¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! (Lucas 13:34)
Acallan toda voz que disiente,
quieren quitar las alas al viento
en las veletas de los desiertos
y en las colinas, y en las fuentes.
Edifican orgullosas torres
para que la verdad encarcelen.
Que nada les quiebre el orden
que en lo oscuro establecen.
Mientras, hay brazos que abrazan el aire;
palabras navegan el eco de los montes.
Busca el hijo pródigo la voz del Padre,
dispensa la Gracia su mágico desorden.
