Así es. Lo que declara el enunciado más arriba es algo a lo cual ya estamos acostumbrados, bien por verlo cada día a nuestro alrededor y en contextos variadísimos, e incluso porque en algún momento de nuestra vida hayamos participado de ese mismo comportamiento.
Lo cierto es que echar la culpa a los demás o a las circunstancias es más fácil que reconocer que nos hemos equivocado; y eso es orgullo.
Además echar la culpa a los demás tratando de exculparnos a nosotros mismos, no arregla el problema, sino que lo empeora y nos aleja de Dios.
Luego, en el contexto religioso, no sería la primera ni la última vez que hemos oído culpar “al diablo” de aquella caída moral o ética que acabó con el ministerio de alguien.
Pensando en esto mismo, hace años y estando en un encuentro de iglesias varias… me encontré con alguien que hacía muchos años que no veía. Entonces le pregunté por cierto pastor joven a quien un “superior espiritual” lo colocó en ese ministerio y lugar sin tener preparación. Entonces me contestó con una respuesta muy “socorrida”: “Ah, sí ¡El diablo le ha dado una verdadera paliza!”. Cuando oí aquellas palabras le dije: “No crees que él y algún otro han podido tener responsabilidad en todo eso”. Se lo decía por el “superior” que lo puso allí donde no debía. “Claro que sí, sin duda”.
La misma actitud y respuesta ya estaba en el Edén
Pero si observamos ese comportamiento de los seres humanos, nos damos cuenta de que eso mismo ya se dio al principio y como consecuencia de lo que conocemos como “la Caída”, cuando el ser humano cayó en el pecado.
Entonces, en vez de reconocer su desobediencia, tanto al hombre como a la mujer les invadió un sentimiento pertinaz de querer justificarse a sí mismos ignorando su responsabilidad personal y echando la culpa al otro: “Es la mujer que me diste por compañera…”; “Es la serpiente –el diablo- que me engañó…”. En todo ese relato quedamos muy bien retratados los seres humanos. (Gén.3.1-13).
Un cuadro de aquello que pasó lo podemos ver a lo largo de toda la Historia Sagrada, como una lección que hemos de aprender acerca de la seriedad de cómo afectó el pecado a los seres humanos.
De ahí que una de las enseñanzas centrales del Evangelio -cuando se predica- es el reconocimiento personal de que somos pecadores, sin remedio, a menos que por la gracia y el poder de Dios seamos perdonados, limpiados, justificados y transformados (1ªCo.2.30-31).
Pero todo esto de lo cual venimos hablando también lo podemos ver a diario en las distintas esferas de la sociedad en las relaciones humanas.
Y quizás donde es más evidente, por estar a la vista pública, es en el terreno político. Por poner un ejemplo bien conocido (por desgracia) tenemos el espectáculo bochornoso que están dando desde el Gobierno de España con el Presidente a la cabeza.
Todos han tratado de ignorar los hechos, acusando a todos aquellos que estaban sacándolos a la luz y denunciándolos; fuesen periodistas, policía, guardia civil y por último, incluso jueces.
Incluso en es proceso algunos/as han salido a “poner la mano en el fuego” por fulano o por mengano (o fulanita o menganita, que para el caso es igual) y cuando ya era (¡y es!) imposible taparlos (eso sí, con las manos bien quemadas) entonces comienzan a justificarse y a decir que no conocían nada de lo que estaba pasando; que si bien tenían relación en lo político con conocían a tal o cual persona lo suficiente (¿?) y a echarse la culpa los unos a los otros…
Como decía antes, es lo de siempre. No es la primera vez en estas décadas de régimen “democrático”; y tanto de un signo político como de otro.
Pensado en esto, a veces me imagino soñando algo parecido a aquel sueño que tuvo el Pastor Martin Luther King, en el que veía una tierra justa donde no se dieran todas aquellas injusticias que padecían en su sociedad. ¡Sí, era un sueño!
Pero él se dio cuenta, que en gran parte podría hacerse realidad. Por eso luchaba viajando, pronunciando discursos y proclamando manifestaciones a favor de los derechos de los maltratados y rechazados; algunas veces sufriendo el apaleamiento de los que tenían el poder y… Estando en eso, fue asesinado miserablemente, a tiros, en 1968, en Memphis (Estados Unidos).
Pero continuando con lo de mi sueño imaginado, pensaba en unos partidos políticos con ideas diferentes entre ellos, pero honestos, honrados y que no se permitieran a sí mismos un ápice de corrupción; respetuosos con las leyes del país e implacables y rigurosos en el cumplimiento de las mismas; responsables para con todo aquello que la ciudadanía ha puesto en sus manos; estando dispuestos a pedir perdón por sus faltas y asumir su responsabilidad por las mismas hasta las últimas consecuencias…
Pero una sociedad diferente es posible
En fin, son imaginaciones mías. Por tanto, seguiremos asistiendo a más de lo mismo, hasta no sabemos cuanto tiempo más… Al parecer no tenemos remedio. Como país digo. A veces pienso en aquel texto del libro de Apocalipsis que dice así:
“El que es injusto sea injusto todavía; y el que es inmundo sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apc.22.11).
Estas palabras del Apóstol Juan no son una declaración acerca de que el que es de una manera determinada no pueda cambiar en un sentido o en otro. ¡Claro que no!
Es más bien una forma de decir que aquel que ha decidido ser de una manera determinada seguirá siendo así porque eso es lo que ha determinado en su corazón. De ahí que el impío irredento no cambie aunque el mundo se hunda a su alrededor y él mismo sufra por ello. Éste nunca asumirá su responsabilidad por sus malos hechos y siempre culpará a otros o a otros factores externos. Algo de lo cual se nos dice en Apc.9.20-21.
Pero el justo tampoco cambiará, porque ha decidido permanecer fiel al Señor y sus enseñanzas, dependiendo de su gracia, aun en medio de las dificultades. Por eso en el caso de los justos hasta sus vidas darán por su fe, dado que ellos “han decidido” no cambiar (Apc.12.11).
Entonces, podemos concluir que a pesar de lo que vemos, y en parte padecemos, a decir verdad, la puerta de la gracia siempre estará abierta a la posibilidad de cambio.
No debe extrañarnos que cuando Jesús apareció, precedido del profeta Juan el Bautista, las palabras que iban delante de ellos eran “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mr.1.4,14-15).
Y ese mensaje está vigente todavía para todo ser humano. Porque ese mensaje es el único que traerá un cambio de una vida de oscuridad y perdición a una vida de luz y de esperanza; y un cambio de una vida con falta de ética a una vida de rectitud y de justicia.
Lógicamente, este mensaje también es aplicable a los políticos, de un signo o de otro. De ahí que el libro aludido termine diciendo:
“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apc.22.17).
Porque en la Biblia “el que tiene sed…” es aquel o aquella que siente que es un miserable, que está “seco”, que necesita cambiar de vida y ser limpiado y transformado desde lo más profundo de su corazón.
Porque también esa es la única forma por medio de la cual nuestras vidas pueden ser transformadas y cambiadas para que se ajusten en todo al “ser humano” diseñado por nuestro Creador.
Entonces, y solo entonces, podremos asumir nuestra responsabilidad por nuestros hechos, dejar de echar la culpa a los demás y con toda humildad, buscar la reconciliación, primero con Dios y luego con nuestro prójimo.
Dicho sea de paso, tampoco se trata de llegar a ser miembros de una religión cualquiera que sea, sino el resultado de la obra de la gracia de Dios quien a decidido no solo “saciar nuestra sed” de una verdadera vida, sino hacer de cada uno de nosotros, “una nueva creación” (2ªCo.5.17; Gál. 6.15; Ef.2.10).
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