No me dan nombre mis obras;
aunque entre los surcos queda
el fruto y cosecha de mis horas,
de mi labranza y mis poemas.
Solo me sé vasija de barro
mil veces rota y reconstruida
con cicatrices de oro y de mirra
bajo el suave roce de Tu mano.
Quebrantado, sí, pero aún entero
en la eternidad de tus crisoles,
donde mi verdadero nombre
se escribe con lenguas de fuego
que salen de la rúa de Tus labios,
al son del Espíritu y el viento.
