“Yo no tengo nada por lo que deba arrepentirme”

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

“Yo no tengo nada por lo que deba arrepentirme”
“Yo no tengo nada por lo que deba arrepentirme”

Es común oír algunas veces declaraciones como esta: "A mi nadie me va a dar lecciones de moral... Ni de nada. Y mucho menos viniendo de..."

Palabras estas que solemos oír entre la clase política. Aunque también define una forma de ser del español: Arrogante, orgulloso y soberbio.

Así lo definía Fernando Díaz Plaja, en su libro titulado: "El español y los siete pecados capitales" (1966). Lógicamente, esa actitud también queda retratada con otra declaración que hemos escuchado varias veces a lo largo de los años: “Yo no tengo nada por lo cual deba arrepentirme”.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron al líder político, Santiago Carrillo unos dos o tres años antes de morir, y en la cual el entrevistador le preguntó: "Don Santiago ¿Usted se arrepiente de algo en su vida?" Entonces, el entrevistado, con aquella forma tranquila y pausada que le caracterizaba, respondió: "No. Yo no tengo nada de qué arrepentirme... Nada".

A uno le daba la impresión de que estaba en guardia por si el entrevistador se le ocurría preguntarle (como algunos solían hacer) sobre... "lo de Paracuellos". Pero no, no lo hizo.

Pero incluso aunque Carrillo no hubiera tenido ninguna responsabilidad en aquellos miles de personas asesinadas (¡Gran responsabilidad aquella!) ¿Es posible que después de haber vivido una persona más de 90 años, y en un siglo tan convulso como el XX, además de su gran responsabilidad en el Partido Comunista de España, etc., etc., dijera que no tenía nada de qué arrepentirse, en su vida?

La respuesta es que solo desde la soberbia o el deseo de querer quedar bien ante los demás, o incluso desde una visión bastante “ligera” de la moral y de la ética, se puede dar una respuesta como la que dio aquel "viejo" político.

Porque yo, a mis 13, 14 y 15 años, ya había hecho cosas por las cuales arrepentirme. Aquello del "robo de las peras" de Agustín de Hipona cuando era jovencito -de lo cual habló en sus "Confesiones" y que tanto lamentaba delante de Dios- sería una broma comparado con algunas de mis acciones a aquella corta edad.

Pero algo parecido pasó en la entrevista que le hicieron al Rey Emérito 1 D. Juan Carlos I, con motivo de la aparición de su libro titulado: “Reconciliación”. Al preguntarle el entrevistador si se arrepentía de algo, D. Juan Carlos dijo que no, aunque añadió:

"Procuro no tener remordimientos... Todos cometemos errores... Tendría más cuidado si tuviera que volver a comenzar..."

Estás declaraciones no son sino una forma de evitar el arrepentimiento, del todo necesario, en alguien que sabe que ha pecado gravemente. Porque, procurar "no tener remordimientos" es una forma que tiene la persona de pasar por encima de su propia conciencia que le acusa continuamente y cuyo propósito es el de "guiarle al arrepentimiento" (Ver, Ro.2.4).

Porque ese sentimiento viene directamente de Dios. Por otra parte, la frase "todos cometemos errores" es otra forma de banalizar los pecados graves, mientras está generalizando la responsabilidad, de tal manera que es como si dijera que "los demás no son mejores que yo"; o: "Yo no soy peor que los demás".

Pero cuando se llega a ver la gran diferencia que hay entre "los errores" que cada quien cometemos en nuestra vida y aquellas otras "cosas" que atentan contra Dios y contra nuestro prójimo... Entonces no hay escape; la única opción no es decir: "Todos cometemos errores"; sino proceder al arrepentimiento, tal y como nos ordena Dios en su Santa Palabra; pedir un sincero perdón por el mal hecho y tratar de restituir el daño ocasionado.

Eso al menos lo aprendí yo de niño, cuando era católico romano. Además, eso está en la Biblia también. Al respecto, leer los salmos 32 y 51 nos muestran lo que tuvo que hacer el rey David cuando, una vez fue amonestado por el profeta Natán, se resistió y trató de “no tener remordimientos”.

Pero la presión de su culpabilidad casi le enfermó hasta que confesó su pecado y experimentó el perdón divino (Salmo 32). Por otra parte, el salmo 51 nos muestra a un pobre hombre (el rey David) gimiendo, solicitando la misericordia y pidiendo perdón a Dios (Salmo 51).

Porque, tratar de quedar bien con la gente, apelando a todo el bien que se haya podido hacer en el pasado, sin reconocer el mal… eso no le “disculpará” ante la sociedad, ni mucho menos le justificará delante de Dios.

De igual manera, treinta años de fidelidad trabajando en un banco, no disculpará a ese empleado si, finalmente roba a esa institución que tiene su confianza puesta en él. Y un adulterio de una esposa o un esposo, no le “disculpa” por 30 años de fidelidad.

Entonces, una actitud diferente sería, una de humildad estando abierto a recibir todas y cuantas lecciones fueran necesarias.

Cosa casi imposible para quien ha ido moldeando su carácter a lo largo de su vida en el contexto de la forma de ser de un pueblo y de una cultura que, como decíamos al principio, se caracteriza por ser "arrogante, orgulloso y soberbio"; aunque todo eso se disimule o se revista de una aparente "sencillez", "naturalidad" “disimulo” e incluso, en algunos casos, de "religiosidad".

"Nada nuevo bajo el sol". El cristianismo primitivo tuvo que luchar contra esa realidad. Los pueblos tienen su propia forma de ser y en lo que es negativo, no se cambia sino por un poder transformador más fuerte que aquel que moldeó la vida de las gentes a lo largo de los siglos y a los cuales les llegaba el Evangelio de Jesucristo.

Por eso no vale ser “católico” o “protestante” o de otra denominación religiosa, sino haber sido objeto de la gracia de Dios y de una verdadera conversión a Dios que, siempre, siempre, es propiciada por el poder de Dios (Ro.1.16-17).

La primera actitud descrita con la declaración: "A mí nadie me da lecciones de moral..." expresa soberbia y es destructiva ya que no está abierta al consejo, la exhortación e incluso eso que tanto se odia hoy día: El arrepentimiento (un cambio de forma de pensar); la segunda, de humildad y abierto a la enseñanza y la verdadera sabiduría, edifica porque enriquece la vida y la de aquellos que son testigos de que otra forma de "ver las cosas" y actuar en consecuencia es posible, sin necesidad de tener que justificarnos delante de los demás.

Eso, además de que nos abre el camino hacia Dios y su salvación eterna

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