Digo Pepita y un río de sonrisas entra en casa

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Digo Pepita y un río de sonrisas entra en casa
Digo Pepita y un río de sonrisas entra en casa

Digo Pepita y un río de sonrisas entra en casa, un montón de amor ilumina sus ojos y una alegría serena conquista el aire, se lleva la niebla y echa fuera todo desasosiego. Digo Pepita y veo abrir sus brazos inmensos para acoger a todos en su regazo.

Ahora estará parrafeando con mi abuela, la de Eva, porque las dos tenían siempre el teléfono de Dios comunicando. Pepita se pasaba todo el día llamando en las puertas del cielo, y estoy persuadido de que poco pedía para ella: reunía a un grupo de intercesoras y levantaban ante el Señor un montón de propuestas y pedidos de todos nosotros; ningún pedido era insignificante para ella; los recogía todos con atención, los envolvía en sus manos amorosas, los compartía con su grupo de intercesoras y lo levantaba de rodillas ante el Señor.

Perdóname, Fernando, si descubro tu preocupación, pero realmente es la de todos nosotros, los que algún día le pedimos a Pepita que orase por alguna cosita: ¿Quién nos va a apoyar ahora cada día? ¿Quién va a venir detrás de nosotros para cuidar nuestros pasos, levantar nuestra mirada hacia el Señor, empujarnos hacia adelante y negociar con Dios esa preocupación tuya, aquel deseo mío?

Estoy escuchando Knockin’ in the Heaven’s door en las voces de Ladysmith Black Manbazo y Dolly Parton y recuerdo a Pepita llamando a la puerta del cielo, no por ella, sino por ti y por mí, por cada uno de nosotros, y no llamando “porque se está haciendo muy oscuro”, sino haciéndolo desde la luz de sus ojos confiados en el Señor para enternecer Su oído a nuestras ansias y deseos.

La historia comenzó un día, hace muchos años, cuando Pepita escuchó que era Jesús quien estaba llamando a la puerta de ella; escucho ahora Behold Me standing at the door, sobre el texto que su hija Ana me hacía recordar hace unos días. El coro recoge la llamada de Jesús: “Mira, estoy a la puerta, escúchame pedirte día y noche con voz suave en medio del estruendo: ¿Puedo entrar?”. Pepita le abrió la puerta a Jesús. Jesús acaba de abrirle la puerta del cielo a ella. Puedo ver la luz en el rostro de Pepita reconociendo su casa, su hogar. Ya no tendrá que volver a llamar.

En memoria de Pepita, madre de Ana Pérez y suegra de Marcos Zapata.

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