La prueba PISA y la lectura de la Biblia

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La prueba PISA y la lectura de la Biblia
La prueba PISA y la lectura de la Biblia

La lectura es una dinámica interactiva, que completa el sentido del texto; quien lee, recibe el estimulo de una mente ajena para pensar por cuenta propia. En esa medida, se trata del principal medio de resistencia contra las alertas unívocas y la lógica binaria de las redes. Juan Villoro

La comprensión lectora en estudiantes de 15 años está decayendo. La evaluación más reciente de la conocida como prueba PISA (Programme for International Student Assessment) muestra, en unos países más que en otros, un deterioro en la capacidad para comprender escritos que no sean los mensajes de unas cuantas palabras.

Considero que la baja también incide en la lectura de la Biblia.

La prueba PISA es aplicada a escolares de quince años en tres áreas: matemáticas, ciencias y lectura. El universo a evaluar fue una muestra de estudiantes de noventa y un países, que sumados alcanzaron a más de 760 mil adolescentes.

En cuanto a los resultados de la lectura, el director de la Organización para la Organización y el Desarrollo OCDE, Mathias Cornmann, dio a conocer que “En el caso de la comprensión lectora, el descenso entre 2022 y 2025 fue de 14 puntos de media en [los países que integran] la OCDE, sabiendo que 20 puntos es el equivalente del avance en el aprendizaje en un curso escolar. En diez años (desde 2015), el descenso acumulado fue de 28 puntos”.

Uno de los indicadores comunes para la baja comprensión lectora fue que “cuanto más tiempo se pasa con las pantallas para divertirse, peores son los resultados”, subrayó Cornmann.

Esto es así porque la lógica imperante en las pantallas de los teléfonos móviles (celulares en México), tabletas y computadoras es el incesante tránsito de mensajes cortos y fugaces.

Aunque la prueba PISA midió las habilidades lectoras de adolescentes, me parece que también tienen cabida en el diagnóstico otros grupos de edad. Unos y otros, los más jóvenes y los más longevos, con variantes, en general tienen déficit en su capacidad para desglosar textos más o menos largos. Y no me refiero a libros de cientos de páginas, sino a escritos de unas cuantas hojas.

La fugacidad y brevedad de los cientos, tal vez miles, de mensajes que son leídos en las pantallas atrofia la capacidad para mantener atención, más allá de segundos y uno o dos minutos, por parte de quienes son cautivados a través del caudal de información banal y escandalosa.

La generación evaluada por la más reciente prueba de la OCDE es inteligente para manejar tecnologías, sin embargo, esa inteligencia tiene graves problemas para concentrarse en la lectura de libros, dado que la concentración es un hábito contrario al “brincoteo” que va de un meme a brevísimos videos de TikTok.

La concentración es como un salmón desafiante de la corriente que le impide llegar a la meta. Contra todo, algunos salmones llegan.

El panorama aquí antes bosquejado tiene su manifestación en la lectura de la Biblia, actividad venida a menos en el mundo protestante/evangélico.

Sin duda hay ventajas de contar con múltiples traducciones de la Biblia en el celular y/o tableta. Aunque, lo mismo que con el contraste hecho por especialistas entre libros digitales y libros de papel, en el caso de la Biblia el encuentro con sus páginas impresas tiene efectos formativos que no proporcionan las versiones cibernéticas.

Como en otros temas en los cuales se hacen propuestas excluyentes, o que aparentemente lo son, creo que la postura de Jesús hace posible la conciliación entre polos que no tienen por qué ser opuestos.

Cuando a Jesús sus adversarios le ponían dilemas, para sorpresa de ellos Jesús respondía que era necesario hacer lo uno, sin dejar de hacer lo otro (Mateo 23:23).

A la luz de esto lo central no es el formato en que se lea, lo es que la lectura de la Palabra sea continua, reposada, así como que se adentre en nosotros.

Porque ya sea en versión digital o impresa el acercamiento discontinuo, apresurado y sin repercusiones conductuales en nuestra vida, no cumple con el mandato de Jesús, quien llamó a un estudio intenso de la Palabra. Lo hizo en Juan 5:39-40, cuando afirmó que el estudio a fondo de las Escrituras desemboca en seguirlo a él y, así, tener verdadera vida.

Sucede, como en las sociedades, que dentro de las comunidades protestantes/evangélicas es comprobable el deterioro de la comprensión lectora.

Es imprescindible diagnosticar por qué sucede esto, así como reforzar prácticas que acrecientan la comprensión, la escucha de y el diálogo con las Escrituras.

La lectura congregacional alternada, la memorización de pasajes, el estudio devocional, el estudio bíblico en células, la predicación bíblica expositiva y la lectura personal investigativa de la Biblia son herramientas que deben revalorarse.

Estas prácticas bien pueden ser revitalizadas con acercamientos creativos, que detonen en las generaciones casi netamente digitales hambre por el encuentro sosegado con la Palabra.

Porque el conocimiento de la Biblia solamente puede hacerse si hay disposición y disciplina para internalizar el habito del estudio en el que se invierte corazón, intelecto y voluntad.

Parte consustancial del discipulado es el aprendizaje continuo, en el cual la comprensión lectora es fundamental. Sí, hay que leer y aprender a hacerlo bien en contextos sociales y eclesiales en los cuales, mayormente, pululan las retacerías informativas, las consignas o slogans que se repiten incesantemente y, pretenden, dar ya digeridos ciertos contenidos a las audiencias.

En esta realidad cognitiva dominante, como dice parte del párrafo reproducido al inicio del presente artículo, crecer en nuestra comprensión lectora es el “principal medio de resistencia contra las alertas unívocas y la lógica binaria de las redes”.

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