El clamor de la oración de una madre

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El clamor de la oración de una madre
El clamor de la oración de una madre

En el primer capítulo del libro de Samuel, encontramos la historia del nacimiento del profeta Samuel. Su madre, Ana, no tenía hijos y como cualquier mujer de la cultura judía, esa condición le hacía sentirse muy desgraciada dado que el sentido de la mujer de entonces era tener hijos, cumpliendo así su papel de madre.

Así que un día, estando en el Tabernáculo, donde cada año lo visitaba junto a su marido, oró a Dios desde lo más profundo de su corazón, rogándole le concediera tener un hijo. Y de ser así, ella lo dedicaría a Dios “todos los días de su vida” (Ver, 1ªS.1.9-11).

Así pasó el tiempo justo para que Dios, habiendo escuchado la oración de Ana la contestase concediéndole ese hijo que ella le había pedido, el cual, una vez destetado lo dedicó al Señor, acorde con el voto que había hecho (1ªS.1.19-28).

Al tiempo que Ana dedicaba a su hijo al ministerio en el Tabernáculo, hizo una oración de adoración, alabanza y gratitud por el favor divino para con ella.

Oración que parece sirvió de base para la oración/canción conocida como el “Magnificat” que realizó la virgen María al saber que había concebido en su vientre a Jesús, el que según el anuncio del ángel Gabriel sería “el Santo” “el Hijo de Dios” (Lc.1.31-35; 46-56)

El resultado de aquella oración y dedicación por parte de Ana, fue que cuando creció aquel niño, llegó a ser uno de los jueces y profetas más importantes del Antiguo Testamento.

Tanto que desde el principio de su vida, dice el texto bíblico: “Todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta del Señor. Y el Señor se volvió a aparecer en Silo; porque se manifestó a Samuel en Silo por medio de su palabra” (1S.3.19-21).

Así el clamor de Ana, madre de Samuel, fue oído por el Dios del cielo y de la tierra y la honró con un hijo que hizo historia y que marcó un hito en la historia del pueblo de Israel y de la revelación divina.

 

Un ejemplo moderno del clamor de la oración de una madre

Pero hoy queremos honrar a una madre. La que aparece en la fotografía adjunta, Rafaela Ruíz Marín. Hace ya más de sesenta años, ella tuvo un hijo que nació con ciertas deficiencias.

Cuando pasaron algunos días después del nacimiento de su hijo y tuvo que visitar al médico, éste le dijo que hiciera todo lo posible para no quedarse embarazada porque de ser así, el nuevo hijo o hija tendría el mismo “problema”.

Entonces Rafaela, de fe católica y creyente en un Dios vivo que contesta las oraciones, le dijo: “Bueno, doctor, eso lo dirá usted ¿no? Porque yo creo que Dios puede hacerlo de otra manera y que las cosas pueden que no sean así como usted dice”.

El doctor, reconocido tanto por su profesionalidad como por su ateísmo, la miró con cierta displicencia y le dijo: “Allá tú, yo ya te he avisado”.

Así que Rafaela no se resignó a lo que el médico le anunció con la seguridad del hombre de ciencia, y sin un ápice de creencia en la existencia de un Dios que atiende el clamor de quien a Él acude.

Rafaela, al igual que Ana, la madre del profeta Samuel (y sin conocer ella aquella historia) le pidió al Señor que le diera un hijo sano y que si así fuera, lo dedicaría a Él para que fuese sacerdote. Lógicamente, sacerdote de la Iglesia Católica-Romana.

Poco después, Rafaela quedó embarazada y le nació un hijo completamente sano, al que puso por nombre Antonio. Dicho sea de paso, el nombre Antonio significa: “digno de alabanza”.

Sin embargo, no sabemos cómo Rafaela cumpliría la promesa hecha a Dios de que su Antonio fuera sacerdote, porque a los 16 años él ya tenía novia. ¡Cosa difícil el cumplimiento de aquel voto/promesa, dada la exigencia del celibato de la I.C., a los que se dedican al ministerio sacerdotal!

Pero además, la cosa se complicó mucho más porque Antonio y su novia María, acudieron al lugar donde por la tarde noche nos reuníamos para cantar y compartir el Evangelio; y después de escuchar el testimonio de los que allí estábamos, Antonio y María se entregaron de corazón al Señor.

Era el año 1980. Así que cuando Antonio compartió con su madre lo que había hecho y cómo, lleno del Espíritu Santo él le explicó lo que había conocido, Rafaela se dijo a sí misma: “Estos no son los planes que yo tengo para mi hijo…” Inquieta, al día siguiente Rafaela se presentó en el lugar donde sabía que estábamos, ya que éramos casi vecinos, en el mismo barrio; y descubrió que lo que su hijo Antonio había encontrado, era lo que ella había buscando siempre. Así que ella también se entregó al Señor.

Pero entonces, ¿qué fue de la promesa que hizo Rafaela al Señor? Pues el Señor “ayudaría” a su hija Rafaela para que aquella promesa no quedara sin cumplir, frustrando así el principio que exige que cualquier voto hecho a Dios debe cumplirse con prontitud (Ecl.5.4-6).

Solo que Dios le dio “otra forma” al llamar a su hijo Antonio Baena al ministerio cristiano, que no deja de ser el verdadero sacerdocio, tal y cómo lo encontramos en la las Sagradas Escrituras (Hch.14.23; 20.17,28); por lo cual, con el paso de los años y la preparación adecuada, ha llegado a formar parte del Consejo Pastoral de nuestra Iglesia Evangélica. Betesda.

Pero además con el tiempo también fue reconocido como Capellán Evangélico de las Fuerzas Armadas en el Campamento Militar de Cerro Muriano, de nuestra ciudad de Córdoba, donde también ejerce su ministerio.

Y todo, lógicamente, con el aval de nuestra Iglesia, el reconocimiento del Consejo Provincial de Córdoba, así como el Consejo Evangélico de nuestra Comunidad Autónoma. Pero como nuestro Dios es el Todopoderoso, también le concedió a Rafaela y su esposo Juan, el nacimiento de otra preciosa hija: Maribel, quien con apenas 12/13 años y pocos días después de su hermano Antonio, también profesó fe en aquellos primeros días de nuestra iglesia.

Maribel, creyente y fiel seguidora del Señor Jesús: servicial, generosa e imitadora de su mamá, de quien aprendió las mejores virtudes y que, junto con su hermano Antonio regentan la “Librería Scriptum” desde donde ha brillado y brilla la luz del Evangelio a todos cuantos les conocen, les aprecian y les respetan.

 

Una semblanza de la hermana Rafael Ruíz Marín, en el día de su despedida

Pero los años no perdonan y fue el pasado día 24 de enero que nuestra hermana Rafaela Ruíz falleció a los 96 años de edad. Así que el día 25, en el funeral celebrado, le hicimos la despedida y no pudimos dejar de resaltar lo que había sido y significado su vida para todos nosotros.

Esto sucedía apenas dos meses después que falleció su esposo, Juan Baena, a los 93 años de edad, y quien también profesó fe días antes de su partida, el 6 de diciembre pasado.

Era del todo necesario, entonces, que en la despedida de nuestra hermana Rafaela, destacáramos aquellas cosas por las cuales bien podía ser recordada. Y lo fue y lo será, aunque era una mujer sencilla que aprendió a leer porque decía con mucho énfasis: “¡Yo quiero saber lo qué dice aquí la Biblia!”.

Pero a pesar de su sencillez, ella brilló y puso de manifiesto la realidad de lo que dijo el Apóstol Pablo:

“Porque mirad hermanos vuestra vocación, que no sois muchos sabios según el mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a los fuerte… A fin de que nadie se jacte en su presencia” (1ªCo.1.26-219)

Y es desde esa visión divina, tan diferente, que vemos la obra de Dios en una persona sencilla; sí, pero “tocada” por el poder de Dios para disfrutar de su obra y permitir que otros también disfrutaran por medio de ella. Entonces, Rafaela Ruíz fue conocida como…

Una mujer de fe, lo cual se probó a lo largo de su vida, con el comienzo de aquella oración a Dios que ignoró el “consejo” del médico y fue honrada por Dios por su fe, más de lo que incluso ella esperaba.

También será recordada por ser una mujer resolutiva. Por poner solo dos ejemplos, recordamos que a las dos semanas de haber profesado fe en el Señor, solicitó ser bautizada sin haber recibido preparación alguna para ello. Pero ella decía y se empeñaba en que amaba a su Señor y quería seguirle el resto de sus días ¿Quién podía negarse a su urgente solicitud, dado que en la Biblia tenemos precedentes de bautismos inmediatamente después de creer en el Evangelio de Jesús? (Hch.2.40-41; 8.36-37, etc.).

Recordamos también cuando decidió dejar de vender tabaco en el modesto negocio que regentaba porque decía que eso era malo y que a su Señor no le gustaba que ella vendiera lo malo… Entonces, dicho y hecho; y eso a pesar de que el tabaco era una fuente de ingreso no desdeñable y, entonces, con cierto disgusto de su marido. Si era algo que debía hacer para su Señor, entonces era algo que tenía que llevarlo a cabo.

La hermana Rafaela era una mujer generosa. Los que la conocimos de cerca sabemos muy bien cuán grande era su corazón en generosidad y cuántas personas podrían testificar de esas ayudas oportunas que recibieron de parte de nuestra querida hermana. Ella sabía dónde estaba la necesidad y dónde poner la ayuda necesaria.

Pero también era una mujer de oración. Que Rafaela fue una mujer de oración, es algo que está fuera de toda duda. Siempre cuando la veíamos o visitábamos, nos decía: “Estoy orando por ti y por toda tu familia”; “estoy orando por la Iglesia, siempre”; “estoy orando también por aquel (o aquellos) que se fue, para que vuelva”.

La oración era “marca” especial de Rafaela. Ella era un ejemplo de lo que significa aquel dicho: “Ora et labora”. Oración y trabajo, era una realidad en ella.

¿Y qué de su labor evangelizadora, la cual realizó como pocos? Desde que conoció al su Señor, Rafaela tuvo conciencia de que tenía la “misión” de comunicar a los demás el mensaje de Jesús que tanto le había bendecido a ella.

No había persona que tuviera delante que no oyera de sus labios el mensaje de la salvación que es en Cristo-Jesús. Y del fruto de ese ministerio evangelizador hay muchas personas que podrían testificar del mismo; tanto de familias, como la familia Peral-Moyano, la familia Montero-Rodríguez, la familia Saco-Torres, etc., como otras tantas y muchas personas en particular, que conocieron al Señor Jesús por haber oído el Evangelio de boca de nuestra querida hermana Rafaela.

Sin olvidar el arduo trabajo de visitación a los enfermos en los dos grandes hospitales de nuestra ciudad; ministerio ejercido por muchos años, hasta que por causa de la edad tuvo que dejarlo.

Hace casi ocho años (2018) cuando ya iba dejando de congregarse con su amada Iglesia a causa de la edad y con dificultad para moverse, le hicimos un reconocimiento en gratitud por todo cuanto ella había hecho y compartido con su Iglesia y fuera de la misma.

Así, rodeada de sus hijos, nietos y biznietos, recibió las palabras de cariño de las cuales se había hecho merecedora por sus muchos trabajos y desvelos en el Señor a favor de sus hermanos y hermanas a los cuales tanto amó y sirvió. Entonces, no podíamos por menos que recordar las palabras que se encuentran en el libro de Apocalipsis:

“Y oí una voz que desde el cielo me decía: Bienaventurados de aquí en adelante los que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apc.14.13)

Y en cuanto recordamos dichas palabras, estamos seguros de la bienaventuranza que ha alcanzado nuestra querida hermana Rafaela Ruíz Marín que, sin duda ha debido escuchar las palabras de su Maestro al cual sirvió: “Bien, buena sierva y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt.25.23)

Por tanto, ella ya descansa en el gozo y en la paz del Señor. ¡Gracias a Dios por su sierva, por habérnosla concedido tanto tiempo!

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