Cuando nadie nos está mirando

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Cuando nadie nos está mirando
Cuando nadie nos está mirando

Un líder puede llenar auditorios, inspirar equipos, tomar decisiones acertadas y hablar de Jesús con claridad. Puede ser reconocido, respetado y considerado imprescindible.

Y, sin embargo, quizá nadie sepa cómo es realmente cuando cierra la puerta de su despacho, apaga el micrófono o llega a casa después de un día difícil.

Porque el verdadero carácter no suele revelarse en la plataforma, sino en los espacios donde no hay aplausos, cámaras ni personas a las que impresionar.

Ahí surge la pregunta que todo líder cristiano debería hacerse de vez en cuando: ¿soy la misma persona cuando estoy delante de la gente que cuando nadie me está mirando?

Puedo aprender a predicar mejor, dirigir equipos, gestionar conflictos, elaborar estrategias, llenar agendas e incluso conseguir resultados extraordinarios. Puedo crecer en influencia y responsabilidad. Pero nada de eso garantiza que esté creciendo al mismo ritmo en carácter.

Y ahí encuentro una de las grandes brechas del liderazgo cristiano.

El Movimiento de Lausana lleva años advirtiendo de este peligro y lo ha vuelto a poner sobre la mesa dentro de la Brecha 18: «Desarrollar líderes con carácter». No necesitamos simplemente más líderes ni líderes más competentes. Necesitamos hombres y mujeres cuya manera de vivir se parezca cada vez más a Jesús.

Porque mi liderazgo puede impresionar desde lejos y, sin embargo, preocupar cuando alguien se acerca.

La distancia entre lo que decimos y lo que somos

El Compromiso de Ciudad del Cabo hace una afirmación difícil de esquivar: «No hay misión bíblica sin vida bíblica».

En otras palabras, el mensajero también forma parte del mensaje.

Puedo predicar sobre gracia, pero ¿soy una persona con la que resulta fácil equivocarse?

Puedo hablar de comunidad, pero ¿tengo relaciones suficientemente profundas como para que alguien pueda preguntarme cómo estoy de verdad?

Puedo enseñar sobre humildad, pero ¿qué ocurre cuando alguien cuestiona mis decisiones?

Puedo predicar sobre generosidad, pero ¿cómo manejo mi dinero?

Puedo hablar de verdad, pero ¿soy igual de riguroso cuando cuento mis resultados, números y éxitos?

Predico a Cristo, pero la pregunta inevitable es: ¿se parece mi manera de liderar a Cristo?

Eso es coherencia.

La integridad no significa perfección. Significa que mi vida no está dividida en compartimentos independientes: el líder público por un lado y la persona privada por otro; lo que predico y lo que practico; lo que exijo a los demás y lo que permito en mí mismo.

El peligro de que el ministerio «funcione»

Quizá uno de los mayores peligros para mi carácter no sea el fracaso, sino precisamente el éxito.

Cuando las cosas funcionan, la gente me escucha. Cuando crece mi influencia, aumenta mi capacidad de decidir. Y cuando aparecen los resultados, puedo empezar a justificar pequeñas incoherencias porque, al fin y al cabo, «Dios está bendiciendo».

Christopher Wright, hablando en el contexto de Lausana, relacionó tres grandes idolatrías con tres respuestas profundamente cristianas: frente al poder, humildad; frente al éxito, integridad; frente a la avaricia, sencillez.

La integridad me obliga a hacerme una pregunta diferente.

No solamente: ¿funciona?

Sino también: ¿es fiel?

Porque puedo alcanzar un buen objetivo de una manera que no se parece en nada a Jesús.

Puedo hacer crecer una organización mientras disminuye mi alma. Puedo ganar reconocimiento mientras pierdo capacidad de ser corregido. Puedo conseguir resultados mientras utilizo a las personas para alcanzarlos.

El Reino de Dios no necesita simplemente resultados cristianos. Necesita también maneras cristianas de alcanzarlos.

Antes que líderes, discípulos

Quizá hemos profesionalizado demasiado el liderazgo cristiano.

Hablamos de visión, estrategia, comunicación, equipos, estructuras y competencias. Todo eso tiene su lugar. Pero Lausana nos recuerda algo mucho más elemental: antes de ser líderes tenemos que seguir siendo discípulos de Jesús.

Mi principal peligro aparece cuando dejo de reconocer que yo también necesito ser pastoreado, corregido, enseñado y acompañado.

Jesús nunca dijo: «Aprended técnicas de liderazgo de mí».

Dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

El liderazgo cristiano comienza precisamente ahí.

No necesito solamente aprender a hacer lo que Jesús hacía. Necesito parecerme a Jesús mientras lo hago.

Necesitamos personas que puedan acercarse

Hay otra realidad incómoda: cuanto más crece mi responsabilidad, más fácil resulta que me quede solo.

Puedo estar rodeado de personas y no ser realmente conocido por nadie.

Puedo tener cientos de personas que reciben algo de mí y ninguna que tenga permiso para entrar verdaderamente en mi vida.

Por eso la rendición de cuentas no debería entenderse como un mecanismo de vigilancia para líderes problemáticos. Es una expresión normal del discipulado cristiano.

Necesito personas delante de las cuales no tenga que demostrar nada.

Personas que puedan preguntarme por mi matrimonio, mis relaciones, mi dinero, mi sexualidad, mi orgullo, mis motivaciones, mis miedos o mi manera de ejercer el poder.

Y necesito haberles dado permiso para decirme algo que quizá no quiero escuchar.

El aislamiento protege mi imagen. La comunidad protege mi carácter.

La integridad también es misión

Todo esto va mucho más allá de mi salud personal como líder.

Tiene que ver con la credibilidad del evangelio.

Puedo dedicar enormes esfuerzos a explicar a nuestra sociedad quién es Jesús, pero mi vida también está explicando quién es Jesús.

Por eso una crisis de carácter nunca afecta solamente al líder que cae. Afecta a familias, iglesias, equipos, personas que confiaron en él y, en ocasiones, a quienes observaban desde fuera preguntándose si aquello que anunciaba era realmente verdad.

La Brecha 18 no debería llevarme simplemente a preguntarme cómo encontrar mejores líderes.

Debería obligarme a preguntarme qué clase de líder estoy llegando a ser.

Quizá podría comenzar con algo muy sencillo.

Pensar en las personas que solamente me conocen desde una plataforma, una reunión, una predicación o una responsabilidad ministerial.

Y después pensar en quienes comparten mi mesa, mi casa, mis días malos y mis debilidades.

Y hacerme una última pregunta:

¿Reconocerían todos ellos a la misma persona?

Quizá la integridad consista precisamente en eso: en que cada vez exista menos distancia entre el líder que los demás ven y el discípulo que realmente soy delante de Dios.

El Encuentro Nacional de Lausana España 2026 tendrá lugar del 20 al 21 de noviembre en Guadarrama. Como anticipo de los temas que se van a tratar, publicamos esta serie de reflexiones sobre el carácter del liderazgo. Puedes tener más información sobre el encuentro y el Movimiento de Lausana aquí.

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