En las dos pasadas exposiciones hemos concluido, a diferencia de lo que piensan otros, que no está mal el hacer invitaciones a confesar y recibir a Cristo como “el Salvador personal” a aquellas personas que han oído el Evangelio.
Pero si es necesario que nos aseguremos que lo hayan entendido y que se tengan en cuenta aquellas prevenciones que ya hemos mencionado.
El caso de Felipe y el eunuco etíope
En Hch.8.26-40, se nos describe la forma en la cual un “etíope… funcionario de Candace, reina de lo etíopes” llegó al conocimiento de la persona de Jesús como su Salvador. Aunque dicho pasaje no habla exactamente de la llamada “oración para recibir a Cristo” sí nos aporta algunos principios que hemos de tener en cuenta.
Aquel “etíope, eunuco” siendo un prosélito de la fe judía, había viajado a Jerusalén con el propósito de rendir culto (“adorar”) a Dios en el templo (Hch. 8.27) y ahora iba de vuelta para su país. Él iba en su carro, leyendo el capítulo 53 del profeta Isaías, donde el profeta describe -cientos de años antes y con todo detalle- los sufrimientos del Mesías, el propósito de los mismos e incluso hace referencia a su resurrección.
Sin embargo, todo en el pasaje que nos relata el encuentro entre Felipe y el eunuco nos indica que nada se escapaba a la soberana y sabia voluntad de Dios.
Así que el Señor ya tenía preparados los medios por los cuales el “etíope eunuco” sería atendido convenientemente, a fin de ser guiado a la fe de Jesucristo. Y aquí entra en escena, “Felipe el evangelista” (Hch.8.5; 21.8. (Por favor, “evangelista”; no confundir con “evangélico” como suelen hacer los periodistas de nuestro país, usando mal dichos términos 1).
La guía del Señor a Felipe: “Un ángel del Señor habló a Felipe” indicándole el camino que había de seguir para encontrarse con el “etíope eunuco”. Llama la atención cómo el ángel dirigió a Felipe a que fuese por un camino solitario (Hch.8.26) dejando atrás una iglesia recién formada en Samaria y en gran manera creciente para, finalmente, atender solo a una persona: el “etíope eunuco”.
El evangelista Felipe no puso allí “su bandera” denominacional ni se adjudicó la propiedad personal de la iglesia de Samaria, por ser él “su fundador”.
Nada de eso. (Por cierto esa “despreocupación” no la vemos hoy). Así que, cuando Felipe iba llegando hasta donde estaba el carro en el cual iba aquel funcionario etíope, “el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro” (Hch.8.28-29).
La atención personal de Felipe al eunuco etíope: El Señor quería llevar a Felipe a que tuviera un encuentro personal con el eunuco y lo hizo con una guía muy específica. Así que cuando Felipe llegó a la altura del carro donde se encontraba el etíope, Felipe “oyó que leía al profeta Isaías”.
Entonces le preguntó: “¿Pero ¿entiendes lo que lees?” a lo que el etíope contestó:
A esas alturas de la Revelación divina, Felipe ya sabía de quién hablada el profeta Isaías; pero para el pueblo judío así como para los prosélitos, los pasajes que hablaban del mesías Jesús, estaban velados.
Así que Felipe le explicó a aquel funcionario etíope el pasaje de Isaías que hacía referencia al Señor Jesús. Por tanto, aquella “explicación” no era sino la exposición del Evangelio de Jesucristo (Versículo 35).
Los frutos de la evangelización de Felipe: Las palabras de Felipe rindieron su fruto, de tal manera que cuando llegaron a un lugar en el que había agua suficiente, el etíope le dijo a Felipe: “Aquí hay agua ¿qué impide que yo sea bautizado?”
Entonces, “Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes” (Vv.36-39). Entonces, habiendo confesado a Jesús como “el Hijo de Dios”, Felipe, “mandó parar el carro; bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”. Luego, “el eunuco etíope siguió gozoso su camino” (8.38-39).
Hay mucho que aprendemos de este pasaje. Veamos:
En principio aprendemos que Dios está al control de toda obra evangelizadora, acorde con las palabras de Jesús.
Él encomendó a sus discípulos y a la Iglesia la tarea de la evangelización del mundo; también prometió su presencia con su pueblo a tal fin y hasta el final de la historia (Mt.28.18-20) y afirmó que sería el Espíritu Santo el que haría eficaz el mensaje del Evangelio en los corazones de los oyentes.
Además afirmó que sería el Espíritu Santo el que guiaría a los que han asumido anunciar el Evangelio de Jesucristo. (Ver, J.15.26-27; 16.7-11). Y todo lo mencionado hay que tenerlo en cuenta.
En segundo lugar, vemos que aunque el etíope leía la palabra del Señor, no por eso la entendía. A la pregunta de Felipe, “¿Pero, entiendes lo que lees?” el etíope le contestó: “¿Pero cómo podré si alguno no me enseñare?” (Hch.8.30-31).
Eso ocurre no solo con aquellos que leen las Escrituras y no están familiarizados con ellas, sino también con aquellos que oyen una predicación del Evangelio, pero necesitan algo más que oír una o dos predicaciones.
Eso es solo el inicio. Se hace necesario que alguien les ayude a “entender” mediante una exposición más detallada en la que es posible que medien preguntas de parte del oyente, y respuestas de parte del que está compartiendo el Evangelio (Vv.31-34).
Pero eso es lo mismo que sucede cuando alguien ha oído el evangelio en una campaña de evangelización o ha estado leyendo el Evangelio sin entender cómo puede recibir la bendición que se promete en él.
Esa es la labor de los llamados “consejeros” en dichas campañas y que, después de haber sido entrenados en ello, actúan de forma eficaz orientando a las personas que han pasado al frente “para recibir a Cristo”.
Eso fue lo que me pasó a mí, aunque no fue fruto de una campaña de evangelización, cuando a mis 15 años en adelante cada vez que leía los evangelios me quedaba sin poder acceder a la bendición de la salvación que se hacía (y se hace) en ellos, en palabras de Jesús.
Tuvo que venir un amigo mío que hacía tres años que no veía a hablarme del Evangelio y a “explicarme” que los llamados que hacía Jesús en los evangelios, eran también para mí; y, consecuentemente, la bendición dependería de mi aceptación 2.
Y en ese proceso, llegué a decir, (como estoy seguro ocurrió en otros millones de casos): “¡Ahora lo veo! ¡Antes no lo había visto, pero ahora lo veo! ¡Ahora lo entiendo! ¡Gracias Señor!”.
Es cierto que en otros muchos casos, hay quienes han llegado a las mejores conclusiones después de oír o leer el Evangelio, sin ayuda de otro/s.
Sin embargo, Dios ha dispuesto que en la mayoría de los casos sea bajo dependencia de otro/s para enseñarnos, desde el principio, la necesidad que tenemos de dependencia unos de otros, dado que Él está formando un pueblo y no una especia de “llaneros solitarios”.
En tercer lugar, una vez que se ha oído el Evangelio y se ha entendido lo esencial del mismo (“soy un pecador, pero el Señor Jesucristo murió por mí para darme el perdón de mis pecados y la vida eterna, etc.”) es necesario dar algunos pasos más.
En el Nuevo Testamento vemos que el siguiente paso, era (y sigue siendo) el bautismo en agua, como testimonio público de mi fe en el Señor Jesús, con todo cuanto eso significa y supone.
Evidentemente, Felipe no dejaría este tema fuera de su explicación del Evangelio. Por tanto el etíope-eunuco, no perdió la oportunidad, -cuando se le presentó- de preguntar sobre ese “derecho” que, a su parecer, el Evangelio le otorgaba. Por eso el texto bíblico añade:
“Y yendo por el camino, llegaron a un lugar donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” (Hch.8.36).
Esa respuesta también se va a producir por parte de los oyentes después de oír y entender el Evangelio y cómo les afecta a ellos; reacciones a favor o en contra.
En el caso que nos ocupa, al interés que manifestaba el etíope leyendo al profeta Isaías, y una vez que entendió de quién hablaba el profeta, dio paso a la fe en el Señor Jesús.
El Apóstol Pablo escribiría después: “Porque la fe viene por el oír; y el oír por la palabra de Dios” (Ro.10.17). De ahí el deseo del eunuco de obedecer al mandato del Señor acerca del bautismo (Mt.28.19-20).
Felipe no tuvo que instarle a bautizarse, sino que el eunuco manifestó su deseo: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” A lo que Felipe le contestó que lo único que podría impedirlo sería la falta de fe en la persona de Jesucristo.
Por eso le contestó: “Si crees de todo corazón, bien puedes” (8.36-37).
Ese diálogo entre Felipe y el eunuco ilustra bien todos aquellos diálogos que han tenido lugar a lo largo de los siglos, entre los evangelizadores y los evangelizados.
Solo hay que leer algo de historia de las misiones y atender a nuestra propia experiencia para verlo.
Y las conclusiones ponen de manifiesto que dichos diálogos resultan en bendición a todos aquellos que son objeto de la proclamación de las buenas nuevas; y eso, aunque dicha “proclamación” sea hecha (en la mayoría de los casos) en un tono “conversacional” y no tanto desde una plataforma y delante de miles de personas.
Lo cierto es que el Evangelio sigue siendo “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Ro.1.16). Entonces, ¿Dónde está el problema con los llamados a aceptar el Evangelio, siempre que se tenga en cuenta todo cuanto hemos dicho al respecto?
La oración para recibir a Cristo no es la única forma por medio de la cual se puede llegar a ser salvo
A todo lo dicho y para ir concluyendo, hemos de decir que donde hay creyentes, siempre es conveniente obedecer el mandato del Señor Jesús de anunciar el Evangelio y “haced discípulos” (Mt.28.19-20).
Sin embargo, no hemos de creer que por no hacer dicha oración y guiados por otros, las personas no tendrán acceso a la salvación. ¿Qué queremos decir con esto?
A veces hemos leído u oído a algunos decir que en tiempos cuando las Escrituras no estaban disponibles para el pueblo de Dios nada de esto se hacía y, por tanto, no por eso la gente dejaba de ser salva.
Y por tanto, ¿qué necesidad hay de “hacer la oración de entrega…” Pero creo que aquí es necesario hacer algunas aclaraciones. Como hemos dicho antes, allí donde se conoce el Evangelio, este es necesario que se predique, tal y cómo hemos dicho. Pero eso no quiere decir que “si no se hace la oración del pecador, nadie podrá ser salvo”.
A veces nos olvidamos que en los días de Jesús muchas personas acudieron a Él para rogarle un favor y Jesús iba mucho más allá de aquel favor que le solicitaban. Pensemos en el paralítico que Jesús sanó. No vemos que el inválido le solicitara a Jesús ningún favor espiritual.
Todos querían que el Señor le levantara de su postración. Sin embargo, para sorpresa de todos, Jesús le dijo: “Hijo tus pecados te son perdonados” (Mr.2.5) ¿Y eso qué significaba en relación con la salvación? ¿Y qué le dijo Jesús a la mujer que ungió sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos? (Lc.7.47-50).
¿Y eso qué significaba para aquella mujer a efectos de salvación? ¿Y qué pensar del ladrón el cruz, cuando dirigiéndose a Jesús le dijo: “Señor, acuérdate de mi, cuando vengas en tu reino” (Lc.23.40-43). ¿Y eso qué significó para el ladrón en términos de salvación?
Todo “eso” evidenciaba que Jesús sabía y miraba a una necesidad mucho más profunda e importante que cualquier otra necesidad de los seres humanos.
Pero ateniéndonos a lo que venimos diciendo, ninguno de los mencionados hizo “la oración del pecador”; aunque en sus corazones y comportamientos evidenciaron algo del hambre de perdón y salvación que solo viene de parte de Aquel que solo puede darla. Pero esos hechos tampoco invalidarían que “la oración de entrega” se haga en tiempo y lugar oportunos, como antes hemos mencionado.
Sin embargo hemos de insistir en que Dios no está limitado a la hora de conocer los corazones y dispensar la bendición de su salvación a aquellos que, como bien diría el Apóstol Pablo, bien sea atendiendo a la revelación natural que deja a los hombres “sin excusa” delante del Creador (Ro.1.20); o bien sea por su misma ley que “está escrita en sus corazones” (Ro.2.14-15) son llevados por la misericordia de Dios a buscar “gloria, honra e inmortalidad” (Ro.2.7), mientras que manifiestan a través de sus obras una actitud humilde, reconociendo sus limitaciones como seres pecadores y a Dios como el único que puede atenderles en su gran necesidad (Ro.2.4).
Y no nos quepa duda de que, a quien más luz se le dio, más responsabilidad se le demandará. Pero por otra parte, es necesario subrayar que, si bien es verdad lo que acabamos de mencionar, también es verdad que declarar la “salvación para todos” sin condiciones de ningún tipo, es un mensaje “bonito” e “interesante” pero que no se encuentra en las Sagradas Escrituras.
Hay condiciones para entrar en el reino de Dios; y nosotros no tenemos ningún derecho de negarlas y/o removerlas tratando de ignorarlas, como si no estuvieran en las Escrituras.
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1. El término “evangelista” hace referencia en el Nuevo Testamento a alguien que ha recibido de parte de Dios el ministerio para predicar el Evangelio. Así los apóstoles del Señor eran “evangelistas”. En Efesios 4.11 se hace referencia a aquellos que son puestos por Dios para predicar el Evangelio y entre los cuales se señala a “Felipe, el evangelista” como ya se ha señalado más arriba. Luego, el término “evangélico”, en cambio, es genérico y se usa para identificar a los que profesan la fe “evangélica”.
2. Sé que aquí hay una objeción de parte de los llamados “calvinistas” que no soportan que digamos que “la bendición de Dios depende de nuestra aceptación” porque dicen que eso sería atribuirnos a nosotros mismos el “mérito” de esa misma salvación. Pero mi exposición no quiere entrar en esas discusiones, dado que uso de una forma natural, sencilla, lo que también vemos en el Evangelio que, si es verdad que Jesús hacía llamados a los cansados, a los sedientos, etc., también esperaba una respuesta positiva de aquellos que eran llamados y que no siempre se producía tal y como Él esperaba. Ese tema exige otro espacio y lugar, que no es este precisamente.
