A ti,
que transitas la vida
sin saber qué sorpresas
traerán los caminos
crueles, traicioneros.
A ti,
que no esperabas aquí llegar,
o, al menos, llegar así,
pero luchas sin fatiga,
izando tus cargas
y a otros caídos del suelo.
A ti,
padre, madre,
hermana, hermano,
abuelo, tía o, simplemente,
corazón fiel y misionero.
Que tus noches de insomnio,
días de ambulancia,
esperas de pasillo...
Que tus lágrimas, suspiros,
preguntas, quejidos,
tus errores, aciertos,
alegrías, silencios
se encuentren
(más temprano que tarde)
con el Cristo del camino.
Que Él no es como lo pintan
tradiciones y advocaciones,
un nazareno a la cruz clavado,
triste, lejano,
amnésico, arruinado...
Él sufrió, como tú estás sufriendo.
Anduvo senderos amargos;
al cansado comprende,
y mucho más al enfermo.
Finó la calavérica noche
y más cerca acercó la dicha.
Es experto en acariciar mejillas,
en sanar sonrisas
en oír callado...
Solo abrazarte, quedarse a tu lado,
si es necesario, velar con Marta
o calmar a María, llorar a Lázaro,
¡y celebrar la tumba vacía!
Ese Jesús, sufriente con nosotros,
es también el Jesús pasajero.
Que como sabía que este barco
acarrearía desgracias, tormentas,
pasajeros dolosos y otros entuertos,
compró el billete terreno,
se embarcó a nuestra vera
(sin necesidad de hacerlo)
y no se bajará nunca
mientras quede un débil viajero.
Recibe hoy su compañía,
y aférrate a la mano
del Jesús, Capitán de ojos buenos.
Te aseguro que al final del viaje,
quizá con las fuerzas rendidas,
pero arribaremos a puerto
y nos veremos allí, ¡seguro!
en las gratas Puertas del Cielo.
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