La figura del predicador en el cine suele ser la del hipócrita o sinvergüenza, alguien manipulador y peligroso, al que sólo las películas religiosas ven idealizadamente como alguien falto de debilidades y contradicciones. Si hay una película que da una visión fiel y realista, un cuadro honesto y comprensivo del predicador evangélico, esa es la que hizo el ahora fallecido Robert Duvall (1931-2026) en “Camino al Cielo” (The Apostle 1997).
Duvall nació en San Diego (California), hijo de un almirante militar y una actriz aficionada. Su padre era metodista, pero él fue criado por su madre en la “ciencia cristiana”, que no hay que confundir con la cienciología. La “ciencia cristiana” es estudiada en las universidades de Estados Unidos como una de “las cuatro grandes religiones americanas del sigo XIX”, junto con el adventismo, los Testigos de Jehová y los mormones –las otras en que puede estar usted pensando, vienen de Europa o del siglo XX–.
La iglesia que fundó la congregacionalista Mary Baker Eddy (1821-1910) busca la sanidad considerando a la enfermedad tan ilusoria como el mal. Jesús es sólo una idea y el Espíritu, la “ciencia divina”. No es una secta en el sentido sociológico del término. Su integración en la cultura estadounidense es tan grande como la de los mormones –a diferencia de los Testigos–, pero no se asimila –como el adventismo– al resto del protestantismo. Ha habido gobernadores, congresistas y senadores de “ciencia cristiana”, así como jueces y generales. Lo ha sido el secretario general del Tesoro y el director de la CIA. Muchos actores se criaron en la “ciencia cristiana” como Doris Day, Mickey Rooney, Ginger Rogers, Henry Fonda, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn, Robin Williams o Val Kilmer.
Duvall decía haber recibido la fe de la “ciencia cristiana”, pero no encontró en esa iglesia la vida que descubrió en una pequeña capilla de Hughes (Arkansas) en 1962. Fascinado por la predicación afroamericana que encuentra en el pentecostalismo, quería hacer desde entonces una película sobre esa tradición evangélica del sur de Estados Unidos. En Nueva York solía asistir a la Iglesia Bautista Abisinia. Decía que el mejor predicador que escuchó era un pastor negro de una pequeña iglesia de Hamilton (Virginia) que tenía 96 años. En un domingo normal podía oír hasta seis sermones diferentes. Aunque el momento que cambió su vida, decía que fue escuchando el himno “¡Oh qué amigo nos es Cristo!” en esa iglesia de Harlem.
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[photo_footer]Trabaja con Coppola desde 1969 hasta Apocalypse Now en el 79, pasando por las dos primeras partes de El Padrino y entre medio La conversación en 1974.[/photo_footer]
“El nuevo Hollywood”
La figura de Duvall es inseparable del “Nuevo Hollywood” que comienza a finales de los 60 y acaba a principios de los 80. No hay prácticamente película importante de aquella época, en la que él no aparezca. Tras una larga formación en el teatro de los años 50 y algunos papeles secundarios en los primeros años de la televisión, su cara se hace inolvidable desde las pocas escenas en que aparece como Boo Radley en “Matar a un ruiseñor” (1962). El dramaturgo sureño Horton Foote conoció a Duvall en el 57. Se convierte enseguida en su amigo y actor preferido. Es él quien le recomienda a Robert Mulligan, cuando hace el guion de la novela de Harper Lee y quien le da el papel protagonista a Duvall del cantante de “country” alcoholizado, redimido por la Gracia y la fe, cuando escribe “Gracias y Favores” (Tender Mercies 1983) –o “El precio de la felicidad”, como se la conoce en Hispanoamérica–.
Trabaja con Coppola desde “Llueve sobre mi corazón” (The Rain People 1969) hasta “Apocalypse Now” (1979), pasando por las dos primeras partes de “El Padrino” (1972 / 74) y entre medio “La conversación” (1974). Tiene ya un papel secundario junto a Steve McQueen en “Bullit” (1968), “Valor de ley” (1969)) con John Wayne, el “MASH” (1970) de Robert Altman. Y dos en el 76 con “Ha llegado el águila” (1976) y “Elemental, doctor Freud”, pero uno fundamental en el grandioso “Network” de Sidney Lumet, ese mismo año. Acaba la década en el 79 con el olor del “napalm” en el Vietnam de Coppola, pero también de protagonista en “El gran Santini” de coronel de aviación retirado en el profundo Sur con su mal carácter y abuso del alcohol.
Vive el declive del “Nuevo Hollywood” haciendo de policía, hermano de Robert DeNiro haciendo de monseñor en “Confesiones verdaderas” (1981) y tutor de Sean Penn en la película de Dennis Hopper, “Colors” (1988), así como de periodista deportivo entre medio con Robert Redford en “El mejor” (1984) Su gran papel en los 80 será, sin embargo, como el cantante “country” de la película de Bruce Bereford, director con el que choca como actor del “Método”, incapaz de separar el mal carácter de su personaje de su comportamiento como interprete, que canta con su propia voz. Acaba la década con una interesante miniserie basada en la buena novela del Oeste de Larry McMurtry (Lonesome Dove), que él también protagoniza.
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[photo_footer]Ningún estudio estaba interesado y acaba pagándola él mismo, que la escribe, protagoniza y dirige, su obra más personal.[/photo_footer]
“El apóstol”
Duvall pasa los 90 intentando hacer el proyecto de su vida, la película con la que sueña desde los años 60, sobre un predicador evangélico. Ningún estudio está interesado y acaba pagándola él mismo. Duvall la escribe, protagoniza y dirige. Es su obra más personal. Había fracasado su tercer matrimonio –luego se casó con una argentina, nieta de un pionero de la aviación, Luciana Pedraza, para la que hace la película que dirigió sobre el tango, estando a su lado cuando murió–. Para “Camino al cielo” –como se llama en España, The Apostle– hizo su propia productora (Butcher Runs Films). Le costó cinco millones de dólares.
Películas sobre predicadores como “El fuego y la palabra” (Elmer Gantry 1960) –el único Oscar de Burt Lancaster en una historia sobre la fundadora de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, Aimée Semple McPherson– o “El charlatán” (Leap Of Faith 1991) –el cómico Steve Martin imitando a Benny Hinn– le parecían a Duvall, “condescendientes”. Creía que “ponían al predicador entre comillas y no hacían justicia al pastor y su congregación”. El personaje de “Camino al Cielo” muestra el respeto y la admiración que le producen los predicadores que más aprecia, pero no quiere ocultar sus debilidades. Esa es la grandeza de “El apóstol”.
Cuando el pastor Sonny descubre a su esposa en la cama con el joven líder de alabanza, se deja llevar por su ira y le da tal golpe con un bate de beisbol, que escapa sabiendo que le ha matado. Su personaje es de una humanidad tal, que uno no puede menos que reconocerse en él. “Alguna gente religiosa me pregunta por qué destaco las debilidades de este predicador evangélico”, decía Duvall. Su respuesta no puede ser más clara: “O aceptas las debilidades de la buena gente, o tienes que arrancar las páginas de la Biblia, porque nada menos que el mayor rey de Israel, David, el autor de los Salmos, envió a un hombre a morir en la batalla, para poder acostarse con su mujer”. Lo que para Duvall, “es algo mucho peor que nada de lo que Sonny pudo hacer”.
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[photo_footer]Fascinado por la predicación afroamericana que encuentra en el pentecostalismo, quería hacer una película sobre esa tradición evangélica del sur de Estados Unidos.[/photo_footer]
“Un tipo normal”
Aunque el pastor de “Camino al Cielo” tenga como esposa al mayor “sex symbol” de los 70, Farrah Fawcett –el “Ángel de Charlie” en la primera temporada, que la llevó a aparecer en bañador en el póster que todo adolescente estadounidense tenía en su habitación en aquella época–, el cáncer empieza a destruir su cuerpo hasta acabar con su vida en 2009. Su infidelidad hace que Sonny haga algo, que comparado con “el rey David, el gran poeta de los Salmos que alabamos, no debiéramos juzgar tan rápida y severamente”, dice Duvall. “No cometió un crimen premeditado”.
La película muestra también que el crimen se paga. No tuvo un buen abogado y no queda sin castigo. “Si eres salvo y aceptas al Señor, no puedes usar eso como excusa, para evitar el castigo”, cree Duvall. Era una muerte involuntaria, pero “huye, porque es un hombre de acción, no espera a ser capturado”. Así comienza la película. No es un espóiler. Es la situación que se plantea al comienzo de esta historia con Sonny de rodillas, orando: “¡Señor, dirígeme!”.
Frente al actual victimismo de tantos “señalamientos”, el personaje de “El apóstol”, Duvall no le presenta como “malo”, sino como “bueno que hace algo malo”. Es “un tipo normal, que cree que tiene un llamado desde los doce años, pero comete errores”. Lo fascinante de esta historia es que va más allá del moralismo que ahora nos inunda. “Es una mezcla de principio a fin”. Lo importantes es que “sabe que ha hecho mal, lo confiesa y necesita redención”.
“El poder del Espíritu Santo”
No conozco una película como esta, que muestre el poder soberano del Espíritu Santo. Muestra desde la primera escena, la fe de Duvall en el poder de la oración para sanar, pero también como Dios se mueve misteriosamente. “Está basado en una autoridad bíblica”, dice el actor, director y autor de esta historia: “¡El poder del Espíritu Santo está ahí!”. Cuando ora por el chico que se está muriendo en el coche que ha tenido el accidente al comienzo de la película, “Sonny sabe que está sirviendo al Señor”. Vuelve a su coche y dice a su madre: “¡Mamá, somos noticia en el Cielo esta mañana!”.
Confieso que no puedo ver esta escena sin emocionarme. Hay una autenticidad en su fe, que en su ingenuidad puede resultar tan excesiva, pero al mismo tiempo tan verdadera. “Es el poder del Espíritu”, decía Duvall, una y otra vez. Esa escena primera da sentido a toda la película, como decía él. Ves cómo “Dios guía a individuos y los llena del Espíritu Santo”.
La película usa por eso muchas personas que no son actores, sino miembros de “iglesias de santidad”, Quería mostrar cómo se forma una comunidad evangélica. Ni la Hermana Johnson, ni la Hermana Jewell, son profesionales”. Venían de iglesias en Lafayette y Shreveport. El testimonio de Jewell es el suyo en realidad. El coro es de una iglesia de Luisiana. Y los dos pastores que aparecen, lo son de verdad. Las frases e historias las recogió Duvall visitando iglesias durante trece años.
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[photo_footer]Aunque el pastor de Camino al Cielo tenga como esposa al mayor sex-symbol de los 70, Farrah Fawcett, el cáncer empezaba a destruir su cuerpo hasta acabar con su vida en 2009.[/photo_footer]
“La fe en que confía, aunque se equivoque”
La fe que muestra “Camino al Cielo” es la de aquel que como Sonny, “confía en lo que cree, aunque se equivoque”. Cuando hace algo malo, “lo sabe y pide al Señor ayuda, depende de Dios, aunque peque”. Espero que esa fuera la fe de Duvall, aunque confusa, real. No hay otro Camino al Cielo.
Cristo subió al Cielo, pero nos ha dejado el Espíritu, el mayor regalo que podía darnos. Sólo hace falta que se lo pidamos a Dios como nuestro Padre. Él está deseando dárnoslo, porque “¿qué padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o en lugar de pescado, una serpiente? ¿o si le pide un huevo, le dará un escorpión?”.
Así Jesús dice: “Si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lucas 11: 11-13). Es el poder del Espíritu, el que hace toda la diferencia.
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