Packer en América (9)

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Packer en América (9)
Packer en América (9)

En 2008 el teólogo que hoy recordamos su centenario, J. I. Packer (1926-2020) hizo una inusual columna autobiográfica en la revista que dirigió durante tantos años, Christianity Today, fundada por Billy Graham en 1956. Fue él, a quien no le gustaba nada hablar de sí mismo, el que nos reveló que su vida giraba en torno a “una serie de sorpresas en las que veía la Mano de un Dios con mucha misericordia”.

De ellas hablaremos en los siguientes artículos. La primera era que “nada estaba más lejos” de su mente, que “dejar Inglaterra, a pesar de algunas incomodidades que tuvo allí”. Para alguien que cuidaba tanto las palabras como Packer, la expresión no puede ser más significativa. ¿Cuáles fueron esas molestias o dificultades (awkwardenesses) que tenía allí?

Packer se dedicaba a la enseñanza desde que en 1948 empezara a dar clase en la Facultad Teológica de Oak Hill en Londres. El grave accidente que tuvo a los siete años cuando fue atropellado por una camioneta de distribuir pan, al escapar del acoso de uno de sus compañeros de colegio en Gloucester, le dejó algunas secuelas. No sólo en el habla, sino también en el carácter. Se volvió “tímido y retraído, falto de confianza en sí mismo”, según decía él mismo. No se veía llamado para el ministerio en una iglesia, al verse “una persona extraña, algo solitaria y, por lo tanto, pensaba y sentía, que muy limitada para las relaciones humanas”.

Alguien que tiene esa humildad y honestidad consigo mismo, no puede ser más que una persona excepcional. Como todos los grandes hombres de Dios que he conocido, se consideraba el más pequeño de todos ellos. Ahí está su grandeza. Como observa Leland Ryken en su reciente biografía sobre Packer (An Evangelical Life), “a los introvertidos no les gusta ser introvertidos”. Y para compensarlo, “actúan incluso como extrovertidos en encuentros sociales”.

Así era incluso mi añorado maestro John Stott (1921-2011), tal y como lo recuerdo en el Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo a principios de los años 80, pero cuando Packer llegó a la fe en la Universidad de Oxford en 1944, cultivó “el habito de la comunión”. Es lo que se pierden todos aquellos que prefieren intentar vivir algo tan imposible como un cristianismo sin iglesia. Crecen asilvestrados, como tantos paladines de la “sana doctrina” que hay ahora en Internet, que no se representan más que a sí mismos, fanáticos e intolerantes que no soportan siquiera sentarse al lado de otros en una iglesia.

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[photo_footer]Nadie se imaginaba que Packer se iba a ir a América y a un centro de las Asambleas de Hermanos, como era Regent.[/photo_footer]

Hombre de iglesia

Packer era un hombre de iglesia, pero le importaban poco las denominaciones. Aunque fue anglicano la mayor parte de su vida, asistía de estudiante a una Asamblea de Hermanos, el ámbito donde nace el centro del Canadá, Regent College en Vancouver, donde se establece hasta su muerte. Como doctorado en teología, podía haber enseñado en cualquier universidad y publicado grandes obras académicas, pero prefirió servir a la Iglesia en general de la forma más sencilla y clara posible con libros populares, predicando y dando conferencias prácticamente en cualquier sitio que le invitaran, pequeño o grande.

Packer dedicó la mayor parte de su enseñanza en Inglaterra a un centro en Bristol llamado Trinity College. Él era la mayor atracción con Alec Motyer (1924-2016), para aquellos estudiantes que querían saber de teología a principios de los años 70. Antes iban a Wycliffe Hall en Oxford o Ridley Hall en Cambridge, pero ahora preferían ir a Trinity. Tenía una posición allí especialmente pensada para él. Era el director asociado, pero no tenía obligaciones administrativas. Podía enseñar cursos en otoño y primavera, pero tenía el invierno libre para dar clase en Estados Unidos hasta diez semanas.

Era famoso por su libro “Conociendo a Dios” (1973), pero también escribió entonces otro libro que tradujo Clie en Tarrasa en 1983 con el título original de “(Dios, yo) Quiero ser cristiano”, pero que ahora se conoce en inglés como “Creciendo en Cristo”. Y tenía una valiosa secuela al primero llamado “Conociendo al ser humano”, que hasta donde yo sé, no ha sido traducido todavía. Eran obras populares de introducción al cristianismo, pero enseñaba la historia y pensamiento de cualquier teólogo antiguo o contemporáneo. Hay una divertida anécdota que cuenta alguien que fue obispo anglicano, Wallace Benn:

El curso de 1971-72 se organizó un debate en Bristol en el que participaron todas las instituciones religiosas, la Facultad de Trinity y la Bautista, pero también las más liberales como la que había en la Universidad de Bristol y la Facultad Metodista. Invitaron a Packer a hablar de la autoridad de la Biblia. Al acabar, un catedrático de la Universidad de Bristol se levantó para decirle de forma muy agresiva que no tenía idea de lo que era la teología desde Friedrich Schleiermacher (1768-1834). Su interlocutor tenía un libro del autor alemán en la mano. Packer le contestó explicando primero al público quién era Schleiermacher en una breve introducción magistral. Luego pasó a citar esa obra con referencia a las páginas específicas del libro que tenía el profesor en la mano y desarrollar la tesis de ocho razones por las que Schleiermacher estaba equivocado. El catedrático se calló, pero los estudiantes de Packer, dice Benn, hubieran sacado en su entusiasmo a su maestro a hombros de la sala. Tenía una mente privilegiada.

#A3c#[photo_footer]Como dice Sam Storms en reciente libro sobre Packer, la Cruz es para él, el punto central de referencia de la vida cristiana.[/photo_footer]

Algunas dificultades

Ryken menciona cuatro acontecimientos que pudieron producir esa incomodidad en Packer, cuando estaba en Inglaterra. El primero es como vimos, el alejamiento que empieza a tener en su propio medio de la doctrina de la Cruz como sustitución penal. Para él, “el punto central de referencia de la vida cristiana”, como dice Sam Storms en su valioso libro (Packer on The Christian Life). La visión que él expone en la conferencia de Tyndale en 1973 es tan esencial para él, como para Stott. Es la identidad misma del cristianismo evangélico. Es la razón por la que Stott dividió el grupo cristiano de estudiantes que había en la Universidad de Cambridge, para formar una fraternidad que fuera realmente evangélica. Cuando esto se empieza a relativizar, se pierde de vista ya el corazón del Evangelio.

Otra cuestión muy controvertida fue su participación con Michael Green (1930-2019) en una comisión de la Iglesia de Inglaterra sobre la doctrina cristiana. El comité estaba dirigido por el catedrático de Oxford, Maurice Wiles, que acababa de publicar un ataque a la fe tradicional en 1974 con el título “Rehaciendo la doctrina cristiana”. El año 77 habían aparecido otros dos libros tremendamente críticos de la postura ortodoxa de la Iglesia, “Fundamentalismo” de James Barr y la colección de ensayos editada por John Hick con el nombre de “El mito del Dios encarnado”. Los únicos dos evangélicos que había en el grupo eran Packer y Green, entonces pastor de la iglesia de St, Aldate´s en Oxford y parte del movimiento carismático.

El “informe colectivo” de las reuniones de la comisión que publicó SPCK, la Sociedad para Promover el Conocimiento Cristiano, tenía una tesis tan poco coherente con el nombre de la editorial, que describía el cristianismo como “una aventura, un viaje de descubrimiento, una travesía que se sostiene en la fe y la esperanza, hacía la comunión completa y final con el Amor, que está en el centro de todas las cosas”. Obvia decir que las criticas que recibió Packer por participar en tal iniciativa fueron enormes. Sobre todo, le dolió un artículo de su amigo y colega John Wenham, diciendo que no había defendido y expresado claramente los distintivos evangélicos.

La respuesta de Packer está en un libro publicado en 1978, o sea un año antes de ir a Canadá, por la Casa Latimer. Se titula “El problema de la identidad evangélica anglicana: Un análisis”. Defiende la necesidad de una voz evangélica como la que él representaba en una comisión así. Ve el texto como “una guía amable a un sonido confuso”, al dar “información sobre lo que unos creen y otros no, así como por qué”. Su participación en comités como este, le trajo muchos problemas, como será luego su participación en la declaración de Católicos y Evangélicos Juntos.

Como Stott, él está abierto al diálogo, aunque eso sea considerado una traición para algunos de sus amigos. Sea lo que sea, lo que pensemos sobre ello, lo que está claro es que no le interesaba mantener su posición en el mundo evangélico, a costa de no opinar sobre nada, No buscaba la popularidad que viene de no decir lo que piensas. Era alguien valiente, tanto si defendía el Infierno frente a Stott, como si apoyaba la relación con los católicos. Eso le dio una reputación de ser hombre honesto que estaba dispuesto a decir “la verdad en amor”.

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[photo_footer]Chapman dice en su reciente biografía de Stott que no es cierto que Packer se marchara a Canadá para dejar sitio a Stott, ya que él también decide pasar la mayor parte del tiempo fuera de su país.[/photo_footer]

El sueño americano

La fascinación que produce al mundo evangélico, América en la actualidad, es fácilmente comprensible. En primer lugar, como dice Ryken, porque “hay que decir lo obvio: el número de evangélicos en Estados Unidos no tiene comparación con Inglaterra”. Su “enanez” es evidente. Hasta el día de hoy, ser evangélico en Gran Bretaña no pasa de ser una curiosidad, cada vez más relacionada con movimientos sectarios que se caracterizan por el extremismo fanático de gente sin cabeza, culpable además de prácticas abusivas y un culto manipulador que es todo un insulto a la inteligencia. Eso es así también en Estados Unidos, pero hay tantos que lo son en todas las esferas de la vida, que lo último que se puede decir hoy de los evangélicos americanos, es que son una religión marginal.

El congreso evangélico anglicano de Nottingham en 1977 muestra Alister Chapman en su biografía de Stott (Godly Ambition: John Stot and the Evangelical Movement) fue una decepción tanto para Stott, como para Packer. Es habitual oír que fue Stott el que hizo que Packer se fuera a América, pero este libro demuestra que no es así, exactamente. La unidad que surgió en la conferencia de Keele en 1967 ya había desaparecido. Dice Chapman que “el intento de unir a los evangélicos anglicanos en torno a un programa teológico conservador para cambiar la Iglesia había fracasado”, para Stott también.

Cuando el presidente de la Sociedad Ecléctica evangélica anglicana le pide a Stott en 1975 que pase más tiempo en Inglaterra, él dice que su ministerio está en lo que entonces llamaban Tercer Mundo, ahora el Mundo de los Dos Tercios. Chapman dice que Stott veía ya Inglaterra como un “lugar comparativamente inhóspito” para sus esfuerzos. Stott deja la presidencia de la organización de Keele y Nottingham, el Consejo Evangélico de la Iglesia de Inglaterra en 1984, pero lo solicita ya en 1971. En su lugar entra una mujer, miembro del Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra, Jill Dann.

Chapman concluye su libro diciendo que “como Jim Packer, Sott se entregó a la política anglicana, pero acabó cansado de ella”. A partir de entonces, ambos van a pasar más tiempo fuera de las costas británicas que dentro. Cuando Stott me daba clase a principios de los 80 en el Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo, iba todavía medio año al extranjero. Y comienza el Instituto precisamente porque le habían reducido el tiempo de viajes, por su edad y salud. Ambos se habían convertido en “profetas sin honra en su tierra”. Son hombres como David Watson (1933-1984) en el movimiento carismático, los que toman el lugar de Stott y Packer en Inglaterra, como bien recuerdo. Es el momento de la “iglesia en casas” y el “evangelismo de señales y prodigios”.

Estados Unidos estaba lleno de oportunidades para Packer. Daba cinco cursos de teología histórica y sistemática en Regent College, pero tenía el resto del tiempo para enseñar en otros seminarios y facultades de Estados Unidos. Dio cursos en el Reformado de Jackson (Mississippi), el New College de Berkeley (California), Westminster de Filadelfia y Escondido (California), Gordon-Conwell en Wenham (Massachusetts) y Trinity en Deerfield (Illinois). En un año cualquiera, pongamos 1995, llegaba a publicar hasta cuatro libros y editaba otros siete. Hacía artículos para otros cuantos y prólogos para muchos.

Según su colega, Loren Wilkinson, que enseñó con él casi todo su tiempo en Regent, era “una de esas personas que es capaz de hacer mucho, principalmente por levantarse cada mañana a las cuatro o cinco de la madrugada”. Algunos nos creemos todavía que hacemos mucho, pero comparados con Packer, somos auténticos “enanos”, como él se sentía frente a los “grandes puritanos”. Alguno diría que es porque no conoció la era del teléfono móvil o celular, ni usó nunca Internet. Es cierto que siempre escribió a máquina, pero no en ordenador o computadora. Pensamos que era un hombre de otra época, pero lo que está claro es que supo aprovechar el tiempo.

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[photo_footer]Packer daba cinco cursos de teología histórica y sistemática en Regent College, pero tenía el resto del tiempo para enseñar en otros seminarios y facultades de Estados Unidos.[/photo_footer]

Un caballero inglés

Para los americanos siempre fue “un caballero inglés”, un auténtico “gentleman”. Muchos iban a sus conferencias en Estados Unidos, como a las de Stott, sólo para oír su acento. Daba igual lo que dijera. Hablaba como un locutor de la BBC, o como uno de esos actores británicos que hacen películas históricas o fantásticas en Hollywood. Era de “otro mundo”. Un joven profesor inglés afincado desde hace años en América, Carl Trueman, le describe como “el clásico ejemplo de modesto caballero cristiano”, una especie ya inexistente incluso en Gran Bretaña.

Su humildad le hace como a Stott, totalmente carente de sentido de autopromoción, todo lo contrario, a la mayor parte de las celebridades evangélicas estadounidenses. Rara vez hablaba de sí mismo, pero ¿cómo se describía respecto al cristianismo americano? En un texto sobre la “inerrancia”, dice: “Más que identificarme como fundamentalista, yo me veo como un puritano”. En otro sobre la interpretación del Canon, escribe: “Mi propósito (como teólogo cristiano) no se expresa correctamente por decir que mantengo un conservadurismo evangélico generalmente reformado, o específicamente anglicano, neo-puritano o de un pietismo interdenominacional”. Él se ve a sí mismo como “primero y sobre todo, un exegeta teológico”.

Su teología es evangélica en el sentido bíblico del término. Como dice Trueman, “sus escritos están entre las más claras y lúcidas declaraciones de ortodoxia que uno pueda encontrar, carentes tanto de la pomposidad como de la piedad anticuaria que caracteriza a otros autores del avivamiento neo-puritano”. En ese sentido conectaba con lo que Ryken llama “los puritanos, como realmente eran”. Su teología es auténticamente devocional. Resiste la falsa satisfacción que da un sentimiento egocéntrico. La autonegación es para él, “condición necesaria para el discipulado”.

El narcisismo que ahora domina Estados Unidos es para él, una señal de “la falta de voluntad para verse a uno mismo como alguien que existe para el placer del Creador, en vez de para establecerse como el centro de todo”. Como Packer solía decir, “el propósito de la vida cristiana es la gloria de Dios, no la nuestra, ya que Él no existe para nosotros, sino nosotros para Él”.

 

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