Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe (Apocalipsis 2:17)
Hijo pródigo, sin padre que me aguarde en mi casa.
Desheredado en la tierra, pero cobijado en tu abrazo,
Tu abriste en cruz los brazos, de par en par el alma.
Y la noche entera encendida dejó los relojes parados.
Pronunciaste mi nombre como nadie lo ha pronunciado...
sonó como un vuelo de alondras en un campo de trigo,
deletreado al ritmo de olas y el crecer de los dragos.
Y estalló insólita la paz en una reverdecida rama de olivo.
