Make America Great Again!

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Make America Great Again!
Make America Great Again!

Make America Great Again. “Hacer América Grande Otra Vez”. Que así sea. Ahora, ¿de qué hablamos cuando decimos “América Grande”? Y cuando decimos “Otra Vez”, ¿a qué momento nos estamos remitiendo?

Para el señor que ocupa ahora la Casa Blanca, la grandeza de América toma como referencia imperios paganos como el romano y por eso celebra su independencia con un combate de gladiadores en el que un bárbaro conquista la gloria golpeando y humillando a otro bárbaro; todo un modelo de relaciones entre personas y pueblos. Y, como un césar, Trump identifica los 250 años de la independencia de los EEUU con su propio cumpleaños; emula la piedra de Augusto en el Foro en la que se autodeclaró dios, y así lo refleja Trump en un estúpido cuadro bien conocido.

La Gran América de Trump es la de un niño inmaduro que tiene el poder de un gigante, que sigue el criterio de atacar siempre, mentir cuando sea necesario e imponer su propio relato de victoria indiscutida. Es el caprichoso que entiende las relaciones internacionales como un empresario sin escrúpulos, que vende a la heroica Ucrania y deja a Delcy gobernando para él, que hace una OPA hostil sobre Groenlandia y reparte amenazas de aranceles a amigos y enemigos; cierto es que de tanto presentarlas y retirarlas, ha ido dinamitando su credibilidad.

Lo peor es que por el camino quien pierde credibilidad es su propia nación, que ha ido liquidando su rol de referencia de autoridad moral, y un país puede parecer grande por su poder económico o militar, pero lo es de verdad cuando conquista autoridad moral. La Gran América que vende Trump se parece más al imperio romano e ignora que sus fundadores se levantaron justamente contra un imperio creando la Gran América que nació el 4 de julio de 1776.

“Hacer Grande América Otra Vez”. Una vez América fue Grande. El presidente que manda a la ICE a arrancarles los padres inmigrantes a sus familias, el que detiene y deporta a niños, olvida que una vez América fue Grande; América lo fue cuando tuvo el valor de recordar que sus padres fundadores fueron inmigrantes, peregrinos que huían de la intolerancia; lo fue cuando recogía con humildad –esa palabra prohibida para Trump– el mandato de Dt 26.1 y 5: “Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da por herencia, y tomes posesión de ella y la habites… Entonces hablarás y dirás delante de Jehová tu Dios: Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa”. Ahí está la América Grande que Trump es plenamente incompetente para comprender.

Es la América Grande que redactó sus documentos fundamentales como primera democracia real del mundo leyendo la Biblia, cuya Constitución no empieza diciendo “Yo, el presidente”, sino “Nosotros, el pueblo”, la que fundó en Rhode Island un modelo de estado en el que todos, incluidos los indios, tenían los mismos derechos, la que aprobó la 1ª enmienda para impedir que ningún dogma se impusiese como oficial, la que estableció, desde principios bíblicos, un sistema democrático de checks and balances que Trump se quiere pasar por el forro, la que impuso la inviolabilidad del hogar desde Dt. 24.10-13, la que abolió la esclavitud, la que promovió con Carter el respeto a los derechos humanos como fundamento de la política internacional… esa es la América que es Grande no sólo por su PIB, sino porque es una referencia para el mundo de autoridad moral. Es la América que ignora Trump.

Los evangélicos tienen poder real en la actual América. ¿A quién se lo están entregando? Repiten la torpeza de hermanos de otros países, que cuando un líder les planta una política correcta de Vida y Familia –como la de liquidar el poder del negocio del aborto de Planned Parenthood–, se tragan todo el resto del programa y la impresentable biografía del personaje.

Conozco a algunos evangélicos que han ocupado puestos en la administración Trump; cualquiera de ellos vale más que el presidente, cualquiera habría sido un mucho más excelente candidato y sería más capaz de devolver a América su grandeza. Pero se achantan ante un fantasmón como Trump y le entregan todo. No lo entiendo. Sigo orando para que los evangélicos americanos identifiquen un candidato evangélico (tanto me da si es republicano o demócrata) que, desde una moral personal intachable y unas sólidas convicciones bíblicas, sea una referencia de la que ellos no se tengan que avergonzar y devuelva a su país a lo mejor de su identidad, de sus valores, de su autoridad moral, para volver a hacerlo grande.

Entretanto, mi oración es que el pueblo americano ponga en práctica lo que declaró hace 250 años: “que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios”.

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