Los poetas y Dios: San Juan de la Cruz y Antonio Machado

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Los poetas y Dios: San Juan de la Cruz y Antonio Machado
Los poetas y Dios: San Juan de la Cruz y Antonio Machado

Vivimos una época que ha redescubierto la interioridad y que promete la paz sin nombrar a Aquel que la da. Mucho antes de que el mercado de hoy día lo convirtiera en producto, la lengua castellana ya había hecho ese viaje, y lo había hecho con Dios como meta. Reúno aquí dos poemas que, desde el siglo XVI hasta el XX, miran hacia dentro y encuentran, o al menos buscan, al Señor. Van íntegros, con una semblanza de su autor y una reflexión sobre su contenido.

Un poema es espiritual, en el sentido que aquí le doy, cuando su mirada interior no termina en el propio yo, sino que descubre que dentro hay una cárcel de la que solo Otro puede sacarnos. Por esa razón mi soliloquio mezcla, sin ambages, a un místico con un poeta que no fue creyente practicante.

“Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Salmo 139:23).

He colocado primero Entréme donde no supe, de san Juan de la Cruz, porque acaba encontrando a Dios. Y, después, Anoche cuando dormía, donde Antonio Machado sueña a Dios en su corazón y lo llama “bendita ilusión”; aunque los que estamos en Cristo sabemos que no es ninguna ilusión, sino lo más real que hemos conocido. Porque “por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”. Hebreos 11:3 (RVR1960).

No me parece un atrevimiento, sino una práctica apostólica: cuando Pablo predicó en el Areópago no citó a los profetas, sino que citó a los poetas griegos, y sobre ellos edificó su anuncio de un Dios que “no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hechos 17:27-28). Calvino lo formuló a su manera al hablar de una semilla de eternidad sembrada por instinto natural en todo entendimiento humano1. Machado es testigo de esa semilla; san Juan de la Cruz, de su fruto. Léanse despacio; están escritos para eso.

1. San Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz y Antonio Machado: dos formas de buscar a Dios

Juan de Yepes Álvarez (Fontiveros, Ávila, 1542 – Úbeda, Jaén, 14 de diciembre de 1591) conoció la pobreza desde niño: huérfano de padre, trabajó de enfermero en el hospital de Medina del Campo antes de entrar en el Carmelo en 1563 y estudiar artes y teología en Salamanca. En 1567 se encontró con Teresa de Jesús, que lo ganó para la reforma descalza, y al año siguiente abrió con dos compañeros el primer conventito reformado, en Duruelo. La resistencia de los carmelitas calzados a la reforma lo llevó, en diciembre de 1577, a una celda-prisión del convento de Toledo, donde pasó nueve meses y donde compuso, de memoria y casi a oscuras, buena parte del Cántico espiritual; de allí escapó en agosto de 1578. Fue después rector, prior y vicario provincial en Andalucía, escribió sus grandes tratados en prosa (Subida del Monte Carmelo, Noche oscura, Llama de amor viva) como comentario a sus propios poemas, y murió en Úbeda, apartado de los cargos, a los cuarenta y nueve años. Es desde 1952 patrono de los poetas de lengua española; Dámaso Alonso, quien lo estudió, lo tuvo por la cumbre de la lírica castellana2.

Entréme donde no supe

Coplas del mismo hechas sobre un éxtasis de harta contemplación

Entréme donde no supe,

y quedéme no sabiendo,

toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba,

pero, cuando allí me vi,

sin saber dónde me estaba,

grandes cosas entendí;

no diré lo que sentí,

que me quedé no sabiendo,

toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad

era la ciencia perfecta,

en profunda soledad

entendida, vía recta;

era cosa tan secreta,

que me quedé balbuciendo,

toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido,

tan absorto y ajenado,

que se quedó mi sentido

de todo sentir privado,

y el espíritu dotado

de un entender no entendiendo,

toda ciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero

de sí mismo desfallece;

cuanto sabía primero

mucho bajo le parece,

y su ciencia tanto crece,

que se queda no sabiendo,

toda ciencia trascendiendo.

Cuanto más alto se sube,

tanto menos entendía,

que es la tenebrosa nube

que a la noche esclarecía;

por eso quien la sabía

queda siempre no sabiendo,

toda ciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo

es de tan alto poder,

que los sabios arguyendo

jamás le pueden vencer;

que no llega su saber

a no entender entendiendo,

toda ciencia trascendiendo.

Y es de tan alta excelencia

aqueste sumo saber,

que no hay facultad ni ciencia

que la puedan emprender;

quien se supiere vencer

con un no saber sabiendo,

irá siempre trascendiendo.

Y, si lo queréis oír,

consiste esta suma ciencia

en un subido sentir

de la divinal esencia;

es obra de su clemencia

hacer quedar no entendiendo,

toda ciencia trascendiendo.

Estas coplas3 llevan un subtítulo revelador: “hechas sobre un éxtasis de harta contemplación”. Son, por tanto, el intento de decir lo que sucedió cuando el alma entró donde no sabía. Toda la fuerza del poema descansa en una paradoja repetida como un martillo suave: “toda ciencia trascendiendo”; “entender no entendiendo”; “saber no sabiendo”. San Juan no desprecia el saber; lo que confiesa es que, llegado a la presencia de Dios, cuanto sabía “mucho bajo le parece”. Pablo dijo lo mismo con otras palabras: “estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8), y advirtió que “si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo” (1 Corintios 8:2).

La “tenebrosa nube” de la quinta copla tiene raíz bíblica directa: “Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios” (Éxodo 20:21). Pero lo decisivo para el lector evangélico está en la última copla: esa “suma ciencia” es “obra de su clemencia”. El místico no sube; es levantado.

Considero el poema muy elevado porque describe el único conocimiento que sacia: no el de las cosas de Dios, sino el de Dios mismo; un “subido sentir de la divinal esencia” que humilla al entendimiento sin destruirlo. Pascal lo diría un siglo después: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”4.

El sabio de este mundo presume de lo que sabe; el que ha entrado donde Dios está confiesa que se quedó no sabiendo.

2. Antonio Machado

San Juan de la Cruz y Antonio Machado: dos formas de buscar a Dios

Antonio Machado (Sevilla, 1875 – Colliure, Francia, 1939) nació en el palacio de las Dueñas, hijo de un folclorista que recogía cantares populares, y se educó en la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, cuyo espíritu de austeridad y honradez lo acompañó toda la vida. Tras dos estancias en París, donde conoció a Rubén Darío, publicó Soledades (1903), ampliado en 1907 como Soledades. Galerías. Otros poemas, el libro al que pertenece este poema5. Ese mismo año ganó la cátedra de francés del instituto de Soria; allí se casó con Leonor Izquierdo, cuya muerte en 1912 lo marcó para siempre, y allí escribió Campos de Castilla. Enseñó después en Baeza, Segovia y Madrid, publicó Nuevas canciones (1924) y la prosa de Juan de Mairena, y murió en el exilio, en febrero de 1939, pocas semanas después de cruzar la frontera con su madre anciana, que le sobrevivió tres días.

Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

de donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

Machado no fue un hombre de fe, pero fue un hombre honrado en cuanto a su falta de fe; y esa honradez hace de él uno de los grandes buscadores de Dios de nuestra lengua. En Nuevas canciones dejó escrito: “El Dios que todos llevamos, / el Dios que todos hacemos, / el Dios que todos buscamos / y que nunca encontraremos”6. Sin embargo, aquí, en el sueño, lo encuentra. El poema contiene tres imágenes bucólicas: una fuente, una colmena y un sol. Pero, al final del poema se revela Quién estaba detrás de las tres. ¿Acaso tuvo Machado una llamada cariñosa de Cristo, en el lenguaje onírico que él dominaba tan bien?

Me lo pregunto porque el poeta describe con precisión cómo se experimenta la presencia de Dios cuando llega a una vida: como agua viva; como duulce bálsamo para combatir el dolor y como calor de hogar... Que Machado lo llame “bendita ilusión” es su manera amable de afirmar lo que no se atreve a creer; pero notemos que el adjetivo que usa es “bendita” y no “vana”. El soñador encuentra a Dios dentro de su corazón. Entonces, el poema de Machado podría ser el sueño de quien todavía no ha despertado a la fe. Pablo oraba por los efesios “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efesios 3:17), de la misma forma oremos nosotros también para que muchos buscadores experimenten ese despertar.

Machado no se atreve a afirmar a Dios, pero sabe con exactitud dónde lo soñó: dentro de su corazón.

Volver hacia dentro

Los dos poemas dibujan un solo camino. Fray Juan entra donde no sabe y se queda sin palabras; Machado sueña a Dios en el corazón y se despierta sin atreverse a creerlo; y nuestra cultura ha aprendido a mirar hacia dentro, pero se detiene en el yo, y del yo no mana ninguna fuente de vida: “me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13). El interior del hombre no es un santuario por naturaleza; es un pozo seco que se convierte en morada si el Dios que soñó Machado viene a habitarlo.

Y hoy sigue llamando: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

NOTAS

1  Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, I, 3, 1; trad. de Cipriano de Valera (1597), reeditada por la Fundación Editorial de Literatura Reformada (FELiRe), Rijswijk (Países Bajos).

2  Dámaso Alonso, La poesía de San Juan de la Cruz (desde esta ladera), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1942.

3  San Juan de la Cruz, Poesía, ed. de Domingo Ynduráin, Madrid, Cátedra, 1983. De esta edición tomo el texto de las coplas y del Cántico (redacción B).

4  Blaise Pascal, Pensamientos, fragmento 277 (ed. Brunschvicg) / 423 (ed. Lafuma); trad. española de Xavier Zubiri, Madrid, Espasa-Calpe, 1940.

5  Antonio Machado, Soledades. Galerías. Otros poemas, Madrid, Librería de Pueyo, 1907 (poema LIX). Texto según Poesías completas, ed. de Manuel Alvar, Madrid, Espasa-Calpe, col. Austral.

6  Antonio Machado, “Proverbios y cantares”, en Nuevas canciones, Madrid, Mundo Latino, 1924.

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