La revelación de Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, en principio pone el foco, no en un mensaje sobre cuestiones que hay que hacer o no, sino en su obra redentora; luego vendrá lo demás, pero en primer lugar el énfasis está puesto en su obra redentora y salvífica.
Pensando sobre ese orden, traigamos a colación la introducción de la Epístola a los Hebreos. Allí el autor habla de revelación.
Seguramente, él estaba penando en que nada se podría conocer de Dios ni de su obra a favor de la humanidad sin una revelación y, como buen hebreo/judío y además seguidor de Jesucristo, estaba bien instruido sobre la revelación de Dios.
Por eso antes de entrar de lleno en el contenido de su epístola, trae a colación el tiempo, la forma y el principal contenido de la revelación divina:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien asimismo hizo el universo; el cual siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de sus sustancia…” (Hb.1.13).
Ahora, lo que se dice aquí es muy importante. En principio, porque la revelación de Dios transciende al tiempo y al espacio. No solo se nos presenta al “Hijo” como el creador “del universo” –dimensión relacionada con el espacio- sino que también es Señor de la Historia –dimensión tiempo- dado que esta tiene sentido a la luz de la revelación de Dios dada a través de otros mediadores, pero que se completa y culmina con la persona “del Hijo”.
Pero no termina ahí todo, sino que se añaden dos cosas más que, o son fruto de la especulación del que escribe 1 o realmente está expresando palabras que le fueron dadas por inspiración del Espíritu Santo.
Él añadió que “el Hijo” es… “el resplandor de su gloria -de Dios- y la imagen misma de sus sustancia; y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hb.1.3).
Ahora, dado que “el Hijo” es el creador y sustentador de todo el universo -no solo de este planeta llamado Tierr- y “el que sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”, ese “resplandor de la gloria de Dios” que emana de Él no debemos reducirlo a “la luz” que nos ha llegado solo a nosotros, en términos de mensaje salvífico.
¡No! Claro que el resplandor de la gloria de Dios tiene relación con dicho mensaje, como después aclararemos también; pero no se limita solo a ese mensaje, sino que se extiende a todo el universo.
Como ejemplo podemos poner el papel que juega el sol en todo nuestro sistema solar. El resplandor de la luz del Sol no solo llega a este planeta sino a todos los planetas que componen nuestro sistema solar.
De igual manera, “el resplandor de la gloria de Dios” que se desprende de la persona “del Hijo” no se limita a esa luz que nos llega en forma de Revelación especial por medio de la persona y obra de Dios en Cristo Jesús, sino que alcanza -aunque no de la misma manera particular- a todo el universo. Es por esa razón que el salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría…” (Sal.191-4).
Claro, el mensaje de la gloria de Dios que transmite la creación es lo que teológicamente conocemos como “revelación natural” y a través de la cual conocemos “su poder y deidad… de modo que los hombres no tienen excusa” (Ro.1.19-20) tanto para creer en Él como para saber que tenemos una responsabilidad moral ante nuestro Creador (Ro.1.18-32).
Es decir, por una parte el orden, la sabiduría y el poder que transmite la creación, tanto a través del macro-cosmos como del micro-cosmos, hablaría del Creador; pero por otra parte pondría a la criatura como responsable moral frente al Creador por lo que conoce y sabe de Él y por los bienes recibidos. Y aquí, la conciencia del ser humano juega un papel primordial. (Ver, Ro.2.14-15 con Hch.14.16-17).
Por tanto, la luz que se desprende del “Hijo” no se limita al mensaje especial que es y que se deriva del Evangelio. Él fue el creador y es el sustentador del universo, tal y cómo también apuntó el apóstol Pablo en Colosenses 1.15-17; y es del todo lógico que la creación a una refleje el poder, el orden, la sabiduría y aun la divinidad del que la creó y la sustenta Y el que la creó y la sustenta es “el Hijo”.
De la revelación natural a la revelación especial
Pero lo mismo que vemos en la Escritura y apreciamos la revelación natural también podemos distinguir la revelación especial. Por eso, al llegar aquí es bueno que pensemos que si bien la revelación natural tiene una gran importancia, también es verdad que no es completa ni por tanto suficiente. De ahí la necesidad de una revelación especial.
Si la revelación natural es aquella que se desprende de las obras de la naturaleza, la revelación especial es aquella que nos llega por medios escogidos por Dios, como fueron aquellos hombres del pasado en la historia del pueblo de Israel y que culminó y se completó, como bien escribió el autor de Hebreos, en la persona del “Hijo”.
Lo primero y más importante de la revelación especial: Su obra redentora
Bien, pues después de haber escrito cosas extraordinarias sobre la persona del “Hijo”, el autor de la Epístola a los Hebreos pasa a mencionar lo que es más importante en la teología y doctrina cristiana.
Si el escritor hubiera sido uno de estos eruditos modernos, o como normalmente se dice, “un hombre de la academia”, él hubiera pasado por alto la obra redentora de Cristo para entrar a “explicar” el sentido de la “teología judía” y decirnos algo así como esto:
“Bueno, aquello hoy día no tiene sentido para nosotros… Nuestros estudios más profundos… nos han dado una comprensión más clara acerca de la persona de Jesús, del cual apenas sabemos algo seguro. En todo caso, él dio su vida por nosotros y nos dejó su ejemplo de amor para que le imitemos. Por tanto, términos como propiciación, expiación, redención, etc., ya no tienen sentido para nosotros, en ninguna manera. Dios puede salvarnos sin necesidad de ninguna obra, ni propiciatoria ni expiatoria”
Sin embargo, los autores del Nuevo Testamento no eran “hombres de la academia”. Y si alguno lo era -como en el caso del apóstol Pablo- ya sabemos lo que pensaba el apóstol sobre esa “muy estimada” condición, cuando de compararla con la nueva revelación que había recibido del Señor Jesús, se trataba. 2
Así que después de haber dicho lo ya mencionado de la persona y obra del “Hijo” el autor de la epístola a los Hebreos pasa a resaltar lo más importante de la obra del mismo.
O sea, él no se detiene a explicar sobre la cantidad y el carácter de sus obras milagrosas, sino que hace una referencia a su obra purificadora “por medio de sí mismo”.
Sin duda una referencia a su muerte expiatoria y santificadora, como después explicará sobre el carácter de la obra de Jesús a la luz de los sacrificios del A. Testamento (Ver, Heb.4.15; 5.1-10; 7.24-28).
Pero no se quedó solo en el hecho de “la purificación de nuestros pecados” (consecuencia de su obra expiatoria) sino que hizo referencia implícita a la resurrección de Jesús cuando dijo: “y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hb.1.3).
Pero estábamos diciendo que lo más importante de la “revelación especial” de Dios en Cristo Jesús, es su obra redentora. Con esto queremos decir que Dios tenía mucho interés en que desde el principio se supiera quién era aquel Jesús que iba a nacer y qué es lo que iba a llevar a cabo aquí en la tierra.
En el anuncio antes del nacimiento de Jesús
Es por esa razón que apuntábamos antes que cuando se anunció el nacimiento de Jesús se anticipó que su nombre sería “Jesús”. Y en seguida se aclaró la razón del por qué se llamaría así: “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt.1.21).
De ahí que al comienzo de su ministerio, el profeta Juan el Bautista, cuando vio a Jesús, declaró: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (J.1.29,35).
Tanto el ángel del Señor que anunció su nacimiento, como Juan el Bautista, podrían haber hecho referencia a otras cuestiones relacionadas con Jesús de carácter ético, eclesiástico o escatológico (eso vendría después); pero ellos hicieron referencia a su persona como el Salvador y a su obra salvífica.
Y ese conocimiento se dio, precisamente, antes de que Jesús comenzara a dar sus grandes discursos sobre la forma de “ser” de sus discípulos y el comportamiento de ellos, como p. ej., hizo en el llamado “Sermón del Monte”.
La razón de que antes del anuncio del nacimiento de Jesús se hablara del significado de su nombre y el carácter de su obra, es lógica; ninguno de nosotros podríamos llegar a “ser” lo que Dios se había propuesto hacer en nosotros, ni a cumplir con la voluntad de Dios a menos que la salvación divina se llevara a cabo primero en nosotros. Solo después de haber experimentado la salvación y ser transformados por el poder de Dios, estaríamos en condiciones de vivir la vida cristiana. (Ro.1.16-17)
En la predicación y enseñanza del Evangelio
Pero ese orden lo vamos a encontrar también en todas las epístolas. Como ejemplo de esto que decimos, tenemos Ef.2.1:
“Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo siguiendo la corriente de este mundo…” Y luego añade: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (…) Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduvierais en ellas” (Ef.2.8-10. Énfasis míos).
Así que la revelación divina nos dirige a reconocer a Jesús, en principio, como Señor y Salvador, para recibir la verdadera vida. Mensaje que vamos a ver a lo largo de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Luego, en las epístolas ese anuncio será “explicado” y “enseñado” acorde con la revelación de Dios dada a los autores del Nuevo Testamento (Ef.3.8-9; Col.1.25-28).
Ese ministerio era lógico y muy necesario; de otra forma, la obra salvífica de Dios se hubiera quedado a medias en los creyentes. Así que, solo cuando hemos experimentado esa salvación que también nos ha debido transformar, es que podemos vivir la vida de Cristo de la que Dios habla en las Escrituras (2ªTi.3.15-17).
Por tanto, el cristianismo no es una religión que se nos proponga para “imitar”. La vida cristiana surge de una obra divina, llevada a cabo por el Espíritu Santo en la persona que ha creído en el Señor Jesús, que ha sido previamente regenerada y transformada por el poder del Espíritu Santo (Tito.3.4-6; 2Tes.2.13-14; 1ªP.1.22-25).
Pero eso sí, los Apóstoles pusieron énfasis en esa obra salvífica, por medio de la cual y según el Apóstol Pablo, Dios ha hecho de Jesús para nosotros, el camino de sabiduría para llegar al Padre; el medio de justificación que nos descarga de todo el peso de los pecados y de la culpa, declarándonos justos; pero también Jesús es la base para nuestra santificación, que incluye tanto el llamado a ser suyos como la limpieza que nos habilita para estar delante del Él y servirle; pero aun se añade otro aspecto de la persona y obra de Jesús y es que Él es el fundamento de nuestra redención/liberación del pecado.
Lo cual hace que seamos seres libres para “servirle en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Ver, 1ªCo.1.30; Lc.1.73-75).
En relación con la Segunda Venida del Señor
Lo cierto es que a lo largo de toda la Biblia y hasta el final, vamos a ver esa referencia a la salvación de Dios, que tiene su manifestación y se llevó a cabo en la persona de Jesús. Salvación que, una vez llevada a cabo por medio de su muerte y su resurrección esperará el día de su manifestación plena.
El Apóstol Juan, ante las visiones gloriosas que le son reveladas relacionadas con el futuro, no puede dejar de referirse a la obra redentora del Señor Jesús, como anunciando anticipadamente que todo el glorioso y esperanzador final solo es posible gracias a dicha obra.
Por eso escribió:
“Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó y los lavó de nuestros pecados con su sangre; y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios su Padre; a él sea la gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apc.1.5).
Esa referencia a “la sangre” de Cristo es una constante en toda la enseñanza del Nuevo Testamento. La referencia a “la sangre” que tanto molesta (incluso repugna) a algunos teólogos modernos, aparece desde el principio hasta el final, y es una referencia constante a la obra propiciatoria/expiatoria, justificadora, santificadora y redentora, del Señor Jesucristo.
Y por medio de ella los creyentes somos “lavados por su sangre” (Apc.1.5); mientras que esa misma “sangre” nos permite –entendiendo estas verdades en términos espirituales- “lavar nuestras ropas y emblanquecerlas en las sangre del Cordero” (Apc.7.13-14); siendo también “la sangre del Cordero” nuestra mayor y poderosa arma por medio de la cual vencemos al diablo, “el acusador de nuestros hermanos” (Apc.12.10-11).
Y aquí tenemos de fondo las palabras del Apóstol Pablo, cuando escribió: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (Ro.8.33).
Y sabemos que hemos sido justificados por medio de la fe en Cristo Jesús… “en su sangre”. Una referencia a su sacrificio expiatorio. (Ro.3.24-25; 5.1-2)
Por otra parte, las casi treinta veces que el apóstol Juan hace referencia al “Cordero” en el libro de Apocalipsis, no es gratuita. “El Cordero” es una referencia a Jesús, del cual habló tanto el profeta Isaías (53.6-7) como el profeta Juan el Bautista, cuando éste hizo referencia al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (J.1.29,36).
Pero el “quitar el pecado del mundo” no hubiera sido posible si el Cordero no hubiera sido sacrificado. Por eso en Apocalipsis, el Cordero aparece “como inmolado” (Apc.5.6).
Esa referencia hace alusión a la muerte de Cristo y su sangre expiatoria, de lo cual ya hemos dicho algo acerca, tanto del valor como de sus beneficios en relación con los creyentes.
COMO CONCLUSIÓN diremos que si bien la revelación natural nos lleva a saber de la existencia de un Dios Creador, la revelación especial nos lleva al conocimiento de un Dios salvador y redentor manifestado en la persona de su Hijo Jesucristo, el cual no se limitó a morir como “el máximo ejemplo de amor” al cual nosotros hemos de “imitar”.
No. No es como dicen algunos teólogos modernos que enfatizan “su amor” pero desechan el carácter redentor de su obra. Negar ese aspecto de la obra de Jesucristo, sencillamente, es una gran herejía.
Así que junto al hecho de que, efectivamente, es “el máximo ejemplo de amor”, su muerte, teniendo un carácter expiatorio y redentor, es el fundamento seguro de nuestra salvación y por medio de la cual el Hijo de Dios hizo posible que nosotros pudiéramos obtener los beneficios de la reconciliación, la justificación, la santificación y la redención de parte de Dios, capacitándonos así para vivir la vida por él propuesta. De ahí que demos a Él toda la gloria y la honra, por siempre.
1. Durante algún tiempo algunos Padres de la Iglesia atribuyeron al Apóstol Pablo la autoría de la epístola a los Hebreos, pero nunca se determinó de forma segura quien fue el autor de ella. Dada la referencia que se hace al final sobre “nuestro hermano Timoteo”, debió ser alguien asociado al amplio grupo del ministerio que ayudaba, junto con otros en la obra de plantar iglesias y de edificarlas con la Palabra. Lo importante es que el Espíritu Santo que inspiró al autor, también guió a los antiguos Padres a incluirla en el Canon de libros aceptados como inspirados y con autoridad para la Iglesia.
2. Ojo. No se trata aquí de despreciar el estudio que nos ayudaría en todo caso a conocer mejor las Sagradas Escrituras desde todo punto de vista, sino de creer que a través del estudio se puede pasar por encima las cosas reveladas de Dios, que no se pueden aprender ni “discernir” por medio solo del estudio.
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