Cien años de la amistad entre Tolkien y Lewis

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Cien años de la amistad entre Tolkien y Lewis
Cien años de la amistad entre Tolkien y Lewis

Este año es el centenario de la llegada de C. S. Lewis (1898-1963) a Oxford como profesor de literatura inglesa en el Magdalen College, donde se convierte al cristianismo por medio de J. R. R. Tolkien (1892-1973). Su amistad con el autor de “El Señor de los Anillos” fue decisiva para su fe y literatura. Ambos han pasado en 1926 por el el trauma de la Primera Guerra Mundial, comparten la misma fascinación por la mitología nórdica o los “cuentos de hadas”, así como una visión conservadora de la vida y el cristianismo.

Los dos se distanciaron a partir de la fascinación de Lewis por Charles Williams (1886-1945). Su ruptura es a causa del matrimonio de Lewis con una divorciada.

La verdad es que Tolkien envidiaba la facilidad de palabra y escritura de Lewis, pero despreciaba su literatura y le parecía superficial, su defensa del cristianismo. Le molestó que no se convirtiera al catolicismo-romano, aunque el anglicanismo de Lewis estaba realmente más cerca del catolicismo que del movimiento evangélico.

La fe de C. S. Lewis

Lewis sigue siendo reivindicado por diferentes sectores del cristianismo ortodoxo como el mayor defensor de la fe cristiana. Este escritor del Ulster era un ateo convencido cuando llegó a la Universidad de Oxford, pero se convirtió por medio del católico J. R. R. Tolkien en un ferviente creyente, aunque nunca dejó de ser anglicano.

Hoy muchos le consideran como el paradigma del cristianismo evangélico. Para otros, sin embargo, es el principal pensador con el que cuentan muchos movimientos católicos conservadores. Pero ¿cuál era realmente su teología?

Antes de nada, tenemos que darnos cuenta de que Lewis no era teólogo, ni tenía educación teológica. Por lo que no es fácil ver en su obra una teología sistemática. Sin embargo, algunas de las críticas que ha recibido, tanto del campo liberal como del fundamentalismo evangélico, ignoran a menudo este hecho.

En su prefacio a su “Mero cristianismo”, dice que su intención es concentrarse en las doctrinas básicas de la fe cristiana, independientemente de las diferencias entre una y otra iglesia:

“Los asuntos que dividen a los cristianos a menudo tienen que ver con puntos de teología avanzada o aún de historia eclesiástica, cosas que nunca deberían ser tratadas sino por verdaderos expertos. Tales aguas son demasiado profundas para mí; en ellas tengo más necesidad de ser ayudado, que capacidad para prestar ayuda.”

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[photo_footer] Lewis era un ateo convencido cuando llegó a la Universidad de Oxford. [/photo_footer] 

La nostalgia de la orfandad

Las iniciales J. R. R. Tolkien responden al nombre con que fue bautizado como John Ronald Reuel en la catedral anglicana de Bloemfoentein, Sudáfrica, donde su padre dirigía un banco.

Su salud enfermiza y la constante frustración de su madre hizo que regresaran a Inglaterra, dejando a su padre en África, donde murió repentinamente cuando Tolkien acababa de cumplir cuatro años.

Su madre se convierte por lo tanto en la principal influencia de su vida. Con ella pasó sus mejores años, viviendo en el campo, jugando en el bosque y leyendo historias fantásticas de dragones, que fueron la gran inspiración que dio lugar a su obra. Tolkien comparte así con C. S. Lewis, una constante nostalgia de la infancia, que les hace sentirse siempre huérfanos espiritualmente.

La mayor herencia de su madre va a ser, sin embargo, su fe católica. Cuando ella se convierte a la Iglesia de Roma, toda su familia le rechaza. Su padre era un estricto metodista, que se hizo unitario al final de su vida, y rechazó a partir de ese momento todo contacto con ella.

Su cuñado era uno de los pilares de la iglesia anglicana en Birmingham. Era él quien la había apoyado económicamente desde que vinieron a Inglaterra, pero ahora le retiró toda ayuda, dejándola en brazos de la caridad católica.

No es extraño que Tolkien aborreciera por eso el protestantismo, que consideró siempre su enemigo. Tanto más cuando la diabetes de su madre empeoró hasta provocar su muerte a los 34 años. Tolkien la vio siempre como una mártir, que dio su vida por su fe.

El catolicismo-romano de Tolkien no es por lo tanto un catolicismo cualquiera. Se trata de la fe del converso. La prueba es que Tolkien encontró su hogar espiritual –como tantos otros escritores de la época Chesterton, Greene, o Waugh– en los oratorios fundados por Newman, tras su paso de ministro anglicano a cardenal de Roma.

El tutor de Tolkien fue un cura del oratorio de Birmingham, que ayudó a su madre cuando estaban sin ningún apoyo, el padre Francisco Javier Morgan. Por medio de él pudo acceder a la educación superior, aprendió muchas lenguas y “se enamoró del Bendito Sacramento”.

Su fe era algo tan sagrado, que en cierta forma estuvo siempre más allá que todas sus fantasías. Este es uno de los misterios de Tolkien: cómo un católico tan proselitista como él, se pudo resistir a la tentación de hacer de su obra una alegoría más clara de su fe.

Esta fue, sin duda, una de sus grandes diferencias con Lewis, que sacrificó en cierto sentido su reputación literaria, para dedicar toda su vida a hacer una auténtica apología del cristianismo, en un medio académico en que ya todos lo ridiculizaban.

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[photo_footer]Ambos pasaron por el el trauma de la Primera Guerra Mundial y comparten la misma fascinación por la mitología nórdica y los cuentos de hadas, así como una visión conservadora de la vida y el cristianismo. [/photo_footer] 

Amistad y conversión

Tolkien y Lewis se conocieron enseñando filología en Oxford. Los dos compartieron los años más creativos de su vida. Juntos formaron un grupo literario llamado los Inklings, que se reunía en las habitaciones que Lewis tenía en la universidad y un pub de Oxford, que tiene todavía sus fotos y una placa que recuerda sus reuniones.

Allí leyó Tolkien por primera vez “El Señor de los Anillos”, y Lewis habló de Narnia y las “Cartas de un diablo a su sobrino”. Esto es así hasta la segunda guerra mundial, cuando empiezan a reunirse menos frecuentemente, al empezar Tolkien y Lewis a distanciarse.

Su relación se enfría en los años 50, aunque los Inklings continúan hasta poco antes de la muerte de Lewis en 1963. ¿Qué es lo que ocurrió entre ellos?

A nadie se abrió tanto Tolkien en su vida como a Lewis, aceptando muchas de sus sugerencias, al ser por ejemplo el primero que leyó “El hobbit”. Los sentimientos de Tolkien por Lewis fueron tan intensos que no pudo soportar la intrusión de una tercera persona en su amistad: un escritor llamado Charles Williams, que deslumbró a Lewis en cuanto llegó a Oxford.

Era mayor que ellos, y había escrito ya veintisiete libros. Trabajaba en la editorial de la universidad desde que había tenido que dejar sus estudios por los problemas económicos de su padre. Lewis no sólo le introdujo en sus reuniones con Tolkien, sino que luchó hasta conseguir que fuera profesor en la universidad, aunque no tuviera más que un título honorario.

Esto despertó los celos de Tolkien, que se vio inmediatamente desplazado de la atención de Lewis, que empezó a tener cada vez más éxito comercial con sus publicaciones, mientras que Tolkien era todavía un desconocido.

Lewis se había criado en el ambiente protestante de Irlanda del Norte, pero se consideraba un agnóstico cuando conoció a Tolkien en los años 20. Para él, el cristianismo era un mito como cualquier otro, por eso le sorprendió encontrar a alguien inteligente como Tolkien, tan comprometido con su fe católica.

Su amistad le dio otra visión de Dios, que le llevó a raíz de una famosa conversación el año 31 a pensar en la posibilidad de que “el mito de Cristo” fuera verdad.

Su conversión llevó a Tolkien a esperar que Lewis se hiciera católico como él, pero lo que ocurrió es que en realidad volvió a sus raíces anglicanas. Es más, se convirtió en todo un apologista de una fe en la que Tolkien pensaba que no había madurado suficiente, cuando empezó a escribir sobre su conversión en “El regreso del peregrino: una apología alegórica del cristianismo” (1933).

Lewis le dedica, sin embargo, a Tolkien sus “Cartas de un diablo”, aunque en realidad no apreciaba casi ninguno de sus libros. La verdad es que le parecían demasiado precipitados y superficiales, ya que él trabajaba muy lentamente toda su obra.

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[photo_footer]  Lewis se había criado en el ambiente protestante de Irlanda del Norte, pero se consideraba un agnóstico cuando conoció a Tolkien en los años 20. [/photo_footer] 


Sus diferencias

Las historias de Tolkien nacen generalmente como cuentos infantiles, pero cualquiera que haya leído su obra se da cuenta de su interés por el detalle.

Sus nombres son largamente pensados, aunque en su mayoría vengan de las Eddas de la mitología islandesa. Por lo que, al desarrollar constantemente sus escritos, sus editores acababan hartos de sus continuas revisiones. Era tan obsesivo en la inseguridad de sus correcciones, que tenía que reescribir cada libro una y otra vez. Tolkien de hecho nunca pudo cumplir plazo alguno para ninguna de sus publicaciones.

Por poner sólo un ejemplo, la edición de tres poemas clásicos de la literatura inglesa que comienza en los años 30, no la completa hasta los años 60. El prefacio finalmente lo tuvo que hacer su hijo Cristopher, que es quien dio a la luz la mayor parte de su obra de manera póstuma.

Lewis, sin embargo, escribía desde los años 40 un libro detrás de otro, además de colaborar en múltiples publicaciones, dar conferencias, clases y hasta charlas por radio. Lo que explica no sólo su diferencia de popularidad, sino también de ingresos. Sin embargo, el tiempo parece haber favorecido a Tolkien.

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[photo_footer]Tokien rompe con Lewis a causa de su matrimonio con una divorciada judia comunista norteamericana, Joy. [/photo_footer] 

Su ruptura

Lo que más molestó a Tolkien fue cuando Lewis conoció a una mujer divorciada, Joy Gresham, una judía americana comunista, convertida al cristianismo por medio de Lewis.

Él era soltero. Vivió con su hermano, alcoholizado tras la guerra. Y tenía una extraña relación con una mujer mayor, Janie Moore, madre de un compañero suyo en la guerra, al que prometió en su muerte, cuidar de ella.

Joy vive un tiempo en la casa de Lewis con los dos hijos que había tenido con un autor alcohólico, que escribía para Hollywood y le fue continuamente infiel. Se casa con ella, legalmente primero en secreto para conseguir su residencia. Y luego ya, enferma en el hospital con un ministro anglicano amigo suyo, sin la autorización del obispo, ya que la Iglesia de Inglaterra no permite el matrimonio de divorciados.

Algunos discípulos suyos, como su polémico secretario Walter Hooper, insiste en que mantuvieron una relación célibe, incluso aún después de casados, sólo porque ella estaba enferma de cáncer.

Hooper era ministro episcopal, pero luego se hizo católico-romano e intentó que Lewis fuera canonizado. Varios de sus biógrafos piensan que tenía ya incluso una relación sexual con la señora Moore, pero todo es muy especulativo, ¡claro!

El matrimonio de Tolkien es, sin embargo, con su esposa de toda la vida, Edith. Curiosamente, las dos esposas se hicieron bastante amigos, a pesar de que sus maridos se distanciaran.

Joy era muy independiente, escritora y además presbiteriana. Edith se había convertido al catolicismo para casarse con Tolkien. Su matrimonio es descrito a menudo como algo frío y distante, ya que Tolkien parecía preferir la compañía de sus amigos e hijos, a la de su esposa. Aunque esto es también muy relativo, ¡claro!

Lo que está claro es que tras la muerte de Joy en 1960, inmortalizada en la película “Tierras de penumbra”, Tolkien y Lewis no volvieron a encontrarse. Y al morir Lewis en 1963, Tolkien rechaza toda invitación a escribir sobre él, aunque Lewis siempre habló y escribió entusiastamente sobre Tolkien y “El Señor de los Anillos”.

Así acaba la historia de una larga amistad, en torno a la cual se formó todo un grupo de escritores que habrían de pasar a la historia de la literatura.

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[photo_footer]Al morir Lewis en 1963, Tolkien rechaza toda invitación a escribir sobre él, aunque Lewis siempre habló y escribió entusiastamente sobre el autor de El Señor de los Anillos. [/photo_footer] 

Destellos de gracia

Aquel club de Oxford se dedicaba a algo más que fumar en pipa y beber cerveza. Sus conversaciones inspiraron grandes obras que siguen teniendo una poderosa atracción para el lector y espectador contemporáneo. Sus temas son al fin y al cabo los que deberían interesar a cualquier lector.

En la obra de Tolkien vemos el poder del mal que representa Mordor, la tentación del pecado que muestra ese anillo, el milagro del perdón y el sentido del amor sacrificado de sus personajes, que nos hablan de la realidad de una redención más allá de todo mito. Su exaltación de la nobleza, la integridad, la confianza y la fidelidad siguen hablando a un mundo desesperado.

En ese sentido la obra de Tolkien despierta en nuestro degradado espíritu, sed de la bondad y la gloria que hay en el León de Judá. La figura que evoca Aslan en Narnia es el Cordero que está sentado en el trono, que tiene todo poder sobre cielos y tierra. No son parábolas, sino reflejos de esa gracia de esos mansos y humilde de corazón, como los hobbits de Tolkien, que un día heredarán la tierra.

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