente-privado.

Daba igual si era (o es) la religión Católica o Protestante o cualquier otra). Pero ese empeño en desarraigar la religión de los pueblos donde “ellos” han gobernado, era contrario al dominio que había tenido la religión en España a lo largo de los siglos, tanto en lo público –todo lo público- como en lo privado; “muy privado”.

Pero volviendo a lo que estaba diciendo sobre que fue una guerra con implicaciones religiosas, al respecto todavía recuerdo aquella frase que se decía hace décadas de que: “No se puede ser buen español sin ser católico”.

E incluso en los años setenta se decía que “España es la reserva espiritual de Occidente”. “Reserva espiritual católica romana”, claro. Pero pronto se demostró con algunas evidencias, que de “reserva espiritual…” nada de nada.

Así que, fue duro para la nación española. Muchos millones de españoles sufrieron lo indecible, tanto de una parte como de otra. Aquello –la guerra civil, digo- fue un pecado mucho mayor que el robo por engaño que perpetró Jacob contra su hermano Esaú.

Claro, hay que señalar que los vencedores no es que no sufrieran; pero ellos tuvieron la oportunidad de curarse a sí mismos sus heridas (si es que eso hubiera podido ser) haciendo justicia en muchos casos; pero en otros muchos (¡pero muchos!) también ejercer “venganza”, pues para eso eran los vencedores y tenían todo el poder en sus manos.

Aquí tendríamos que hacer una especie de “alto en el camino” y meditar, reflexionar y… hasta llorar por la maldad que se dio en muchos casos, como respuesta a la otra maldad que se dio antes, por parte de “sus enemigos”; o incluso por el solo hecho de serlo.

Y, por otra parte, si alguien piensa que si hubieran ganado “los otros” lo hubieran hecho mejor, está totalmente equivocado. Claro, ese es mi criterio personal, al cual creo tener derecho.

La amargura y el resentimiento, consecuencia funesta de la maldad expresada en términos de violencia

El dolor y el resentimiento que produjo en los corazones de los que perdieron la guerra fue el pan de cada día de ellos y de sus hijos; y la amargura se asentó y se propagó contaminando a millones de familias.

Luego, dicho resentimiento pasó a través de sus hijos a la siguiente generación y aún a la siguiente… ¿¡Hasta cuándo!? Hay resentimientos y enemistades que duran siglos, como en el caso de Esaú contra Jacob: ¡Mil años!

O, como en el caso de ciertos nacionalismos contra aquellos llamados “Reyes Católicos” (para ellos “Reyes Caóticos”) que por “reconquistar” lo que los musulmanes habían conquistado antes y unificar los distintos reinos que había entonces en España, bajo una misma bandera política y una misma religión, acabaron configurando un solo reino y una sola nación.

Y esto que a la gran mayoría de españoles les parece algo bueno, a otros nacionalistas no les parece sino un atentado contra la esencia de lo que ellos consideran que es “nuestra nación”; “nuestra identidad”; “nuestra propia forma de ser”, etc.

Por lo dicho antes y por esta razón hemos tenido a grupos terroristas en España, que no han tenido problema en matar a centenares de personas, hombre mujeres, niños, etc., por conseguir que se les reconozca su “derecho a decidir”.

Pero también tenemos una permanente tensión entre unos y otros en la población española, en general.

esta tensión suelen producirla desde algunos partidos políticos que están mirando por sus propios intereses particulares, más que por los de la nación entera, sin importarles -¡para nada!- las consecuencias que, llegado el momento, podrían tener las actitudes que se han venido creando desde hace algún tiempo en nuestro país.

Como un botón de muestra, me refiero al hecho de que el martes pasado, día 24, mientras iba en el coche, me salió una emisora de radio, afín al partido político de VOX, en la cual había una tertulia muy “encendida” y que defendía la unidad de España, no solo en lo político pero también en lo religioso.

Uno de los tertulianos –bien conocido en alguna cadena de televisión- decía con mucho énfasis: “¿¡Cuánto tiempo hace que no oís que la Iglesia Católica Romana es la religión verdadera!? ¿¡Cuánto tiempo hace que no lo oís!?”.

Luego, con un tono más que despectivo declaró: “Porque los protestantes son unos putos herejes. Repito: Los protestantes son unos putos herejes”.

Es de suponer que si hay algunos “mensajes –o discursos- de odio” este debería calificarse como uno de ellos y hasta denunciable.

 

Solo es cuestión de que se den las circunstancias adecuadas para que se repita la misma historia

Entonces, con ese tipo de actitudes que se pueden encontrar por ambos lados, sólo es cuestión de que se den las circunstancias propicias y el momento adecuado, para que se pongan de manifiesto las mismas maldades que se dieron en el pasado, en nuestra nación.

Por eso, si algunos quieren vivir en el espíritu de la ideología comunista al más puro estilo de la Unión Soviética, del pasado, aunque revestidos con otras “vestimentas” más acorde con los tiempos modernos, allá ellos.

Pero por otra parte, si algunos prefieren vivir en “el espíritu de Trento”, condenando a todos cuantos no estén en línea con ellos y calificándolos de “putos protestantes” o “putos lo que sea”, sin tener en cuenta el Concilio Vaticano II en el cual se abandonó esa actitud de calificar a los protestantes como “herejes” para llamarnos “hermanos separados”, ¡allá ellos!

Por nuestra parte, preferimos vivir en el espíritu que nos mostró Jesús en las llamadas “bienaventuranzas”, una de las cuales dice: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Todo lo que no sea eso, tiene su origen y naturaleza en “otro” que no es Dios, por mucho que se empeñen en lo contrario, disfrazándolo del mejor ropaje religioso y “ortodoxo”. (J.8.44).

 

La mejor lección: El abrazo reconciliador de Esaú y Jacob

Como cristianos y seguidores de Jesús, hemos de quedarnos con las mejores lecciones que aprendemos de las enseñanzas de Jesús, así como de los ejemplos que aparecen en las Sagradas Escrituras y aquellos que nos precedieron con el mejor ejemplo.

Por tanto, de la historia de Esaú y Jacob, nos quedamos con la parte que tiene que ver con ese abrazo entre los hermanos, ese llanto por el dolor de haberse hecho daño mutuamente y de haber estado separados por tantos años; y esa reconciliación que, gracias a la intervención divina -no lo olvidemos- pudieron llevar a cabo entre ellos.

Mientras eso no se produzca entre aquellos que se tienen esa animadversión, esa inquina, ese odio y resentimiento, siempre quedará esa espada de Damocles sobre ellos y este desdichado -que no bendecido- pueblo, expresada por el gran poeta Antonio Machado: “Españolito, españolito que al mundo vienes; una de las dos Españas habrá de helarte el corazón”.

Por tanto, cuidado con lo que albergamos en nuestros corazones y derramamos con nuestra lengua, porque como bien dijo Jesús: “Porque de la abundancia del corazón, habla la boca” (Mat. 12.34).

¿Te apuntas a la reconciliación, en medio de este contexto de enemistad creado, en gran parte, por políticos miserables, que más que reconciliación y el bien de nuestro pueblo solo buscan engrosar su cuota de votos para sacar ventaja política?

Pero solo el perdón traerá la verdadera reconciliación y podrá cortar con la maldición que asola tantos corazones en nuestra nación.

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