Esta semana se celebra el Día del Libro en España. Según la confederación nacional de libreros (CEGAL), la mitad de los títulos que se publican en este país ya no venden ni un ejemplar en las librerías. De hecho, sólo el 4,5 % de los libros supera las cien copias. Alguno pensará que es por el éxito del libro electrónico. La realidad es que incluso en un ámbito como el cristiano, los libros digitales son “pirateados” sistemáticamente. Las redes están llenas de foros que comparten los libros sin coste alguno a todo aquel que quiera descargarlos.
En enero de 2021 cerraron las tres librerías del Centro de Literatura Cristiana (CLC) que todavía quedaban de las varias que se multiplicaron de las dos fundadas por mis padres en Madrid y Valencia. CLC nació en 1941 en Inglaterra de la misión de Evangelización Mundial para Cristo (WEC), que había nacido en 1913 con el jugador de criquet C. T. Studd. En las dos, la C en inglés viene de Cruzada. Cuando mi padre trajo CLC a España en 1966, pensó que este país ya no estaba para más cruzadas. Así que le cambió el nombre a Centro. La librería que abrió en la Gran Vía –entonces llamada Avenida José Antonio– estaba encubierta en una oficina en el número 66, sobre el cine que tenía el nombre de Gran Vía. Fue un lugar de encuentro para los evangélicos de Madrid, como luego al lado de la Plaza de Toros de Ventas.
Las librerías son lugares de encuentro. Decía a C. S. Lewis un personaje de “Tierras de penumbra”, que “leemos para saber que no estamos solos”. Isabel Coixet retoma la frase en “La librería” –la película ganadora de los Goya en 2018, que presentó en el festival de Berlín– para mostrarnos que “entre libros, nadie se puede sentir solo”. Es más, cuando leemos descubrimos que hay libros que nos leen a nosotros. De hecho, ¡en uno está la vida misma!
La lectura no sólo es compañía para el solitario. Es un placer. No hay nada tan absurdo como obligar a leer. Si la prohibieran, ya verían cómo todos los adolescentes leían a escondidas. La verdad es que el que no lee, no sabe lo que se pierde. No sólo aprendería a escribir –no hay otra forma de saber ortografía, que leyendo–, sino viviría otras vidas –mil, según un personaje de “Juego de tronos”, Jojen, mientras que el que no lee, una sola–. A los que nos hemos criado entre libros, eso del deber de leer, nos suena muy extraño. En mi caso, además de ser hijo único y no tener muchos años televisión, era hijo de libreros. Leo desde antes de ir a la escuela. cualquier cosa, desde cómics a comentarios bíblicos, pero de principio a final, no hojeando por aquí y por allá. Eso de la lectura transversal confieso que nunca he sabido lo que es.
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[photo_footer]Entre libros, nadie se puede sentir solo, dice el personaje de La Librería de Coixet. [/photo_footer]
El placer de leer
La película de Coixet transmite muy bien la sensualidad del libro, algo que un documento digital nunca podrá producir. Yo compro libros hasta por las portadas, la encuadernación, la belleza y agradable sensación física que resulta de tener en tus manos un volumen bien editado. Es la página impresa lo que me emociona. La electrónica me deja frío. Es por eso por lo que creo que la literatura en papel nunca desaparecerá. Bastante vida virtual tenemos, para perder el placer que despierta al tacto, la vista y la materialidad del libro.
“La librería” es una película deliciosa, llena de matices y detalles, que muestra una Coixet más contenida y centrada en la narración. Sorprende su tono clásico, no sólo por su sobriedad, sino también por la sutilidad de su humor y escasez de moralina. Narra cómo en 1959 una joven viuda decide hacer realidad su sueño de abandonar su Londres natal, para abrir una librería en un pequeño pueblo costero de Suffolk –aunque la película está rodada en Irlanda del norte–, donde parece haber poca necesidad y pasión por la lectura.
La iniciativa de Florence produce toda una revolución, ya que como todo el mundo sabe, leer es una actividad peligrosa. Por eso están tan felices los que mandan de que no veamos más que tonterías en Internet. El relato se desprende así del tono bucólico inicial, para adentrarse en el terreno de lo inquietante. La acorralada librera se encuentra así sólo con la ayuda de un huraño solitario y una niña imaginativa, ante la soterrada guerra de unos vecinos que sospechan de todo lo que puede producir placer, conocimiento, aventura o bálsamo.
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[photo_footer]Las librerías son lugares de encuentro (When Harry Met Sally1989).[/photo_footer]
Una autora poco conocida
La autora de este libro no es muy conocida siquiera para el público inglés. Penélope Fitzgerald (1916-2000) empezó a escribir cuando tenía casi sesenta años. No hizo más que una biografía de un pintor prerrafaelita, así como otra de sus padres y tíos, antes de publicar su primera novela, un relato policial humorístico que transcurre en un museo de antigüedades de Inglaterra. Decía que la escribió para entretener a su marido, que se estaba muriendo de alcoholismo. Tras la guerra, su esposo empezó a beber, arruinando su carrera de abogado, para acabar en un hogar de indigentes y una barca anclada en el Támesis, que se hundió dos veces.
“La librería” es una novela de 1978, aunque se desarrolla a finales de los 50. De hecho, la historia hace eco de la controversia que levantó la “Lolita” de Nabokov en 1955, tan “políticamente incorrecta” hoy como entonces. Hay referencias también a las “Crónicas marcianas” y “Fahrenheit 451” de Bradbury, homenajeada esta última con la voz en off de la actriz que la protagonizó en la película de Truffaut, Julie Christie. Todo un canto de amor a los libros, que describe Coixet con delicadeza y sutil orfebrería en imágenes y silencios llenos de pequeños y reveladores gestos.
El filme se sostiene en torno a la interpretación de una Emily Mortimer en estado de gracia, que resulta muy natural y nada impostada. El gran acierto de la película es que uno sale del cine con ganas de tocar, oler y leer un libro, un placer al que muchos todavía se resisten. Decía el presidente de la Segunda República, Don Manuel Azaña, que “en España la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro”. Nadie se entera. De la mayor parte de las obras que se publican en este país, no aparece ni siquiera una reseña en la prensa especializada. Desde luego, si quiere pasar a la posteridad, ¡no escriba un libro!
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[photo_footer]Leemos para saber que no estamos solos, dice un personaje de Tierras de Penumbra a C. S. Lewis (Dan In Real Life 2007).[/photo_footer]
El libro que nos lee a nosotros
Cuando decimos que la Biblia es el Libro de los libros, no sólo estamos explicando el significado del título más leído en todo el mundo –cada año se imprimen cerca de ochenta millones de ejemplares y se distribuyen más de cien millones de copias–, sino el carácter singular del único Libro que nos lee a nosotros –como dijo Karl Barth–. La Biblia no sólo es la revelación de Dios para el creyente, sino también de nosotros mismos. Nos muestra una cara que quisiéramos evitar, pero que es tan real como el disgusto que nos produce contemplar nuestro rostro cada mañana en el espejo.
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[photo_footer]Leer la Biblia es algo peligroso, ya que puede cambiar tu vida.[/photo_footer]
Desde la Caída que relata Génesis 3, el ser humano tiende a tener una opinión demasiado elevada de sí mismo. Como dice Agustín, el orgullo es el pecado básico del hombre. Aunque cuando se da cuenta que está lejos de lo que debería ser, tiende también a despreciarse y quizás incluso odiarse. Es importante tener una imagen correcta de uno mismo, pero eso sólo la tenemos por Aquel que nos conoce mejor que nos conocemos nosotros a nosotros mismos.
Como Robinson Crusoe, es cuando estamos en la isla de nuestra soledad, que la lectura de la Biblia nos lleva al arrepentimiento, algo que sólo Dios puede producir, como observa Defoe. Leer la Biblia es algo peligroso. Puede cambiar tu vida. Es por eso por lo que muchos nos aconsejan mantenerse a distancia. Es tan peligroso, que cuando lo leas, ya no vuelves a ser el mismo.
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