A finales de los años sesenta, el psicólogo Walter Mischel sentó a cientos de niños de la guardería de Stanford ante una golosina y les ofreció un trato: podían comérsela enseguida o esperar a solas y recibir dos. El experimento, que el propio Mischel divulgó en El test de la golosina1, pasó durante décadas por la prueba definitiva de la fuerza de voluntad. En 2012, sin embargo, un equipo de la Universidad de Rochester introdujo una variación decisiva: antes de la prueba, los investigadores prometieron a los niños unos materiales de dibujo mejores; a unos se les cumplió la promesa y a otros no. Los que habían tratado con un adulto de palabra esperaron una media de doce minutos; los defraudados, apenas tres2. La capacidad de esperar, concluyeron, no depende solo del autocontrol de quien espera, sino de la fiabilidad de quien promete.
Dicha conexión es profundamente bíblica, ya que como creyentes somos capaces de esperar bien si conocemos a un Dios que cumple: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). De ahí la paradoja con que Zacarías lo resume todo: “Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza; hoy también os anuncio que os restauraré el doble” (Zacarías 9:12). ¿Prisioneros de la esperanza? ¿Qué quiere decir eso? Que nuestra voluntad ha decidido esperar y no perdemos la esperanza, porque, si estamos en un tiempo de espera, no estamos perdiendo el tiempo, y si estamos en un lugar de espera, podemos estar en un lugar de bendición.
|| Nadie aguarda mucho tiempo a quien ya le ha fallado;
por eso el creyente puede esperar tanto ||
La esperanza que enferma el corazón
Esperar es de lo más difícil que hay en la vida, y la Biblia no lo disimula: “La esperanza que se demora enferma el corazón”, dice Proverbios, “pero el deseo cumplido es árbol de vida” (Proverbios 13:12, LBLA). Quien ha aguardado un diagnóstico o la conversión de un ser querido o el cumplimiento de una palabra recibida en oración sabe que la espera es una batalla interior. Ya en 1928, un joven Dietrich Bonhoeffer3, predicaba en Adviento: “Esperar es un arte que nuestra época impaciente ha olvidado. Quiere abrir el fruto maduro cuando apenas ha terminado de plantar el brote”.
Ahora bien, no toda espera es igual. La del hombre sin Dios, siempre proyectado hacia un mañana que nunca habita, es la espera que enferma, la que depende de que cambien las circunstancias. Esperar en Dios es diferente: no aguarda a que la suerte cambie, sino a que el Señor cumpla lo que ha dicho.
El Dios que sabe esperar
Conviene reparar, además, en que el primero que espera es Dios. Pedro recuerda que en los días de Noé “esperaba la paciencia de Dios” (1 Pedro 3:20) y que lo que llamamos tardanza es misericordia: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros” (2 Pedro 3:9). Es el padre del pródigo, que divisa al hijo “cuando aún estaba lejos” (Lucas 15:20) porque llevaba tiempo mirando el camino.
Cuando la impaciencia sale cara
Si Dios espera, nosotros no podemos despreciar la espera; la historia bíblica muestra que saber esperar es cuestión de vida o muerte. Saúl aguardó en Gilgal los siete días convenidos, “pero Samuel no venía” (1 Samuel 13:8), y, presionado por la desbandada de sus soldados, ofreció él mismo el holocausto. La ironía es terrible: “cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel que venía” (1 Samuel 13:10). Le faltaron minutos, y aquella impaciencia disfrazada de iniciativa le costó el reino.
La impaciencia rara vez muestra su verdadero rostro: suele vestirse de celo, de responsabilidad o de sentido común. Lo comprobamos en el becerro de oro, fabricado porque “Moisés tardaba en descender del monte” (Éxodo 32:1), o en Abraham y Sara, que quisieron ayudar a Dios por medio de Agar (Génesis 16:2).
Una Iglesia nacida en la sala de espera
La Iglesia misma nació en una sala de espera. Jesús mandó a sus discípulos “que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre” (Hechos 1:4), por lo tanto, Pentecostés fue la respuesta a su espera en oración. Desde entonces, la Iglesia vive clamando Maranata, “El Señor viene” (1 Corintios 16:22), y, como el labrador, “espera el precioso fruto de la tierra” (Santiago 5:7).
En 1953 se estrenó en París Esperando a Godot4, donde el dramaturgo irlandés Samuel Beckett sentó a dos vagabundos junto a un árbol pelado a esperar a alguien que, acto tras acto, manda decir que hoy no vendrá, pero mañana seguro que sí. La obra termina con un “¿Nos vamos?” “Vamos”, y una acotación implacable: no se mueven. Es la espera sin promesa, que paraliza porque la duda o el temor atenazan el corazón del hombre. La espera cristiana es lo contrario: esperamos a Aquel de quien escribió Habacuc: “aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:3).
Siete años junto al río Hugli
En 1792, el zapatero y predicador William Carey dejó en Nottingham unas palabras que suelen citarse así: “Esperad grandes cosas de Dios; emprended grandes cosas para Dios”. Pronto tuvo que aprender la otra acepción del verbo. Llegó a la India a finales de 1793 y, entre penurias, la muerte de su hijo Peter y la enfermedad de su esposa, predicó y tradujo durante años sin ver un solo converso5.
El 28 de diciembre de 1800, por fin, el carpintero Krishna Pal fue bautizado en el río Hugli, y William Ward escribió en su diario: “¡Día bendito!”. Habían pasado siete años. Lo sembrado no se había perdido; en la espera, estaba creciendo bajo tierra, como intuyó el sacerdote y escritor holandés Henri Nouwen al afirmar que “el secreto de la espera es la fe en que la semilla ha sido plantada, en que algo ya ha comenzado”6.
La espera activa
La espera bíblica no es resignación, sino actividad intensa del alma, y David, maestro en esta asignatura, nos enseña sus claves. Se espera en silencio y alabanza: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación” (Salmo 62:1). Se espera con fe: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová” (Salmo 27:13). Se espera en clamor: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” (Salmo 40:1). Y se espera aferrados a la promesa, como Abraham, de quien se dice que, “habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa” (Hebreos 6:15).
Se espera, además, en el lugar asignado. Juan el Bautista no recorrió Judea buscando al Mesías: permaneció junto al Jordán hasta que se cumplió la señal (Juan 1:33). Nouwen en su obra A Spirituality of Waiting observaba que los impacientes creen que lo importante sucederá en otro sitio, mientras que los pacientes “se atreven a quedarse donde están”6. Y se espera en santidad, porque “todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo” (1 Juan 3:3).
Prisioneros de esperanza
Zacarías profetizó a un pueblo que había vuelto del exilio a una tierra en ruinas. Tras anunciar la liberación de los presos de “la cisterna en que no hay agua” (Zacarías 9:11), lanza su llamado: “Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza”.
El hebreo dice literalmente prisioneros de la esperanza, y el término, tiqvá, es el mismo que designa el cordón de grana que Rahab ató a su ventana y que le salvó la vida (Josué 2:18). Los prisioneros de la esperanza esperan aferrados a un cordón que los une a la promesa: pueden llorar, pero no lo sueltan. Pablo, custodiado en Roma, lo diría a su modo: “por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena” (Hechos 28:20).
Por eso una fe fuerte no es la que nunca atraviesa crisis, sino la que sabe adónde volver. El lugar al que se regresa se convierte en nuestra fortaleza, porque “Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado” (Proverbios 18:10). Como Abraham, que “creyó en esperanza contra esperanza” (Romanos 4:18), los prisioneros de esperanza miran los hechos de frente, pero siguen confiando con un alma sujeta a la esperanza. Job también supo, aunque con el alma anegada en dolor, que la pérdida no tendría la última palabra: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré”, se atrevió a decir (Job 13:15). Y al final de la historia comprobó que el Señor es misericordioso: “Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Santiago 5:11). Pues el Señor “aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job” (Job 42:10).
|| Un prisionero de esperanza no es alguien que nunca decae,
sino alguien que sabe adónde volver ||
Las promesas del que espera
La espera es, además, un lugar de bendición. Isaías afirma que ningún ojo ha visto a otro Dios “que hiciese por el que en él espera” (Isaías 64:4), y la Escritura rodea al que espera de promesas concretas:
- No serán avergonzados (Salmo 25:3; Isaías 49:23).
- Heredarán la tierra (Salmo 37:9).
- Serán objeto del agrado de Dios (Salmo 147:11).
- Dios mismo los salvará (Proverbios 20:22).
- Recibirán nuevas fuerzas (Isaías 40:31).
- Verán la bondad del Señor (Lamentaciones 3:25-26).
- Recogerán el fruto de su espera, pues “a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).
Isaías 40:31 merece atención especial: “pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. El verbo hebreo sugiere cambiar una fuerza agotada por otra nueva; y es que, hay temporadas en que el milagro consiste sencillamente en seguir caminando sin desfallecer. Dios no sólo nos da lo que esperamos; en la espera, nos hace capaces de recibirlo, es decir, nos está capacitando y transformando el carácter. Nunca una espera en Dios es infructuosa.
|| “Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza...” (Romanos 5:3-4) ||
Más que los centinelas a la mañana
Volvamos, para terminar, a los niños de Rochester. Nuestra capacidad de esperar en Dios crecerá en la medida en que crezca nuestro conocimiento de su fidelidad; por eso la mejor preparación para no desesperar en las salas de espera no es adiestrar la voluntad, sino recordar lo que Dios ya ha hecho. Dios ha sido fiel en el pasado; en el pasado bíblico, en el pasado de otros, pero también en nuestra propia historia. ¿No merece, por tanto, nuestro voto de confianza?
Recuperemos el arte de esperar y cuando la esperanza que se demora amenace con enfermarnos el corazón volvamos a la fortaleza. Allí, atados por el cordón de la promesa, descubriremos que el tiempo de espera era tiempo de gracia, y que la noche “está avanzada, y se acerca el día” (Romanos 13:12). Así lo vivió el salmista:
“Esperé yo a Jehová, esperó mi alma;
en su palabra he esperado.
Mi alma espera a Jehová
más que los centinelas a la mañana,
más que los vigilantes a la mañana.
Espere Israel a Jehová,
porque en Jehová hay misericordia,
y abundante redención con él”.
(Salmo 130:5-7)
NOTAS
Salvo indicación en contrario, las citas bíblicas proceden de la versión Reina-Valera 1960.
LBLA es La Biblia de las Américas.
- Walter Mischel, El test de la golosina: cómo entender y manejar el autocontrol (Barcelona, Debate, 2015). Edición original: The Marshmallow Test: Mastering Self-Control (Nueva York, Little, Brown and Company, 2014). Conviene advertir que estudios posteriores han matizado mucho el valor predictivo que se atribuyó al experimento.
- Celeste Kidd, Holly Palmeri y Richard N. Aslin, “Rational snacking: Young children’s decision-making on the marshmallow task is moderated by beliefs about environmental reliability”, Cognition, vol. 126, n.º 1 (2013), pp. 109-114. El estudio, realizado con veintiocho niños en la Universidad de Rochester, registró una espera media de unos doce minutos en el grupo del adulto fiable frente a unos tres en el del adulto que no cumplió.
- Dietrich Bonhoeffer, sermón del primer domingo de Adviento, Barcelona, 2 de diciembre de 1928, en God Is in the Manger: Reflections on Advent and Christmas, ed. de Jana Riess, trad. de O. C. Dean Jr. (Louisville, Westminster John Knox Press, 2010), p. 4. Traducción propia al castellano a partir de la edición inglesa. El original alemán se recoge en Dietrich Bonhoeffer Werke, vol. 10.
- Samuel Beckett, En attendant Godot (París, Les Éditions de Minuit, 1952); estrenada en el Théâtre de Babylone de París el 5 de enero de 1953. El diálogo final se cita en traducción propia.
- Timothy George, Faithful Witness: The Life and Mission of William Carey (Birmingham, Alabama, New Hope, 1991). La divisa del sermón de Nottingham se transmite con variantes en las fuentes; la exclamación de William Ward procede de su diario de la misión, según recogen los biógrafos de Carey.
- Henri J. M. Nouwen, “A Spirituality of Waiting: Being Alert to God’s Presence in Our Lives”, Weavings (enero-febrero de 1987), pp. 6-17. Traducción propia de los pasajes citados.
