Carta a mis hermanos en política

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Carta a mis hermanos en política
Carta a mis hermanos en política

Gracias por entrar en un terreno áspero. Gracias por aceptar una vocación expuesta, incómoda y muchas veces ingrata. Gracias por permanecer en un espacio donde abundan la sospecha, la presión, la negociación constante, la tentación del cálculo, el desgaste interior y la incomprensión. Gracias por no rehuir un ámbito del que tantos se apartan y al que, sin embargo, el Evangelio no puede ser ajeno. Sois valientes. Y os necesitamos. Más aún: el mundo os necesita.

Vivimos días malos. Abundan los Amán, los Herodes y los faraones; escasean las Ester, los Mardoqueos y los Josés. Por eso vuestra presencia en medio de la vida pública no es un detalle menor: es una necesidad de este tiempo.

Conviene que lo recordéis una y otra vez: Dios os ha puesto ahí. Y ese lugar de influencia no os ha sido dado para sacar ventaja personal, ni para engordar el yo, ni para blindar la comodidad, ni para hacer carrera como quien asciende por una escalera construida con silencios culpables. El profeta Isaías denunció con severidad a Sebna, aquel mayordomo que convirtió su posición en plataforma para sí mismo y no en servicio fiel al pueblo y a la voluntad de Dios (Isaías 22:15-25). Toda responsabilidad pública corre ese riesgo: el de usar la altura para beneficio propio en vez de convertirla en atalaya, en carga y en obediencia.

Tampoco se os ha dado ese lugar para vivir encerrados en palacio, como si la cercanía al poder pudiera justificar la lejanía del sufrimiento real de la gente. Ahí estuvo Ester por un momento: en el recinto protegido, en la quietud cómoda de la corte, en la aparente seguridad del silencio. Hasta que Mardoqueo le lanzó una de las frases más importantes de toda la Escritura: “Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14).

Esa es la pregunta decisiva: ¿qué hora marca el reloj profético? ¿Para qué hora habéis llegado ahí? ¿Qué tiempo es este?

Es hora, sin duda, de convicciones valientes.

Es hora de hombres y mujeres que no se doblan.

Es hora de presencia santa en lugares contaminados.

Es hora de recordar que la política, sin verdad moral, termina convirtiéndose en pura administración de intereses, y que el poder, sin temor de Dios, acaba creyéndose inocente incluso cuando se mancha las manos.

Pero también es hora de lo sobrenatural.

Cuando Dios ha colocado a siervos suyos en la esfera política, muchas veces los ha respaldado de manera poderosa para que no solo destaquen por sus capacidades naturales, sino para que también quede en evidencia que hay un Dios vivo, que sigue hablando y sigue obrando. Basta volver a las Escrituras y a la historia: los jóvenes hebreos en el horno de fuego, Daniel en el foso de los leones, Mardoqueo prevaleciendo sobre Amán, José interpretando sueños delante de Faraón, el joven profeta declarando juicio contra el altar de Betel.

Y, más cerca de nosotros, figuras como William Wilberforce, el pastor Hsi, Jimmy Yen o testimonios contemporáneos de creyentes que sirven a Dios desde la responsabilidad pública, como Milagros Jáuregui. En todos esos casos encontramos huellas innegables del paso de Dios por los gobiernos y las naciones, usando a hijos e hijas suyos en la vida política.

Por eso os digo: no aceptéis la mentira de que para sobrevivir en política hay que diluir el alma. No creáis a quienes os susurran que la integridad estorba, que la pureza sobra, que la conciencia debe aprender a negociar con la penumbra, que la fidelidad sin concesiones es ingenua o improductiva. No vendáis vuestros principios. No llaméis pragmatismo a lo que en el fondo sería claudicación. Que vuestra prosternación sea solo ante el Rey y ante sus principios.

Si vosotros no preserváis los valores del Reino en un mundo tan oscuro como el del poder, ¿quién lo hará? Vuestro compromiso último no es con la derecha ni con la izquierda. No es con la tribu ideológica ni con el aplauso sectorial. No es con el populismo de un signo ni con el elitismo del otro. Vuestro compromiso es con la verdad, con la justicia, con la misericordia, con la humildad y con el espíritu del Sermón del Monte. Ahí está vuestra patria más alta. Ahí está vuestra medida y vuestra lealtad decisiva.

Y por eso mismo necesitamos vuestra integridad. Porque sobre vosotros es invocado su Nombre (2 Timoteo 2:19). Antes que alcaldes, senadores, diputados, presidentes, comisionados o concejales, sois embajadores del Reino de los cielos. Esa es la dignidad más alta (lo sabéis), pero también es el compromiso más sublime. No lo traicionéis.

Es tiempo de voces conciliadoras: Maquiavelos sobran

¡Qué tentadores son los extremos! ¡Cuán fácilmente la política se convierte en un teatro de trincheras, simplificaciones y caricaturas! ¡Qué rápido uno empieza a hablar no para buscar el bien, sino para aplastar, humillar, incendiar o alimentar a los suyos! Es muy fácil terminar habitando una lógica donde el adversario deja de ser un ser humano y pasa a ser solo un obstáculo, una amenaza o un blanco.

Pero vosotros estáis llamados a otra vida. Estáis llamados a escuchar cuando todos interrumpen. A conservar la dignidad cuando otros degradan. A hablar con firmeza sin contaminaros de odio. A no perder la visión del Cordero en medio de un mundo de lobos. Sé que esto puede sonar poco útil para quienes creen que el ascenso político exige cinismo, dureza implacable y una moral camaleónica. Pero la pregunta no es qué método resulta más rentable a corto plazo; la pregunta es otra: ¿queréis llegar lejos o queréis llegar limpios? Y, sobre todo: ¿queréis servir en la historia con Dios o sin Dios?

¿Qué haremos si, al llegar la hora más difícil de la noche de la tierra, nadie vela, nadie guarda y todos duermen? Hace falta un despertar de las conciencias. Es urgente frenar la carrera hacia el despeñadero. Esperamos que orientéis vuestras decisiones públicas hacia la paz, la solidaridad, la dignidad del ser humano y el bien verdadero de los pueblos. En manos de maquiavelos, el timón de las naciones termina tarde o temprano precipitándonos al naufragio: chocaremos unos con otros y, al final, contra Dios, la Roca que este siglo pretende ignorar.

El cielo os llama a otra altura. No a la altura del cargo, sino a la del carácter. No a la notoriedad, sino a la nobleza. No a la mera gestión del presente, sino a la construcción de un legado. Estáis llamados a ser hombres y mujeres que amen a sus gobernados más que a su propia biografía; que piensen en generaciones y no solo en legislaturas; que vivan y decidan de tal manera que sus nietos no hereden vergüenza, sino una memoria honorable. En ese sentido, resuenan con fuerza las palabras de Abraham Lincoln: “No sé quién fue mi abuelo; me importa mucho más saber qué será su nieto”. Al final, esa es una de las medidas más serias del liderazgo: qué clase de legado deja tras de sí y qué testimonio siembra en los que vendrán.

Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a seguir orando por vosotros, tal como recomendó el apóstol Pablo: “Pero sobre todo (oren) por los gobernantes y sus gobiernos, para que presidan bien, de modo que podamos dedicarnos tranquilamente a nuestro oficio de vivir de forma sencilla” (Biblia El Mensaje de Eugene H. Peterson). Ese es nuestro compromiso: sosteneros en oración para que no os falte luz en medio de la complejidad, ni valentía en medio de la presión, ni limpieza en medio de la ambigüedad, ni temor de Dios en medio de los aplausos.

Y os ruego una cosa más. Cada vez que tengáis que tomar una decisión importante; cada vez que vayáis a firmar, decir, apoyar, subvencionar, aprobar o legislar algo; cada vez que os encontréis ante una disyuntiva donde quizá el beneficio político tire en una dirección y la conciencia en otra, haced una pausa. Cerrad los ojos un instante y preguntaos en lo secreto: ¿Esto provocará el aplauso del cielo? ¿Dibujará una sonrisa en el rostro de Aquel que se sienta en el trono? ¿Será considerado fidelidad en la patria eterna, aunque aquí abajo me haga perder popularidad, alianzas o futuro?

Porque llegará el día en que no importará tanto lo que dijeron las encuestas, ni lo que concedieron los pactos, ni lo que celebraron las tribunas, sino si fuisteis fieles. Si permanecisteis de pie. Si no os vendisteis. Si honrasteis al Rey cuando estabais rodeados de otros reinos.

Quiero ceder la palabra final a Martin Luther King Jr., cuya lucidez sigue siendo necesaria en esta hora convulsa. Sus palabras, tomadas del libro La Fuerza de Amar, nos recuerdan que la política sin amor termina devorándose a sí misma, y que la humanidad no será salvada por la venganza, sino por el bien, la bondad y la fuerza moral del Evangelio:

“Ya no nos podemos permitir el lujo de ‘pasar al otro lado del camino’. A una locura de este tipo se le llamaba antes debilidad moral; hoy conduce a un suicidio universal. No podemos sobrevivir mucho más separados espiritualmente en un mundo geográficamente unido. En un último análisis, yo no puedo ignorar al herido del camino de Jericó, porque es una parte de mí mismo. Su sufrimiento me empequeñece y su salvación me enaltece”.

“Los océanos de la historia están agitados por las olas incesantes de la venganza. El hombre no se ha elevado nunca por encima del orden de la ley del talión: ‘vida por vida, ojo por ojo, diente por diente’. A pesar de que la ley de la venganza no resuelve ningún problema social, los hombres continúan siguiendo sus desastrosos imperativos. La historia está llena de ruinas de naciones y de individuos que han seguido este camino erróneo. Desde lo alto de la cruz, Jesús ha proclamado solemnemente una ley más alta. Sabía que la vieja filosofía del ‘ojo por ojo’ dejaría ciego a todo el mundo. No intenta vencer el mal con el mal. Vence el mal con el bien. Crucificado por el odio, responde con amor. ¡Qué magnífica lección! Solamente la bondad puede extirpar el mal. Solamente el amor puede vencer al odio”.

Hermanos y hermanas en política: sed firmes, conservaos limpios; sed veraces y valientes; sed mansos y justos. Y cuando todo alrededor os empuje a pactar con la oscuridad, recordad quién os llamó, para qué os llamó y ante quién habréis de rendir cuentas.

Con todo mi respeto, gratitud y oración.

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