Llamado a “recibir a Cristo”, ¿Sí, o no? (II)

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Llamado a “recibir a Cristo”, ¿Sí, o no? (II)
Llamado a “recibir a Cristo”, ¿Sí, o no? (II)

En la pasada exposición tratábamos de contestar a la pregunta que encabezan las dos exposiciones y llegamos a la conclusión de que no debe haber ningún problema en hacer un llamado a “recibir a Cristo como Salvador y Señor” después de haber predicado el Evangelio, sea en una campaña de evangelización o sea después de compartir el Evangelio con alguien de forma personal.

Y eso, a pesar de que hay muchos que se oponen a esa práctica como si de una de las mayores herejías se tratara.

¿Y por qué esa oposición e inquina hacia esa práctica? Pues a veces se alude al hecho de que esa práctica de “invitar a recibir a Cristo” es superficial, al no tener en cuenta la obra del Espíritu Santo en la vida de la persona que hace la oración; que no se tienen en cuenta aspectos tan importantes como el arrepentimiento y la conversión de la persona que hace la oración; y, por tanto, se le lleva a la persona a creer que ella es “salva” por el solo hecho de haber orado para “recibir al Señor”.

Otro de los aspectos que se aluden es que cuando se hace un llamado general a “pasar al frente y dar el paso de fe”, mucha gente pasa adelante guiados y motivados -además del ofrecimiento del perdón de los pecados y la salvación- por “la emoción del momento”, más que por el convencimiento del Espíritu Santo acerca de su estado y su necesidad del Salvador, el Señor Jesús. En definitiva, eso sería una falsa respuesta, debido a que la persona ha sido “movida emocionalmente”, pero nada más.

No vamos a negar que de eso ha habido mucho, y sobre todo en las grandes campañas de evangelización llevadas a cabo tanto en el siglo XIX como en el XX; pero también se ha dado y se puede estar dando en la evangelización llevada a cabo en las iglesias e incluso a título personal.

Por tanto, al responder afirmativamente a la práctica de hacer un llamado para “recibir a Cristo como Señor y Salvador” no significa que en esa práctica no se den elementos negativos que habría que tener en cuenta, para no incurrir en ellos.

Sin embargo es mejor centrarnos en los aspectos positivos; de esa manera, por la vía del contraste se podrán poner de manifiesto los aspectos negativos.

 

1.- El Evangelio debe ser predicado en todas su partes

El predicador es llamado a anunciar el Evangelio completo. Él no es un “motivador” ni está autorizado a predicar aquello del Evangelio que más le gusta como es “el amor” y las promesas divinas, pero dejando de lado aspectos como la condición pecaminosa del ser humano, la necesidad del arrepentimiento y de ejercer la fe en la persona de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador y Señor, el único que puede dar la esperanza de vida eterna. (Hch.20.21).

Porque, cuando mutilamos el Evangelio dejando de lado un aspecto esencial del mismo, estamos propiciando una decisión falsa que no traerá bendición al que la ha llevado a cabo.

 

2.- El predicador debe confiar en la obra del Espíritu Santo en el corazón de los oyentes

Evidentemente, la actitud de confiar totalmente en la acción del Espíritu Santo para “mover” el corazón de los oyentes, llevará al predicador a huir de todo tipo de manipulación para conseguir “decisiones”.

En este sentido, se puede incurrir en la manipulación de las emociones a través de la música o a través de insistir en que las personas hagan aquello que el predicador les indica para provocar los resultados que pretende.

Por supuesto, la música tiene su lugar en las campañas de evangelización e incluso en las iglesias, a efectos de comunicar las grandes verdades del Evangelio, cuando lo que se canta está lleno del contenido del mismo.

Algo en lo cual desde hace tiempo se viene fallando, centrando más la letra de la música en el “yo” del individuo que en Dios y la persona y obra del Señor Jesús.

Pero la música nunca debería usarse para “mover” (y/o “remover”) las emociones y a través de ellas, la voluntad de los oyentes. De igual manera, la constante y machacona insistencia en que la gente “levante su mano” o “que pase al frente”, además de la manipulación evidente, puede conducir a que personas débiles tomen decisiones que a la postre, no aporten nada a sus vidas, excepto decepción y frustración. Es más el mal que se les hace a las personas que el bien que se pretende comunicar.

Por otra parte, si bien es necesario hablar del “juicio venidero” (Hch.24.24-25 con Hb.9.27) esa verdad esencial del Evangelio no debe ser usada con la idea de “meter miedo” a la gente a fin de que “tomen una decisión por Cristo”.

Eso sería otra forma de manipular a los oyentes. El “temor de Dios” cuando surge de la obra del Espíritu Santo, lleva al pecador a sentir un dolor profundo por haberle ofendido y a huir del mal, en vez de querer “escapar del juicio venidero” (Ver, Lc.3.7-8).

A lo primero se le llama en la Biblia, arrepentimiento y conversión; pero lo segundo, no tiene valor ante los ojos del Altísimo.

 

3.- El predicador debería asegurarse que la persona que ha oído el Evangelio ha entendido el mensaje

Así es. Tanto el predicador como el equipo preparado para ayudar a las personas a tomar una decisión por Cristo, deben asegurarse de que la persona a la cual atienden ha entendido el mensaje que se ha predicado.

Sobre todo las personas que formen parte del equipo de ayuda, deben tener la preparación y la madurez suficiente para atender adecuadamente a las personas que han respondido al mensaje del Evangelio.

Lo dicho no niega que, a veces, creyentes sencillos han llevado a otras personas a los pies del Señor y les han ayudado a recibirlo a través de una oración sencilla; y siendo guiados por el Espíritu Santo todo fue hecho con eficacia.

El llamado “Príncipe de los predicadores” Charles H. Spurgeon, solía hacer llamados desde el púlpito a sus oyentes, a medida que iba terminando sus predicaciones, a fin de que procedieran al arrepentimiento en el mismo lugar donde estaban sentados y a aceptar a Cristo en sus vidas, como su Salvador y Señor.

Luego, al terminar las reuniones solía hablar con los que habían procedido como él les había indicado a fin de cerciorarse de que ellos habían entendido el Evangelio.

Unas veces lo hacía él, de forma personal; pero otras (cuando eran varios los que así habían procedido) lo hacían los miembros del consejo pastoral.

El interés del predicador estaba en asegurarse de que las personas habían entendido bien el Evangelio y que habían procedido correctamente, en consecuencia. Trabajo ese que nunca debe faltar en la tarea evangelizadora y tomarlo muy en serio.

 

4.- Todo predicador debe saber que en su audiencia habrá personas con un distinto nivel de experiencia a favor de la fe, en contra o, ni a favor ni en contra

Esa es una realidad que se pone de manifiesto muy a menudo. Cuando un amigo mío vino a buscarme para hablarme del Evangelio (octubre de 1966) yo estaba más que preparado.

Desde mi adolescencia tenía conciencia de pecado y como era católico romano conocía de la historia de Jesús. A los 15 años había comprado mi primera Biblia en la biblioteca de una sacristía de una iglesia del centro de mi ciudad.

Así que, conocía de Jesús y de su mensaje; pero no había conocido la forma en la cual recibir y hacerme con el mensaje del perdón y la salvación en la persona de Jesús, acorde con el Evangelio; y esto aunque yo era religioso practicante.

Fue mi amigo el que me indicó cómo hacerlo, al presentarme algunos de los llamados de Jesús, usando aquellas tarjetas, del tamaño de las conocidas “tarjetas de visita”, que contenían versículos de la Biblia 1.

Él me invitó a creer y aceptar, por la fe, las propuestas de Jesús. Eso marcó toda la diferencia, hasta el día de hoy. Se podría decir que yo estaba muy preparado para aceptar la invitación a recibir al Señor como mi Señor y Salvador personal.

Sin embargo, en otros casos, una persona pudiera estar en una reunión o tener contacto con un creyente y tener la oportunidad de oír el Evangelio, pero no haber sentido ninguna necesidad de “buscar a Dios” a lo largo de su vida.

Pero en esos momentos, en la medida que oye el mensaje del Evangelio se le despierta, no ya un interés sino un “hambre por Dios” que antes no había sentido ni tenido.

Así que cuando el predicador hace un llamado, esa misma persona no sabe por qué y cómo, pero se pone en pie e incluso pasa adelante; y atendiendo a la “ayuda” del predicador, hace una oración de fe y de entrega al Señor Jesús que marcará un antes y un después en su vida, de forma muy significativa; tanto, que nunca olvidará aquel día y momento tan trascendental.

En este caso, tan “de sorpresa” para el oyente, Dios se manifiesta sorprendiendo a ciertos individuos que nunca se habían planteado, de forma seria, “buscar a Dios”. Así es. Por eso, la Biblia dice: “Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí” (Ro.10.20).

Los que nunca se preocuparon, ni preguntaron por el tema de “Dios” y mucho menos le buscaron, fueron sorprendidos cuando Dios les salió al encuentro de una forma que ellos mismos ni esperaban ni tampoco la habían buscado; pero Dios sí les buscaba a ellos 2 Siempre estuvieron en sus pensamientos.

Entonces, los predicadores y todos los que testificamos del Señor Jesús a otras personas, hemos de tener en cuenta el nivel de experiencia de cada uno: Unos, como la mujer samaritana podrían responder inmediatamente (J.4.11-26); sin embargo, otros como Nicodemo (J.3.1-14) son más reflexivos y necesitarán más tiempo para tomar una decisión a favor del Señor Jesús.

Pero tantos unos como otros necesitarán que se les explique bien el mensaje y sus aspectos más significativos. Porque, dado que las personas somos diferentes unas de otras, así las experiencias son también diferentes unas de otras.

Seguiremos en la próxima y última entrega, señalando algunos aspectos del proceso relacionado tanto con el papel del que evangeliza como con la preparación del potencial candidato a entregar su vida al Señor Jesús.

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1. Las tarjetas de referencia eran semejantes –en tamaño- a las tarjetas de visita con versículos de la Biblia y organizadas por temas; y eran muy usadas en la evangelización personal por aquel grupo conocido como “Los Navegantes”. Denominación que tiene su propia historia, pero no es el momento de hablar de ello.

2. Sé que esta cita de Romanos 10.20, está en un contexto más amplio y se relaciona con la predicación a “los gentiles” que, inmersos en su paganismo y ajenos a los planes de Dios para ellos, no se planteaban “buscar a Dios” del cual no habían tenido noticias. Pero Dios sí pensó en ellos y les tuvo en cuenta en la tarea evangelizadora (Ro.9.25-26; Ef.2.11-13). Pero también es aplicable a personas individuales, las cuales nunca se preguntaron por Dios; pero Dios sí se preocupó por ellas y les salió al encuentro por medio del Evangelio.

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