Por teología y temperamento, el ahora centenario J. I. Packer (1926-2020) podría ser considerado “el último puritano”, si no correspondiera ese título anteriormente a su admirado Doctor, Martyn Lloyd-Jones (1899-1981). Aunque él era –jugando con el título de una de las obras de su más reciente biógrafo, Leland Ryken– un “santo mundano, un puritano como eran en realidad”. Toda su vida se enfrentó a un concepto equivocado de santidad, que no tiene en cuenta la realidad del pecado en la vida del creyente. Ya sólo por eso, merece la pena leer sus libros.
Packer hizo su tesis doctoral sobre un puritano que no es considerado el más ortodoxo de todos ellos, Richard Baxter (1615-1691). Ya que para él, el puritanismo no era como creíamos muchos, un movimiento uniforme. Puritanos hay muchos. Los que a él le interesaban era algunos en particular, sobre todo John Owen (1616-1683). Fue algunas de sus obras, las que le sacaron de la depresión espiritual en la que se encontraba tras su conversión en la universidad de Oxford, por la popular enseñanza evangélica que había difundido la conferencia de Keswick sobre la santificación.
La idea que dominaba el grupo de estudiantes cristianos y la iglesia en la que se convirtió es que había dos tipos de cristianos: carnales y espirituales. Al negarse a uno mismo, consagrarse y tener fe, serías lleno del Espíritu y acabarías con el pecado en tu vida. Les suena, ¿verdad? Eso le enseñaron a Packer cuando llegó a la fe. Parece bíblico, pero no corresponde a la realidad, descubrió él, como muchos de nosotros.
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[photo_footer]Puritanos hay muchos, el que le interesaba a Packer en particular, era John Owen (1616-1683).[/photo_footer]
Libros olvidados
Un antiguo estudiante de Oxford con el imponente nombre de C. Owen Pickard-Cambridge, había sido pastor anglicano y vicepresidente de la escuela bíblica en Bristol, que luego se convirtió en Tyndale´s Hall –donde Packer enseñó y hasta presidió un corto periodo de tiempo–. Entonces se llamaba Bible Churchmen´s Missionary Training College en Bristol. Pues bien, este hombre ya octogenario, no podía ver bien. Así que decidió prescindir de su biblioteca. No se le ocurrió mejor idea que darsela al grupo de estudiantes cristianos de Oxford.
El grupo tenía entonces bibliotecarios que no eran estudiantes. En Oxford era un pastor anglicano de la la iglesia de St. Clement´s. Al ver la pasión por la lectura que tenía el joven Packer con sólo 19 años, recien convertido, le hizo su ayudante. Una iglesia metodista que hay en el centro de Oxford, North Gate Hall, cedió su sótano para apilar las cajas de los libros que había donado Pickard-Cambridge. La curiosidad enfermiza de Packer le hizo empezar a desenpolvar aquellos antiguos volumenes que había en las cajas.
La literatura puritana estaba prácticamente olvidada entonces. Hasta que no hay un avivamiento del interés por los puritanos con la Fundación del Estandarte de la Verdad en 1957 y las Conferencias Puritanas en la Capilla de Westminster en Londres, eran libros muy difíciles de encontrar. Lo que pasa es que Packer no empezó a leer cualquier libro de algún puritano, sino el sexto volumen de las obras completas de Owen –reeditadas en el siglo XIX en veinticuatro tomos–, que incluía dos tratados que cambiarían su vida: “Sobre el pecado que mora en el creyente” y “La mortificación del pecado”.
El libro estaba sin abrir, porque ni siquiera se habían cortado las hojas, al haber dejado cerrados sus pliegos en la imprenta, sin haber dado uniformidad a las páginas. Estos libros llamados intonsos se dejaron de vender a mediados del siglo XX, pero algunos los hemos conocido todavía de segunda mano. Sin aquellos textos de Owen, Packer dice que “hubiera perdido la cabeza o caído en el fanatismo místico”. Por la Providencia de Dios descubrió en esos textos que la Biblia no nos enseña a esconder el pecado, sino a reconocerlo.
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[photo_footer]Packer hizo su tesis doctoral sobre un puritano que no es considerado muy ortodoxo, Richard Baxter (1615-1691).[/photo_footer]
En busca de la santidad
El principal libro de Packer sobre los puritanos se llama en inglés “En busca de la piedad o santidad” (A Quest For Godliness 1990), pero con el habitual despiste que dan los diferentes títulos con los que se traducen sus obras al castellano –siendo a menudo el mismo libro–, se conoce aquí con el título de “En pos de los puritanos y su piedad” (Faro de Gracia, 2021), no sé si para acabar de desalentar a cualquiera que tuviera todavía prejuicios sobre los puritanos.
Los primeros ensayos de Packer sobre los puritanos aparecen ya en los años 52 y 53, que corresponden a su último año en el seminario y el primero en el ministerio de una iglesia. Hablan de la justificación por la fe, la santificación y la pastoral de Baxter. Cuando comienza las conferencias con Lloyd-Jones en Londres, habla de 1951 a 1969, cada año de un tema diferente en relación con distintos puritanos, además de Lutero y Calvino. Al comenzar a leerlos siendo tan joven en la fe, se puede decir que los puritanos conformaron su fe, más que la transformaran.
En el prólogo a su mayor libro sobre los puritanos habla de la “deuda consciente” que tiene con ellos por lo que ha aprendido sobre la necesidad de ser realistas en la vida cristiana. Eso significa para él, reconocer el pecado que hay en nosotros y enfrentarse a él, pero también “la soberanía y particularidad del amor redentor de Cristo”. Se refiere con lo segundo al tratado de Owen, “La muerte de la muerte en la muerte de Cristo”, que está en el octavo capítulo de su libro, lo que era originalmente la introducción que publicó tantos años antes.
Tras la ruptura entre los evangélicos que estaban en las llamadas “iglesias libres” con los que permanecían en la Iglesia Anglicana en 1967 –en torno al enfrentamiento entre Stott y Lloyd-Jones–, el interés por los puritanos crece más en la órbita “no-conformista” del Doctor, que entre los evangélicos anglicanos. Lo que hace sentirse a Packer cada vez más ajeno de su propio ámbito eclesial, ya que los jovenes anglicanos están más interesados en el orden episcopal y la liturgia, que en la salvación y santidad sobre la que hablan los puritanos, que es lo que interesa a Packer. Ya que mucho de lo que llamamos “puritano” tiene poco que ver con la santificación en la Biblia, que Packer descubre por algunos de ellos.
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[photo_footer]El puritanismo original de Inglaterra es diferente a lo que luego se llama así en Estados Unidos.[/photo_footer]
Santos mundanos
Aunque su biógrafo Leland Ryken escribe un libro con este título, para mostrar “lo que los púritanos realmente fueron” en relación con su especialidad, la literatura. A Packer lo que le interesa es la experiencia que encuentra en ellos. Es cierto como dice Ryken, que sólo les conocemos por sus escritos, pero Packer lo que busca es lo que ellos llaman “los usos” en sus sermones. Es por eso que hay que considerar la diferencia que hay entre el puritanismo original y lo que luego se llama así en Estados Unidos, así como la diferente espiritualidad que produce el pietismo en el continente, respecto al puritanismo del que estamos hablando.
Muchos de los que ahora se denominan “neo-puritanos” tienen una visión pietista del mundo, que les aleja de todo interés cultural, que no sea la transformación social y política por la imposición de un orden “cristiano”. Nada de esto tiene que ver con el puritanismo original que representa Packer. Hay en él una “mundanalidad” que escandalizaría a muchos de los que le nombran embelesados.
Para empezar, Packer prefería seguir tocando el clarinete en su grupo de jazz de Oxford, que ir a las reuniones que habia entre semana del grupo de estudiantes cristianos. Es cierto que por un tiempo, le convencieron que tenía que vender los discos y su instrumento, para renunciar a esa “influencia diabólica” en su vida –la expresión es suya, no mía–, como recuerda en una columna de Christianity Today de 1986 sobre la sabíduría de Hans Rookmaaker –el profesor de arte de la Universidad Libre de Amsterdam, aficionado al jazz, que tanto influyó en Francis Schaeffer–.
Packer descubrió el jazz escuchando la radio a los 13 años. Y desde que conoce a Jelly Roll Morton, sólo dejó de oír jazz en el momento de su conversión. Amaba también la música clásica. Dice que tardó en entrar en Beethoven, pero siguió con Mozart, Bach, Schubert, Brahms y Bruckner. Iba a la Ópera Metropolitana de Nueva York para ver el “Tannhauser” de Wagner, dice en uno de sus libros, ¡poco que ver con todos esos predicadores que sólo escuchan “música de alabanza”!, ¿no?
Desde sus primeros libros, “Conociendo a Dios” y las “Palabras de Dios”, cita constantemente el “Hamlet” de Shakesperare, pero también “Alicia en el País de las Maravillas” de Lewis Carroll o expresiones de T. S. Eliot o C. S. Lewis. Escribió el prólogo a un libro sobre el autor de su novela favorita, “Los hermanos Karamazov” –El Evangelio según Dostoievski–. Era también un gran amante de las historias de detectives desde que descubrió de niño con su abuela a Agatha Christie en el hotel de la ciudad de la localidad costera de Torquay –donde nació la escritora de misterio–, unos días de lluvia con bronquitis.
Siguió con todo Sherlock Holmes. Leyó luego todas las historias del Padre Brown de Chesterton y de Lord Peter Wimsey de Dorothy Sayers –los dos autores, cristianos, uno católico y otra anglicana–, pero también libros de “novela negra” de Hammett y Chandler, o la propia Ruth Rendell. No se quedó en los relatos clásicos de John Dickson Carr –también conocido como Carter Dickson–, Ellery Queen, Stanley Gardner o Rex Stout. Leía muchas novelas de crímenes de escritoras actuales americanas como Martha Grimes, Carolyn Gold Heilbrun –la académica feminista conocida por el seudónimo de Amanda Cross–, Antonia Fraser –la historiadora, viuda del Nobel Harold Pinter–, o Simon Brett –el creador de “La guía del autoestopista galáctico”–. La lista es interminable, pero nos la da él mismo. No es extraño en alguien que pensó tanto sobre el pecado. Lo raro es que tantos cristianos sólo puedan apreciar historias moralistas de valores familiares.
Cristianismo bíblico
Packer tuvo contacto con la Biblia desde que era niño, pero su influencia era más cultural que espiritual, al crecer en una sociedad todavía influenciada por el papel que la Escritura adquirió en la Reforma. Al acabar la escuela secundaria lee “Mero cristianismo” de Lewis, cuando se acaba de publicar. Lo que le llevar a buscar la Biblia de su abuela en la versión tradiciónal en lengua inglesa del Rey Jaime o Jacobo. Al jugar al ajedrez con un amigo, hijo de un pastor unitario, investiga la deidad de Jesús en el Nuevo Testamento, dandose cuenta que la Biblia es clara en ese sentido.
Estando en la universidad se convence que la Biblia es la Palabra de Dios, no por la persuasión del predicador que habían invitado los estudiantes cristianos, que era “un anciano excéntrico” sin habilidad de oratoria, sino por el poder de la Palabra misma. Experimentó él mismo, lo que dice Calvino en el primer libro de la “Institución”, que la Biblia se demuestra a sí misma. No depende de nuestras pruebas o argumentos, dice Packer. En ella encuentra el Evangelio, “la verdad de que por Gracia, Dios salva pecadores por la obra expiatoria de Cristo”, o dicho en tres palabras, como él lo resume en su extraordinaria capacidad de sintesis: “Dios salva pecadores”.
Packer nunca aceptó la idea anglo-católica y católico-romana de que la tradición de la Iglesia tiene la misma autoridad que la Biblia. Se enfrenta de hecho al conservadurismo en general. Su contribución a la crítica de Michael Horton a la “Religion de poder” (Moody 1992) que parecen haber abrazado ahora muchos evangélicos, es un ensayo sobre “El consuelo del conservadurismo”. Su contenido no puede ser más actual. Muestra la diferencia entre el primer fundamentalismo de la escuela de Princeton y los “Fundamentos” de principios del siglo XX con el nuevo fundamentalismo de la Mayoría Moral de los 80.
Su conocimiento de las lenguas bíblicas era excepcional, sobre todo del griego. Lo que pasa es que nunca hacía exhibición de ello. No le gustaba mostrar su erudición en sermones o conferencias para un público general. Como editor general de la nueva traducción de la English Standard Versión se reune bastantes veces en Inglaterra con un comité de especialistas desde 1998 para revisar la Revised Standard Version de 1952. Uno de los miembros, Vern Poythress –profesor del Nuevo Testamento en el Seminario de Wesminster–, recuerda cómo discutían con sus diccionarios, cuando Packer sin ningún libro delante, mostraba todos los sentidos que tenía cualquier palabra en griego. En las redacción del documento sobre la inerrancia en 1982, Poythress comenta cómo cuando no encontraban la expresión adecuada, Packer encontraba siempre la palabra correcta.
Su habilidad con el lenguaje era extraordinaria. Aunque Wayne Grudem recuerda que aún mayor era su humildad. En una ocasión del trabajo en el comité de la ESV, Packer hizo un apasionado llamamiento por traducir un versículo muy importante del Nuevo Testamento de una determinada manera. Como se suele hacer en todos lo comités de traducción, el resultado se sometió a votación. Todos estaban en contra de su propuesta. Hubo unos segundos de silencio con todos los ojos puestos en él, pero luego siguió adelante como si no hubiera pasado nada. La Gracia del Dios de la Biblia le había dado tal generosidad que era incapaz de mantener rencor con nadie, como demostró en sus enfrentamientos con Stott o Sproul. No lo tomaba en cuenta.
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[photo_footer]Packer dirigió el comité de traducción bíblica de la English Standard Version en Inglaterra desde 1998.[/photo_footer]
Lo que nos enseña la historia
Al ampliar esta serie de artículos, que empecé a publicar a raíz de su muerte en Entrelíneas y Protestante Digital, para que aparezcan en forma de libro, este año que celebramos su centenario, me doy cuenta hasta qué punto su teología tiene una perspectiva histórica. Es así como debemos leer también su obra. He intentado seguir su vida, mostrando sus paradojas, pero también su callado servicio y falta de ambición personal, que le distingue de tantos de los que nos rodean en esta cultura donde el éxito y el reconocimiento parece que lo es todo, incluso en el ministerio cristiano. Para acercarme a él, he buscado combinar el relato de su vida con los temas que le interesaron, intentando encuadrar su biografía en el ambiente histórico del movimiento evangélico en Gran Bretaña y Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo pasado.
La Historia no es para mí, un ejercicio anticuario, sino una forma de entender el presente y aprender del pasado, para mirar al futuro con otros ojos. Para volver a las palabras de “Hamlet” (acto 5, escena 2) –la obra de Shakesperare con la que comienza su libro más popular, “Conociendo a Dios” –, creo que “hay una divinidad que labra nuestro fines” y “da forma a nuestros destinos”. Es con ese sentido de la Providencia, que creo que las adversidades de Packer, como la lesión en la cabeza que cambió su vida a los siete años, no fue un mero accidente, sino como decía él, “un aspecto de la vida” misma.
La vida de fe es para él, una carrera a seguir, una lucha a combatir, una batalla a librar. No es la quietud pasiva, ni la experiencia victoriosa del que se cree libre del poder del pecado. Lo hacemos por la fuerza que Dios nos da, la unión con su Hijo y el gozo del Espíritu Santo, pero cuando nos parece que no avanzamos, nos desconectamos o desviamos, no debemos desanimarnos. Debemos “ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en nosotros, tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). Lo demás, como diría Packer, está en el misterio de la Providencia, que no tiene su respuesta a este lado de la eternidad.
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