Se buscan: genuinos hombres y mujeres de Dios

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Se buscan: genuinos hombres y mujeres de Dios
Se buscan: genuinos hombres y mujeres de Dios

Vivimos un tiempo paradójico para la fe cristiana. Nunca hubo tantos recursos, plataformas, discursos y oportunidades para hablar de Dios, y, sin embargo, pocas épocas han estado tan marcadas por la liviandad espiritual.

La expresión bíblica “hombre de Dios”, lejos de ser un arcaísmo piadoso, emerge hoy como una categoría crítica, casi subversiva, frente a un liderazgo religioso hipertrofiado en lo visible y anémico en lo interior. Este artículo nace como una reflexión analítica y pastoral, dirigida a creyentes en general y, de manera particular, a pastores y líderes, con un objetivo claro: recuperar identidad, profundidad espiritual y envío responsable.

Un llamado personal en un tiempo crítico

Cuando el apóstol Pablo escribe a Timoteo y le dice: “Mas tú, oh hombre de Dios…” (1 Timoteo 6:11), no está adornando una exhortación ni recurriendo a una fórmula retórica. Está trazando una línea divisoria. El “mas tú” introduce una contracultura espiritual: una forma distinta de vivir, de liderar y de pertenecer.

Esta interpelación resuena con fuerza en una época caracterizada —como han señalado diversos sociólogos de la religión— por la hiper profesionalización de lo religioso. Investigadores como Christian Smith1, sociólogo de la religión y profesor en la Universidad de Notre Dame, han advertido que buena parte del cristianismo contemporáneo, especialmente en contextos occidentales, ha derivado hacia lo que él denomina Moralistic Therapeutic Deism (Deísmo Moralista Terapéutico): un cristianismo funcional, terapéutico, orientado al bienestar personal, pero débil en términos de consagración, sacrificio y santidad.

Mucha actividad, mucha palabra, pero poco peso

Ser “de Dios”, en el contexto bíblico, no define una función, sino una condición espiritual. No se obtiene por nombramiento ni por visibilidad pública. No se hereda ni se proclama. Se cultiva en lo secreto y se reconoce por el fruto. Aquí comienza el verdadero conflicto de nuestro tiempo.

¿Qué significa realmente ser “de Dios”?

Decir que alguien es “de Dios” implica una afirmación radical en al menos tres dimensiones inseparables: pertenencia, representación y correspondencia de carácter.

  • En primer lugar, pertenencia. Un hombre o una mujer de Dios no se pertenece a sí mismo. Su vida ha sido rendida, comprada y entregada. El lenguaje paulino es deliberadamente fuerte: “Habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:20). Esta afirmación choca frontalmente con el imaginario moderno de la autonomía absoluta, incluso dentro de la Iglesia. No se trata de alguien que “trabaja para Dios” en horarios definidos, sino de alguien cuya vida entera le pertenece.
  • En segundo lugar, representación. En términos bíblicos y culturales, un “hombre de Estado” representa al Estado; su conducta compromete a aquello que encarna. De la misma manera, quien es de Dios lo representa delante de los hombres. Por eso Pablo afirma: “Somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:20). El mensaje nunca puede desligarse del mensajero sin consecuencias.
  • Finalmente, correspondencia de carácter. Decimos “hombre de palabra” o “mujer de integridad” porque existe coherencia entre lo que alguien dice ser y lo que realmente es. El hombre o la mujer de Dios reflejan, de forma progresiva y real, el carácter de Aquel a quien pertenecen: verdad, santidad, misericordia, justicia, fidelidad. No perfección, pero sí coherencia.

Un título espiritual mayor, no un adorno religioso

En la Escritura, la expresión “varón de Dios” no es un cumplido piadoso ni un título honorífico vacío. Es una designación espiritual de alto rango. No todos los profetas reciben este nombre, pero todos los que lo reciben comparten un rasgo en común: vivían delante de Dios antes de hablar en su nombre.

Moisés, Samuel, Elías, Eliseo y, de manera significativa, Timoteo, son llamados así no por su carisma, sino por su pertenencia. El énfasis bíblico nunca recae en lo que hacían, sino en su íntima amistad con Aquel a quien pertenecían. Esta lógica contradice frontalmente la cultura del liderazgo contemporáneo, donde el hacer suele preceder al ser, y la visibilidad sustituye a la fidelidad.

Investigaciones recientes del Barna Group2 muestran que solo una minoría de líderes cristianos jóvenes mantiene prácticas espirituales profundas y sostenidas fuera del ámbito público. En su informe The State of Pastors y en estudios posteriores sobre discipulado y liderazgo, Barna advierte de una brecha creciente entre plataforma ministerial y vida devocional personal, señalando esta desconexión como uno de los mayores riesgos para la credibilidad del liderazgo cristiano.

Amigos de Dios: una identidad relacional

La Biblia no solo habla del Dios de Abraham; también nos permite ver a Abraham como el hombre de Dios. La identidad es relacional y bidireccional. Dios se deja conocer por aquellos que caminan cerca de Él. “No hará nada Jehová el Señor sin revelar su secreto a sus siervos” (Amós 3:7).

La revelación, insiste el texto bíblico, no procede del cargo, sino de la cercanía. Esta idea ha sido ampliamente confirmada por estudios contemporáneos sobre liderazgo espiritual saludable. Autores como Dallas Willard y Eugene Peterson3 han subrayado que la autoridad espiritual auténtica no se impone ni se gestiona, sino que emerge de una vida interior profundamente arraigada en Dios.

La autoridad espiritual no se decreta; se percibe. Y quien pasa tiempo con Dios termina pareciéndose a Dios.

El peso espiritual: la categoría olvidada

Una de las afirmaciones más incómodas de la Escritura es que no todo ser humano tiene peso espiritual. El salmista lo expresa sin romanticismo: “Pesándolos a todos igualmente en la balanza, serán menos que nada” (Salmos 62:9). Daniel capítulo 5 lleva esta verdad al terreno narrativo cuando Belsasar es confrontado: “Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto”.

Dios no mide carisma, ni seguidores, ni impacto mediático. Pesa la vida interior. El peso espiritual se manifiesta en la capacidad de sostener obediencia en lo secreto, santidad bajo presión e integridad cuando nadie mira. Daniel, José, David y el propio Jesucristo no improvisaron su peso; lo cultivaron en la presencia.

La psicología aplicada al liderazgo y al acompañamiento pastoral ha confirmado este principio. Estudios sobre resiliencia espiritual y liderazgo sostenible4 señalan que los líderes con mayor estabilidad emocional y espiritual no son necesariamente los más dotados, sino aquellos con prácticas interiores consistentes: oración, reflexión, silencio y coherencia de vida.

De nuevo, el peso espiritual no se improvisa. Se forma lentamente y, casi siempre, en silencio.

La vida de monte: una teología olvidada

En la Biblia, el monte no es geografía; es teología espiritual. Representa separación, encuentro, revelación y comisión. Moisés no liberó al pueblo antes de aprender a permanecer delante de Dios. Elías descubrió que el poder impresiona, pero la intimidad transforma. Eliseo fue reconocido por la santidad perceptible de su vida, antes que por sus milagros.

Incluso Jesús, el Hijo de Dios, necesitó el monte. Los evangelios insisten en su hábito de retirarse a orar, de pasar noches enteras en comunión con el Padre (Lucas 6:12). Este dato debería inquietar profundamente a cualquier líder cristiano que viva permanentemente en la llanura de la actividad.

“Mas tú…”: una vida consciente y militante

En 1 Timoteo 6, Pablo contrasta dos modelos irreconciliables: quienes usan la piedad como medio de ganancia y el hombre de Dios que huye, sigue, pelea y se aferraNo se trata de pasividad espiritual, sino de una milicia interior. Huir del pecado, seguir la justicia, pelear por la fe genuina y aferrarse a la vida eterna describen una conducta madura y consciente, no reactiva.

Este lenguaje resulta incómodo en una cultura eclesial que evita el conflicto interior y prefiere mensajes edulcorados. Sin embargo, sin esta conciencia militante, el liderazgo se diluye.

Enviados a dar testimonio de la luz

Juan 1:6–8 define con precisión el patrón del enviado: hombre, enviado, testigo; no la luz, sino su reflejo.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

Los hombres de Dios son enviados para dar testimonio de la luz. La Escritura establece una conexión directa entre ser hombres de Dios y ser enviados por Dios. No todo el que habla de Dios ha sido enviado por Él. El envío no es iniciativa humana; es comisión divina.

Por eso el Evangelio de Juan presenta a Juan el Bautista con estas palabras: “Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”.

Este texto nos da dos verdades esenciales para el liderazgo.

1. “Hubo un hombre enviado de Dios”

Juan no es presentado primero como profeta, predicador o reformador, sino como hombre enviado de Dios. El ser hombres de Dios precede al ministerio.

Un hombre de Dios no se auto envía, sino que será enviado; y es enviado cuando es realmente un hombre de Dios.

Si es Dios quien lo envía, eso le da legitimidad espiritual, aunque no tenga reconocimiento humano; le da, a su vez, autoridad para llevar a cabo la misión con respaldo divino (Dios va con Él en el envío).

2. “Este vino por testimonio”

El hombre de Dios no viene para entretener, convencer o impresionar, sino para dar testimonio. El testimonio no es una opinión; es una experiencia vivida. El centro del mensaje del hombre de Dios no es él mismo.

Juan no hablaba de su llamado, ni de su dieta, ni de su vestimenta. Todo eso era secundario. Su misión era una sola: dar testimonio de la luz.

Juan no predicaba teorías sobre la luz: había sido alcanzado por la luz. Muchos quieren hablar en nombre de Dios sin haber estado antes delante de Dios. El hombre de Dios no transmite solo información religiosa, sino vida espiritual. Su mensaje no nace de libros, sino de encuentros.

“No era él la luz”. Esta frase es una de las mayores señales de madurez espiritual. Juan sabía perfectamente quién era… y quién no era. Un hombre de Dios:

• No se cree indispensable.

• No se confunde con el mensaje: el mensajero no es el mensaje.

• No ocupa el lugar que pertenece a Cristo.

Juan entendió algo crucial para todo discípulo: ser enviado no significa ser el centro. “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Cuando un ministerio empieza a girar alrededor de la persona y no de Cristo, deja de ser testimonio de la luz y se convierte en sombra.

Jesús, el Hombre de Dios por excelencia

Toda reflexión cristiana auténtica culmina en Jesús. Él fue enviado por el Padre, formado en la intimidad, obediente hasta la cruz y testigo perfecto de la luz. “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Jesús no solo es el objeto de nuestra fe; es el modelo absoluto de liderazgo: profundidad interior, obediencia visible y entrega sacrificial.

Conclusión

Dios sigue buscando personas de Él, con peso espiritual, con vida de monte, enviadas —no auto enviadas— y testigos fieles de la luz. Personas que sepan decir: “yo no soy la luz”. Hombres y mujeres que vivan como Jesús vivió, y venzan su sombra para ser una poderosa luz. Solo así la Iglesia podrá recuperar su voz profética sin perder su alma. Dios sigue buscando:

La pregunta decisiva de nuestro tiempo no es “¿qué haces para Dios?”, sino “¿qué eres?” y “¿a quién perteneces realmente?”.

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Notas

Smith, Christian & Denton, Melinda. Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers. Oxford University Press, 2005; Smith, Christian. Souls in Transition. Oxford University Press, 2009.

Barna Group. The State of Pastors, 2017; Barna Group. Resilient Disciples, 2019.

Willard, Dallas. The Spirit of the Disciplines. HarperOne, 1988; Peterson, Eugene. Working the Angles. Eerdmans, 1987.

Benner, David G. Care of Souls. Baker Academic, 1998; Scazzero, Peter. Emotionally Healthy Spirituality. Zondervan, 2006.

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