¿Evangelio contra las epístolas?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

¿Evangelio contra las epístolas?
¿Evangelio contra las epístolas?

Hace algún tiempo leía en un medio de parte de una persona con cierta formación teológica -y “mucha soltura”- que… “los evangelios fueron escritos después que las epístolas, con la finalidad de corregir a Pablo”. ¡Casi nada!

Así, con ese comentario se introducía una supuesta-evidente contradicción entre los evangelios y el apóstol Pablo, rompiendo la unidad entre las Escrituras del N. Testamento.

De esa manera, estos nuevos “marcionitas” pretenden negar la autoridad espiritual de más de la mitad del Nuevo Testamento. Nada nuevo.

Ya hemos visto cómo algunos pastores comenzaron a leer -o escuchar- a teólogos reconocidos, con esas posiciones y terminaron no solo negando parte del Nuevo Testamento, sino toda la Biblia. ¡Algunos incluso negando la misma fe!

Lo hemos visto varias veces y el estado en el cual acabaron respecto de la fe, fue lamentable. Es cierto que no es el caso de todos, dado que otros se quedaron con un Cristo que, a todas luces, no es de las Sagradas Escrituras.

Y no lo decimos solo por ellos mismos, sino por el daño que causaron a otros en todo su proceso de abandono de la fe de Cristo, recogida en las Sagradas Escrituras. Lo cierto es que “a tales maestros, tales seguidores”.

Sin embargo, leyendo en estos días al autor que menciono más abajo, vemos que no se trata de que los que discrepan de nosotros lo hagan por el hecho de que tengan más erudición, porque la realidad es que, comparados con otros que tienen el mismo nivel académico que ellos, llegan a conclusiones diferentes. No se trata, entonces, de “saber más” sino de interpretar los hechos de forma diferente.

Dice al autor aludido:

“En tercer lugar, sería incorrecto suponer que el material de los Evangelios hubiera nacido después de las epístolas, aunque se compusieran más tarde. Por más que las fechas de composición de los Evangelios sean inciertas y exista un fuerte consenso de que muchas de las cartas, si no la mayoría, se escribieron con anterioridad, es seguro que las tradiciones subyacentes en los Evangelios fueron contemporáneas del periodo en el que se escribieron las epístolas (…) Sugieren que los cristianos primitivos entendieron su movimiento como originario en Jesús; que en primer lugar transmitieron sus hechos de forma oral, quizás como una ‘historia Sagrada’, y que con la propagación de la Iglesia empezaron a sentir la necesidad de poner por escrito lo que sería su carta fundacional” 1

Evidentemente. Eso es algo que se ve en el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, cuyo mensaje se basaba en el testimonio de los testigos de primera mano acerca de Jesús y sus enseñanzas (Hch.2.22-24; 5.42; 8.12; 10.37-42, etc.). Testimonio que, en principio se dio en forma oral (como bien dice el autor del texto citado) y que, posteriormente, se puso por escrito, como es el caso de los Evangelios, y que para nada “vinieron a corregir a las epístolas de Pablo”. Lo cual es un disparate.


Atendiendo a las evidencias de los hechos

Para llegar a dichas conclusiones, hay que negar la evidencia de los hechos, así como las declaraciones de los autores del Nuevo Testamento.

Por ejemplo, si el Apóstol Pablo dice que él recibió el Evangelio “no de hombre ni por hombre, sino por revelación de Jesucristo” –dado que él no estuvo entre “los Doce” siguiendo al Señor desde el principio- (Gál.1.11.16) nosotros no tenemos ningún derecho a negar esa realidad; sobre todo cuando ese testimonio, no solo fue aceptado por los Apóstoles de Jesús (Hch.9.26-28); sino que fue confirmado “con las señales, prodigios y milagros…” que confirmaron a Pablo como Apóstol de Jesucristo (2ªCo.12.11-12).

Pero además, su dramático llamado fue confirmado con una obra como ninguno de los demás apóstoles (que se sepa) realizó (Ro.15.18-21).

Pero por otra parte, si Pablo dice que él predicaba el mismo Evangelio que predicaba Pedro y los demás Apóstoles, lo cual se evidenció en aquel encuentro que tuvo Pablo con ellos y los cuales –dice- “nos estrecharon la diestra a mí y a Bernabé en señal de compañerismo…” (Gál.2.6-10) nosotros no podemos decir que eso no es verdad, saltando por encima de lo que dice el texto mismo.

Por otra parte, si el Apóstol Pedro reconoce al “amado hermano Pablo” y su contribución a la fe de Cristo con “sus cartas”, “y según la sabiduría que le ha sido dada” -por el Señor, lógicamente- (2ªP.3.15-16) nosotros no tenemos ningún derecho para negar ese testimonio.

Porque si el Apóstol Pablo no hubiera enseñado el mismo Evangelio que enseñó Jesús, los mismos Apóstoles lo hubieran corregido, o en unos de los primeros encuentros que tuvieron con él en Jerusalén o en el primer Concilio que tuvo la Iglesia en Jerusalén, convocado y celebrado para dilucidar lo esencial del Evangelio que predicaba Pablo y su equipo misionero, frente a los que exigían la circuncisión a todos los gentiles (no judíos) que se convertían al cristianismo. (Hch. 15).

Todas esas negaciones llevan a algunos a señalar que hay una contradicción entre Pablo y Jesús; y por esa vía llegan a la conclusión de que “uno es el Cristo de la historia y otro el Cristo de la fe”. Sin embargo, nada de eso es cierto.

Hay un desarrollo doctrinal y teológico en el Nuevo Testamento

Los cuarenta días que Jesús estuvo con sus discípulos después de su resurrección. Después de lo dicho anteriormente, lo cierto es que hemos de reconocer que en el proceso de la revelación divina en el Nuevo Testamento hay un desarrollo doctrinal y teológico.

Esto significa que la revelación no se acabó con el Jesucristo histórico, sino que continuó con y después de la resurrección de Jesús.

Durante los 40 días en los que Jesús apareció a sus discípulos después de su resurrección “hablándoles acerca del reino de Dios” (Hch.1.3) debió recordarles no solo lo dicho antes de su muerte, sino que también debió añadir más que no dijo antes, tal y cómo él les había anticipado (J.16.12-14).

Y todo lo que Jesús enseñó durante esos cuarenta días debió quedar añadido al cúmulo de enseñanzas que ya habían recibido antes de su muerte.

El ministerio del Espíritu Santo en los Apóstoles y en los profetas del Nuevo Testamento

Pero además, Jesús hizo referencia a la venida del Espíritu Santo, el cual se encargaría de “recordar” y “enseñar” a los Apóstoles cosas que Él mismo no les había dicho mientras estaban con Él.

De ahí su continua referencia al Espíritu Santo, estando con ellos en la última Cena y el ministerio que realizaría para con ellos, de enseñar más sobre él y anunciar “las cosas que habrán de venir” relacionadas con el cumplimiento del fin. (J.14.26; 15.26-27; 16.13-15).

Por tanto lo que se debía esperar en ese primer tiempo de la Iglesia, era que el Señor siguiera hablando a sus discípulos, por medio de su Espíritu Santo, para ir completando su Revelación.

Esto fue una realidad, tanto en relación con los Apóstoles del Señor como también por medio de los profetas del Nuevo Testamento. (Hcch.13.1; 15.32; Ef.2.20-22; 3.4-5).

Ministerio que junto al de los Apóstoles contribuyó a la formación del Nuevo Pacto, tal y cómo lo conocemos a través del Nuevo Testamento. Pero no sin que tuviera lugar ese proceso teológico al cual ya nos hemos referido anteriormente.

Entonces, ¿quién ha dicho que toda la revelación divina se dio durante los días de Jesús y que todo lo demás “fue añadido por la comunidad cristiana primitiva” y que es de muy segundo orden, porque contradice a Jesús?

Más todavía: El testimonio de la Iglesia Primitiva, no fue -como se ha dicho- “una interpretación de la persona y los hechos que protagonizó Jesús” al margen de la revelación divina.

Porque el resultado de esas “interpretaciones personales”, al final solo hubieran sido eso, meras interpretaciones personales al margen de alguna intervención divina.

Pero en todo caso, lo contrario es la verdad: Que ese desarrollo doctrinal y teológico, se dio bajo la dirección del Espíritu Santo guiada por “los Apóstoles y profetas” (Ef.2.20; 3.5) que llevó a la iglesia a entender todo lo referente al Nuevo Pacto hecho por Dios en la persona y obra de su Hijo Jesucristo. Todo lo cual quedó registrado en lo que conocemos como el Nuevo Testamento.

Para ir concluyendo, lo que queremos decir es que lo que Dios reveló a sus discípulos después de su resurrección y lo que reveló a la comunidad primitiva por medio de su Espíritu Santo, a los profetas del Nuevo Testamento, no fue lo que algunos dicen: una serie de “mitos” e interpretaciones teológicas y conclusiones a las cuales llegaron la primera comunidad cristiana. No.

Si hemos de ser fieles al testimonio presentado en las páginas del Nuevo Testamento, hemos de reconocer que lo que allí se recoge, es el testimonio de Dios el Padre, hablando primero por medio de Jesús, a sus Apóstoles; y luego, por medio de su Espíritu Santo a los Apóstoles que él había escogido desde el principio; pero sin olvidar a los profetas que el Señor levantó para guiar y confirmar a la Iglesia primitiva en todo lo referente al Nuevo Pacto, hasta una vez dada la revelación completa.

De ahí que sea tan grave el tema de torcer o cambiar, añadir o quitar a “la fe que ha sido dada una vez a los santos” (Judas. 4); o de… “menospreciar -o rechazar- una salvación tan grande… La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con grandes señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (Heb.2.1-4).

Por tanto, hay que insistir en ello: No es cosa de que los que niegan a Pablo el derecho que le asiste a ser Apóstol de Jesucristo, tengan “más erudición” sino de la interpretación que hacen de los hechos que aparecen en las Escrituras del Nuevo Testamento.

Así que, cuando se hace énfasis en “la erudición” de fulano o mengano, no olvidemos que hay quienes teniendo tanta erudición como ellos, llegaron a conclusiones diferentes.

Y es que, el argumento de que “fulano no tiene la erudición necesaria” no es sino eso que se ha llamado el “argumento elitista” y que es usado, muy a menudo, cuando se quiere quitar razón al otro -cuando no, ridiculizarlo-; pero que no tiene más valor que el que le dan aquellos que creen que por tener cierto grado de “erudición” han llegado a las mejores conclusiones; sin que eso sea cierto, necesariamente.

Lo cierto es que, mal que pese a muchos, todavía siguen siendo ciertas las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos y la revelaste a los niños/sencillos. Si, Padre, porque así te agradó” (Mt.11.25-30).

1. Teología del Nuevo Testamento. I. Howard Marshall. Ed. Mundo Hispano, 2010. P. 58.

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