No hay iglesia sin raíces ni roces

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

No hay iglesia sin raíces ni roces
No hay iglesia sin raíces ni roces

Hay una forma de cristianismo que se ha acostumbrado a sentarse en los bancos o sillas de una iglesia sin echar raíces. Recibe palabra, canta, saluda, se emociona a ratos, pero sigue sintiendo la casa de Dios como quien entra en una estancia ajena. La pregunta no es menor: una cosa es acudir a la iglesia; otra, dejar que Dios nos haga Iglesia.

Lo que la pandemia nos enseñó

Hubo un tiempo reciente en que muchos no pudimos reunirnos físicamente. Las puertas se cerraron. Las casas se convirtieron en pequeños altares. Las pantallas ayudaron a sostener lo que se podía sostener. En aquella temporada aprendimos algo importante: ir a una reunión puede verse impedido por una circunstancia; ser Iglesia no queda suspendido por ello.

Pero también vimos el peligro contrario. Algunos descubrieron la comodidad de una fe sin roce. Culto desde el sofá, predicación sin conversación posterior, alabanza sin mirar a nadie, comunión sin cuerpo presente. La pantalla fue útil en la emergencia, pero no puede reemplazar la encarnación de la vida comunitaria.

Precisamente porque somos Iglesia, cuando podemos, nos congregamos. No vamos como consumidores de un acto religioso. Vamos porque pertenecemos. Vamos porque el cuerpo se reúne.

Romanos dice: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Romanos 12:10).

Y Gálatas añade: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).

Eso no se aprende desde lejos, sino cargando nombres concretos delante de Dios. Se aprende cuando uno llama a quien no vino o cuando perdona una torpeza o sirve a otros, aunque nadie aplauda.

Una frase demasiado incómoda

Pablo escribió a los corintios una frase que debería remover nuestra manera de pensar: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17).

El apóstol no les dice solamente que tienen un lugar donde reunirse. Les dice algo más profundo: “sois templo de Dios”. La Iglesia, antes de ser un edificio, es un pueblo habitado por el Espíritu. Antes de ser una dirección en Google Maps, es una morada santa.

Ahí se nos complica todo. Nos gusta pensar la fe desde lo manejable. Voy cuando puedo; me implico hasta donde me encaja; sirvo si tengo tiempo; estoy mientras me siento cómodo... La cultura nos ha educado para probar, comparar y cambiar. Esa lógica funciona para comprar un teléfono, elegir un restaurante o cancelar una suscripción, pero resulta devastadora cuando penetra en la casa de Dios.

La Iglesia no se visita como quien inspecciona una vivienda; se habita como quien ha recibido una familia. Y esto no significa que cualquier comunidad sea sana, ni que toda autoridad tenga razón, ni que haya que aguantar abusos en nombre de la fidelidad. Conviene decirlo pronto: hay lugares donde se ha usado la palabra “iglesia” para controlar o exprimir. Salir de sitios así puede ser obediencia a Dios. Pero una cosa es huir de un sistema enfermo y otra muy distinta vivir sin raíces porque todo vínculo nos parece pesado.

El cuerpo no se visita

El Espíritu Santo eligió imágenes muy concretas para hablarnos de la Iglesia. Una de las más potentes es la del cuerpo. Pablo escribe:

“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13).

Un órgano no visita el cuerpo los domingos; vive en él. Recibe vida dentro de él y también aporta vida desde ahí. Si se separa, muere. Mi hígado no va al cuerpo cuando le apetece. Mi hígado es parte del cuerpo, y precisamente por eso su salud afecta a todo lo demás.

Esa imagen debería corregir muchas fantasías modernas de autonomía espiritual.

Hay creyentes que se comportan como si pudieran vivir colgados del cuerpo, igual que una chaqueta sobre los hombros. La chaqueta puede abrigar y quedar bien, pero no tiene sangre, no comparte la vida interna del organismo.

Pablo lo expresa con una frase que desmonta el orgullo religioso: “Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros” (1 Corintios 12:21).

El individualismo cristiano siempre acaba diciendo alguna versión de esa frase: no necesito hermanos que me conozcan; no necesito pastoreo cercano; no necesito rendir cuentas; no necesito una comunidad... A veces no lo dice en voz alta, pero lo practica.

Nos auto engañamos con pensamientos del tipo: puedo escuchar buenas predicaciones por internet; puedo orar en casa; puedo adorar con mis auriculares. Claro que puedes orar en casa ¡Debes hacerlo! Y puedes recibir palabra por otros medios (gracias a Dios por ellos). Pero el Nuevo Testamento no presenta al creyente aislado como ideal de madurez. ¿Acaso alguien se ha topado, en lo natural, con una oveja empeñada en ser “la oveja independiente”? ¿Cuánto durará con vida? Es evidente que toda oveja necesita un pastor y un rebaño. Pues precisamente Jesús llamó a sus discípulos ovejas y a su Iglesia “manada pequeña”, y les mandó esperar juntos la venida del Espíritu Santo y así perseverar unidos. Cuando dos tristes ovejas se separaron del rebaño, Él mismo fue a buscarlas y las halló camino a Emaús, completamente desorientados. ¿Qué hizo el buen pastor? Hacer que regresaran al seno de la congregación para ver cómo el Resucitado ascendía y cómo la misión explotaba el día de Pentecostés, en aquel aposento alto.

La fe cristiana no es nómada: tiene rebaño, tiene familia, y habitación, mesa, rostro conocido, corrección, peticiones de perdón, hermanos que saben cuándo tu voz suena apagada...

Pablo añade: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:26-27).

Ahí está una de las señales más claras de pertenencia. Lo que le pasa al otro me afecta. Su dolor no me resulta ajeno y su honra me causa alegría. Cuando uno entiende el cuerpo, deja de relacionarse con la Iglesia como espectador. Y eso implica un precio, porque el espectador opina mucho y suda poco.

El abandono casi nunca empieza haciendo ruido

Hebreos 10:25 es un texto repetido en muchas iglesias, a veces con tono de reproche, otras con preocupación pastoral. Dice así: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:25).

La frase no trata de una ausencia puntual. Todos atravesamos circunstancias. Hay enfermedad, trabajo, viajes, turnos imposibles, crisis familiares. El problema señalado en Hebreos es más hondo: convertir el alejamiento en costumbre. Dejar que la distancia se instale. Acostumbrarse a vivir sin el calor de la comunión.

Ese abandono rara vez empieza con un portazoComienza con una pequeña retirada interior. Uno se sienta un poco más lejos. Luego deja de servir. Después deja de hablar lo que le duele. Empieza a interpretar todo desde la sospecha. Ya no ora por la casa; la evalúa. Ya no busca sanar la herida; la conserva. Y un día descubre que lleva meses mirando desde fuera lo que antes ayudaba a levantar.

Hay abandonos que rompen algo sagrado, pues la comunión no es un accesorio de la vida cristiana. Más bien, la perseverancia en el cuerpo forma parte de la obediencia.

Ser Iglesia implica saber dónde Dios te plantó. Implica aceptar que tu vida espiritual no fue diseñada para caminar sola y que necesitas a tus hermanos tanto como ellos te necesitan a ti.

Cuando la Iglesia se convierte en producto

A menudo podemos caer en el error de trasladar a la Iglesia la mentalidad del consumidor.

Hay quien vive la congregación como un gimnasio del alma. Va para fortalecerse, escuchar algo que le active, recuperar ánimo y volver a la semana con más energía. Todo eso puede estar bien en su lugar. El problema aparece cuando la casa de Dios queda reducida a una instalación útil para mejorar mi rendimiento interior. En un gimnasio no me piden que ame al que entrena al lado. Uso la máquina, termino mi rutina y me marcho.

Otros viven la Iglesia como hotel. Se sienten bien durante una temporada; les gusta el ambiente; descansan un poco. Pero no hacen de ese lugar su casa. En un hotel, a diferencia de un hogar, uno no dice a dónde va si sale, o a qué hora regresará. El huésped paga, duerme, desayuna y sigue su ruta. Hay creyentes que tratan así la comunión. Agradecen lo recibido, pero no se sienten parte de una familia.

También está la mentalidad de restaurante. Si el menú agrada, vuelvo. Si el plato no sale como esperaba, busco otro sitio. Si el servicio tarda, me impaciento. Si la predicación no toca mi apetito de ese día, salgo pensando que aquello no me alimentó. El centro deja de ser Cristo formando un pueblo, para pasar a girar todo alrededor de mi gusto.

La Iglesia local no puede vivirse así. Una familia no funciona por suscripción. La casa de Dios no se levanta con usuarios satisfechos, sino con hijos que han entendido el pacto.

Un pacto protege las relaciones: significa que mi ‘sí’ no depende de mi humor. Significa que no rompo el vínculo a la primera incomodidad. Que digo algo antes de desaparecer. O que busco reconciliación cuando la carne preferiría castigar con distancia. La vida de Iglesia, cuando es verdadera, desemboca en roce, y, ese roce, si dejamos que Dios lo use, nos hace madurar.

El templo se puede herir

La advertencia de Pablo en 1 Corintios 3:17 debería producir temor santo: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.”

Destruir el templo no se limita a dañar un edificio; Pablo habla de la comunidad. Se puede herir la Iglesia con división. Se puede debilitar la casa con murmuración. Se puede romper la paz mediante una carnalidad que siempre encuentra excusas nobles para justificar su dureza. Hay personas que no se van solas; intentan llevarse a otros dentro de su herida. Eso es grave.

Yo me cuido mucho de tocar la Iglesia del Señor con manos sucias. No porque la Iglesia local sea perfecta. Ninguna lo es. Está formada por personas en proceso, empezando por quienes la pastoreamos. Pero hay una diferencia clara entre señalar una grieta para repararla y agrandarla para demostrar que uno tenía razón.

Cristo ama a su Iglesia y la cela. Pablo lo expresa así: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:28-30).

Cristo sustenta a la Iglesia y la cuida. Quien vive unido a Cristo debe aprender a mirarla con sus ojos. Esto no significa negar los defectos o el pecado. Se trata, más bien, de honrar la casa con reverencia bíblica, incluso cuando debe ser corregida.

Hechos 9 contiene una escena decisiva. Saulo perseguía a los creyentes, pero el Cristo glorificado le salió al encuentro: “Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 9:4-5).

Saulo tocaba a los discípulos. Jesús dijo: “me persigues”. La cabeza se identifica con el cuerpo. Lo que se hace contra la Iglesia toca a Cristo. Lo que se hace por ella también y será recompensado.

Habitar juntos implica unción

El Salmo 133 no habla de una reunión bonita. Habla de hermanos que habitan juntos, en armonía. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Salmo 133:1-3).

Habitar exige algo más que coincidir. Habitar supone permanencia. Hay olor de casa en esa palabra. Uno habita donde aprende a quedarse. Donde la presencia de los hermanos deja de ser decorado religioso y empieza a ser parte del modo en que Dios nos forma.

“Allí envía Jehová bendición”. Allí. En ese lugar de comunión real. En ese espacio donde los hermanos no solo se cruzan, sino que aprenden a caminar bajo el mismo techo espiritual. La unción del salmo desciende. No aparece como una chispa aislada para individuos autosuficientes. Corre por la cabeza, baja por la barba, alcanza las vestiduras... Hay una bendición especial que Dios derrama sobre la comunión de la iglesia.

Los que somos parte de una congregación lo hemos experimentado. ¿Por qué es esto tan importante? Porque Jesús prometió que donde dos o más estemos congregados en su nombre, Él estará en medio nuestro (Mateo 18:20). Y que, si nos poníamos de acuerdo al pedir cualquier cosa, sería oída y contestada la petición (Mateo 18:19). Jesús ha prometido que nuestra unión sería recompensada con su presencia y con un gran poder en la oración.

Permanecer también es espiritualidad

A veces reducimos la espiritualidad a momentos intensos: una palabra que nos sacude o una canción que nos quebranta. Todo eso tiene su lugar. Pero hay una espiritualidad menos vistosa y quizá más pura: permanecer.

Llegar cuando toca, y ser puntuales, también es adoración. Preparar una clase para niños también es altar. Sostener la obra con fidelidad puede ser intercesión. Sujetar la lengua cuando apetece criticar también entra dentro de la guerra espiritual. Pedir perdón antes de que el orgullo endurezca el corazón también demuestra madurez.

Efesios afirma: “En quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:21-22).

“Juntamente edificados”. Ahí está el golpe a nuestro individualismo. Dios no me edifica como piedra suelta en un descampado. Me coloca junto a otros, me ajusta, me pule, me obliga a descubrir que mi vida afecta a la casa.

Mi ausencia deja hueco y mi fidelidad anima. Mi pecado contamina, mi servicio levanta y la sencilla oración que elevo sostiene más de lo que imagino. Una comunidad madura necesita recuperar el peso de esta verdad: cada miembro importa.

Cristo no derramó su sangre para reunir creyentes transeúntes, sin forma y sin compromiso visible. Compró una Iglesia, la lava con su Palabra, la alimenta con su gracia y la presentará gloriosa delante de sí.

Por eso la pregunta inicial no es un juego de palabras. Toca el centro de nuestra manera de vivir la fe. Ir a la iglesia puede ser el primer paso. Ser Iglesia es dejar que Cristo nos inserte en un cuerpo, nos siente en una casa y nos enseñe a vivir como familia de Dios.

Cristo no viene por visitantes; viene por su Iglesia; y quien pertenece a Cristo hará bien en aprender a amar aquello por lo que Cristo se entregó.

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros