Igual que hay pequeños momentos mágicos de felicidad, también hay desdichas chiquititas, cotidianas, que roban el sueño y amargan el dulce.
No son grandes tragedias griegas ni catástrofes mundiales, son esas espinitas invisibles pero punzantes; ese arañazo superficial que escuece a rabiar al menor contacto, la raspadura del zapato que te hace insoportable andar dos pasos, el moretón en el brazo por el señor golpe con el picaporte que duele solo de mirarlo, la quemazón que te arde en la mano por la gota de aceite que te saltó, la amistad que se rompió, el examen suspendido, la cita cancelada, el malentendido con tu vecino…, aguijones en la carne que nos ponen en perspectiva.
Es el malestar casi imperceptible, el usual, hasta rutinario, poco visible, doloroso y, me atrevo a decir, necesario, pues se convierte en el punto de partida para ser más comprensivos, más tolerantes, más amables.
Todos tenemos a diario un naufragio chiquito, un pequeño dolor de cabeza, una factura imposible de pagar, una llamada inesperada y desesperada, un pisotón de la vida, una tormenta que capear… y dependerá de la actitud con que se enfrente, y de la empatía que se le añada, el superar el día a día sin ahogarse en el vaso de agua, porque a todos nos ha dolido, y nos duele, algo o alguien.
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[photo_footer] Foto: Marie Proročenko en Unsplash [/photo_footer]
Cuando pienso en mis naufragios chiquitos vienen a mi mente los grandes naufragios del apóstol Pablo…
Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. (2 Corintios 11:25-28)
Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13:34-35)
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Mati Sanchiz Rodríguez
