Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de El? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? (Salmos 42:2-4)
Una pena en el vértice del alma
trocó mi horizonte en esquinas
que me desgarran la retina
y todos mis sentidos daña.
Clamé a Jesús desde mi sima
“¡Arráncame ya este dolor!”
Y sólo me mostró su costado,
diciendo “Ven aquí, a mi lado,
donde solo se oye mi voz,
donde se injerta la vida”.
Varado mi ser en Su ancla
fueron dos noches y un día.
Y entonces, ¡oh maravilla!,
la afilada, insoportable espina
trocó en perla de nácar.
