El “método” de Jesús en el anuncio del evangelio

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

El “método” de Jesús en el anuncio del evangelio
El “método” de Jesús en el anuncio del evangelio

El testimonio de Jesús en los evangelios, nos enseña que él no siempre predicaba el mensaje de las buenas nuevas siguiendo un mismo orden, sino que actuaba según su sabiduría divina.

Todo lo contrario a cómo piensan y actúan muchos hoy día. Éstos creen que siempre debe comenzarse hablando de pecado, juicio, arrepentimiento y todos los elementos negativos del mensaje cristiano.

Así, si celebran una boda hacen de ello un "culto de evangelización" desvirtuando el carácter del acto de la boda con el mensaje que se da. De igual manera, si tienen un acto institucional donde hay autoridades presentes, se empeñan en que "ellos tienen que oír el evangelio".

Por tanto, hacen de ello un “acto de evangelización”. Así desligan el carácter del acto institucional del mensaje que se pretende comunicar. Luego, con las personas en particular, actúan de la misma manera: "Ellos tienen que saber que si no se arrepienten, no nacerán de nuevo y no podrán entrar en el Reino de Dios", dicen.

Aprendiendo de la sabiduría de Jesús en su tarea evangelizadora

Aunque teóricamente tienen razón, en la práctica, yerran. Sólo bastaría mirar atentamente cómo lo hizo Jesús, nuestro Maestro. Él no lo hacía siempre igual.

Más todavía, a aquellos que la clase religiosa consideraba los más grandes pecadores, Jesús no les hablaba de arrepentimiento. No porque no lo necesitarán ¡Claro que sí! Pero Jesús tenía un entendimiento mucho más profundo del corazón de las personas y sabía que una persona como la mujer que lavó sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos (Lc.7.36-50) nadie tenía que decirle que era pecadora; ella lo sabía de sobra.

Seguramente, su alma estaba rota y llena de heridas por causa del pecado de otros contra ella y por los suyos propios. ¿De dónde entonces, tantas lágrimas? Por tanto, ante la actitud de aquella mujer que se acercó y postrada a sus pies los regó y lavó con sus lágrimas… lo que Jesús le otorgó fue su aceptación y su perdón. (Lucas 7.36-50). Nada más.

¿Por qué hablarle de arrepentimiento a alguien que lo está mostrando? ¿No sería ese proceder echar sal y vinagre en las heridas? Pero, a diferencia de otros “creyentes” Jesús nunca hizo eso.

Lo mismo podemos decir de Zaqueo el jefe de los publicanos. Él sabía de antemano que su profesión no era honesta y que había defraudado a muchos. Por lo cual era despreciado por su pueblo y odiado por aquellos a los cuales había defraudado.

Nos equivocamos si pensamos que muchos de los que hacen mal no tienen conciencia de ese mal y que desearían salir de la basura en la cual viven.

Pero Jesús lo sabía y es por eso que ante el rechazo de la clase religiosa y la sociedad en general hacia Zaqueo, él le brindó su aceptación al querer entrar y posar en su casa. Jesús no tuvo que hablarle ni del arrepentimiento ni del juicio y la condenación, para que se produjera en Zaqueo una respuesta de arrepentimiento y conversión como pocas en el Nuevo Testamento. Algo que, además, "sorprendió" al mismo Jesús. (Lc. 19.1-10).

¿Y qué diremos del paralítico al cual el Señor le perdonó los pecados, sin siquiera hablarle de cosas espirituales? (Lucas 5.17-26). Sin embargo, a "un príncipe de los judíos, llamado Nicodemo", religioso y aparentemente cumplidor de la ley de Dios, le dijo algo que lo dejó un tanto perplejo, confuso y bastante pensativo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios" (J.3.1-15).

No pretendamos ir por delante del Espíritu Santo

Por otra parte, en su esfuerzo porque las personas reconozcan que son “pecadores perdidos”, algunos cuando testifican del Evangelio, no están tranquilos si no califican al que están evangelizando con aquel clásico versículo de Isaías, 64.6: “Si bien todos nosotros somos como suciedad y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”.

Un texto que se saca de su propio contexto para darle una explicación y una aplicación que nada tiene que ver con el contexto en el cual fue dado por el profeta Isaías al pueblo de Dios.

Y es que, a veces, los evangelizadores parecen estar más empeñados que el propio Espíritu Santo en que la persona llegue al convencimiento de que “es un pecador perdido”.

Pero las palabras mencionadas, fueron dadas por el profeta Isaías al pueblo de Judá cuya condición espiritual y moral –a pesar de ser “el pueblo de Dios”- era tan calamitosa que compara su condición moral y espiritual a una infección generalizada; por eso dijo:

“Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga” (Is.1.6).

Sin embargo, hemos de señalar que ellos no dejaban de cumplir con sus ceremonias religiosas, sus fiestas solemnes y sus sacrificios, conforme a la ley de Moisés, ¡pretendiendo tener el favor de Dios!

Los capítulos 1 y 58 del libro de Isaías son muy elocuentes al respecto. Por supuesto ¡Dios rechazaba todo eso y decía estar “cansado” y “hastiado” de ese comportamiento religioso e hipócrita! (Is.1.13-14).

Cada texto debe entenderse y usarse acorde a su contexto

Entonces, uno se pregunta: ¿Y ese texto mencionado en Is.64.6, qué tiene que ver con la persona que tenemos delante con la cual compartimos el Evangelio y que, seguramente, no solo es temerosa de Dios sino que por su actitud de corazón “no está lejos del reino de Dios”; porque, además, podría formar parte de aquellos que señaló el Apóstol Pablo, como “los que, perseverando en el bien hacer, buscan gloria, honra e inmortalidad? (Ro.2.7-10). Pues, no tiene nada que ver.

Pero muchos se empeñan en que si no lo usan, no se quedan tranquilos, calificando al que tienen delante “como suciedad” y sus obras “como trapos de inmundicia”. Todo un despropósito.

Siguiendo el ejemplo de Jesús

A todo lo expuesto anteriormente, diremos que Jesús tenía diferentes formas de actuar. Y diremos que si queremos hacer las cosas bien, tenemos que fijarnos en cómo lo hizo Jesús y aprender de él. Jesús tuvo muchos encuentros personales y también le vemos actuando en lugares públicos.

Y no siempre actuó de la misma manera. Con unos actuó de una forma y con otros, de otra. Con las personas siempre comenzaba en el punto en el cual ellas se encontraban.

Con la mujer samaritana, al lado del pozo de donde sacaba agua, actuó partiendo del algo tan sencillo como pedirle agua para beber, para pasar a ofrecerle a ella un agua superior que saciara su sed espiritual y que “manara –en su interior- para vida eterna” (J.4.14); a la pregunta del interesado Nicodemo acerca de Jesús y de sus obras milagrosas… Jesús le responde de forma radical sobre la necesidad de “nacer de nuevo para entrar en el reino de Dios” (J.3.1-5); a Zaqueo solo le expresó: “Hoy es necesario que pose en tu casa” (L.19.1-10); mientras que al paralítico que fue ayudado por cuatro amigos suyos para llevarlo hasta Jesús, le dijo: “Tus pecados te son perdonados” (Mr.12.1-12)

Y Jesús actuó de esa manera, cuando ni el discapacitado ni sus amigos hicieron alusión a esa necesidad de perdón. Mientras que, por otra parte, en los lugares públicos Jesús actuaba no solo compartiendo las buenas nuevas del reino de Dios, sino tratando de suplir alguna necesidad esencial de los que estaban presentes.

No es tanto un “método” sino una actuación sabia, tal y cómo lo hizo Jesús

Por tanto, en Jesús no era tanto un “seguir un método” sino actuar sabiamente en cada situación y con cada persona o grupo. Su conocimiento iba a la par con su sabiduría; y esta le indicaba que no hay una forma establecida para seguir con todas las personas.

Para Él no era cuestión de aplicar “Las cuatro leyes espirituales” o cualquier otro método que, en algún momento –hay que aclararlo- incluso podría ser útil.

A veces el creyente está en su lugar de trabajo y no puede ignorar que su compañero -o compañera- evidencia una tristeza o una gran preocupación en su rostro. Y el creyente no puede ignorar que esa puede ser una ocasión providencial para interesarse sinceramente por la persona y brindar una ayuda sincera.

Esto no debe hacerse como una especie de “técnica” para producir el resultado que se espera. Porque eso no condice con el espíritu y forma de obrar de Jesús. Sino que debe actuar de forma sincera, guiado por el Espíritu Santo que es un Espíritu de amor, de verdad y de sinceridad.

A partir de ahí el Espíritu de Dios puede usar al seguidor de Jesús en su trato con aquella persona, a fin de que llegue a experimentar la paz y la liberación de Dios, por medio del perdón y la liberación divinas.

A veces es el mismo Espíritu de Dios que guía a las personas a encontrarse con el discípulo de Jesús, con el propósito de que aquel le comparta el Evangelio. Y en muchos casos, la necesidad que pudiera tener la persona no es solo sino el puente que lleve al creyente a tocar el tema esencial que es el de la salvación.

Tal necesidad pudiera ser una crisis matrimonial, la noticia reciente de una enfermedad, el desconsuelo de la pérdida de un ser querido, o una seria inquietud espiritual que le produce un gran desasosiego.

Dios en su providencia, ha ordenado todas las cosas, de tal manera que el seguidor de Jesús aproveche esas oportunidades para hacer el bien; y el mayor de todos es el de comunicar la salud espiritual; es decir, la salvación.

¿Acaso no hemos leído aquello de que “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación -del Evangelio-”? (1ªCo.1.21).

Así que otros podrán decir lo que quieran; pero Dios sigue salvando hoy igual que en los tiempos de los Apóstoles, a través del anuncio de las buenas nuevas del Evangelio. Eso lo estamos viendo muy a menudo en nuestro entorno.

Por tanto, hemos de concluir que el mensaje del Evangelio es mucho más que algunos puntos destacados puestos en orden que hemos de seguir, sí o sí, siempre-al-pie-de -la-letra.

Cuando el mensaje del Evangelio se vive tal y como lo demanda el Señor, se comunica con palabras de vida, pero también con acciones que van impregnadas de la misma vida; y tanto lo uno como lo otro impacta a los que lo oyen y a los que lo ven, llevando fruto para vida eterna y para Su gloria.

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