Sin miedo

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Sin miedo
Sin miedo

Cuando la noche caía traía consigo todos sus miedos. La oscuridad lo envolvía todo con su manto negro. Las tristezas se hacían mayores y la soledad insoportable.

El silencio cada vez se convertía en más pesado lastre. Sus peores pesadillas se convertían en realidad. Los monstruos temidos de la infancia se habían trasladado a vivir con ella y no hallaba una fácil solución.

Todos los días a la misma hora, a la puesta del sol, escuchaba el giro de la llave y el crujido de la puerta al abrirse, la que nunca decidió engrasar. Oía unos pasos tambaleantes y pesados y aquella respiración agitada tan característica.

Observaba ocultándose desde los rincones como una oronda sombra recorría la casa y la buscaba ansiosa a ella. Pero no había lugar seguro en aquel lugar, se escondía tanto como podía, pero más temprano que tarde la encontraba.

Y ese era el momento de las quejas, de las recriminaciones, de los insultos, de los golpes… Para ella nunca nada cambió, desde la niñez, en el hogar paterno, ya supo del maltrato.

Ahora no le era extraño, pero su quebradizo cuerpo se estaba consumiendo. Aquella noche tras la golpiza que desfiguró su rostro todo cambiaría.

Mientras la bestia dormía exhausta de tanta violencia y vencida por el alcohol, ella lavaba sus heridas sin atreverse a mirar su trémulo reflejo en el espejo.

Las lágrimas corrían por sus mejillas y se unían al río de sangre que brotaba de sus labios hinchados y de la nariz rota. Mientras el dolor la torturaba se preguntaba cómo un día pudo amar a aquel deshecho y cómo se dejó anular por el miedo.

Con una determinación desconocida por ella comenzó a recoger, en una simple bolsa de plástico, algunas de sus pertenencias. Agarró las llaves del coche, saqueó la cartera del energúmeno y salió de aquel infierno sin mirar atrás.

Ya al volante, sus maltrechos labios esbozaron una sonrisa esperanzadora mientras cantaba subiendo el volumen a la radio: Mejor vivir sin miedo.

Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor. -1 Tes 4:3-4

Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida… -1 Pedro 3:7

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. -Génesis 1:27

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