De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que —contra-riamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida— el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento.
Nuccio Ordine
En tiempos de calor sofocante y de aridez cruenta la sombra de un árbol vivifica. Y más cuando bajo el árbol tiene lugar animada conversación sobre un libro leído en común. Los clubes de lectura potencian la obra que cada integrante del grupo lee para después dar sus pareceres y escuchar los que tienen otros y otras.
De manera espontánea un grupo de lectura que coordino se acomodó bajo un frondoso árbol. Normalmente las sesiones tienen lugar en un salón, pero los primeros que llegaron se pusieron a resguardo, como sala de espera, debajo de las ramas que les salvaban del potente sol y generosamente tendían su fresca sombra. Quienes se fueron agregando tomaron lugar en el mismo espacio e iniciamos la conversación en torno a un libro elegido un mes antes. La experiencia me hizo meditar acerca de la generosa sombra de los árboles, el frescor que nos envuelve cuando un clima ardiente nos sofoca. De la misma manera los libros, particularmente los clásicos, nos extienden sus brazos sobre nosotros para refrescarnos y continuar la brega.
En la era de los mensajes y lecturas breves, ante la fugacidad de los trending topics, el mar informativo donde abundan las olas de noticias carentes de sustento y opiniones que rinden tributo a las doctas tinieblas; acercarse a los libros clásicos es un remanso, semejante a dejarse acariciar por la sombra de un árbol que se yergue incólume, resistente a las plagas de la banalidad y cultura del entretenimiento incesante.
Definir las obras clásicas tiene vericuetos. Una posibilidad es considerar que los clásicos son capaces de trascender décadas y hasta siglos, a los que nuevas generaciones siguen acudiendo porque han pasado la prueba del tiempo que pone a los autore(a)s en su lugar. Un escritor o escritora que tuvo impacto por algunos años más tarde apenas y es recordado por un puñado de especialistas que los estudian académicamente. Otros y otras continúan en el gusto público. Sus libros se reimprimen porque hay demanda, aunque casi nada de costosa publicidad, solamente la posta que se va pasando dentro de la cofradía que forman los lectore(a)s consuetudinarios.
En Por qué leer los clásicos Italo Calvino comparte características que poseen ciertas obras para ser consideradas imprescindibles por quienes leen por mero gusto. No voy a glosar aquí las catorce consideraciones que hace el autor de Las ciudades invisibles, nada más mencionar la primera: “Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: estoy releyendo y nunca estoy leyendo”; y la novena: “Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después ‘tus clásicos’. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela”. Pregunto, ¿acaso las escuelas están proporcionando los elementos aludidos por Calvino?
Abundan listas de clásicos, con la advertencia de que deben leerse antes de morir. La sentencia anterior provocó que alguna vez comentara. al pie de uno de tales listados, lo siguiente: “Sí, habrá que leerlos antes de morir, porque ya después va a estar difícil”. Como sea, las recomendaciones son útiles, nos ayudan en la elección de una obra que múltiples voces tienen por clásica. Harold Bloom ofrece útiles pistas en dos de sus libros, El canon occidental y en Cómo leer y por qué. Nuccio Ordine escribió, fruto de su labor docente, libros que sirven como sextante para navegar en el intrincado océano libresco, destaco dos: Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal y Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir. Caminar por el sendero lector que sugiere Ordine, o combinarlo con otras posibilidades dependerá de cada quien, porque uno escoge, por variadas motivaciones, los libros, pero también hay libros que lo escogen a uno. De algo así trata El libro salvaje, de Juan Villoro.
Dice Eclesiastés, capítulo 3, que todo tiene su tiempo. Por muy clásico que sea un libro, una obra que haya trascendido tiempo y generaciones, no será leído con intensidad por más que se intente si todavía no le ha llegado su momento. Varias ocasiones comencé a leer Moby Dick, de Herman Melville, con avances irregulares y abandonos. Sabía que Jorge Luis Borges la tenía por obra maestra (“Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos”), pero mi acercamiento resultaba infructuoso. Fue en la parte más desoladora de la pandemia de COVID 19 cuando quedé absorto desde el contundente inicio hasta la conclusión, que es un eco de la tragedia de Job.
Hay grandes bosques literarios, donde cada árbol brinda una sombra particular, a la que se allegan gustosamente los lectore(a)s. Cuando la misma sombra es compartida en un grupo el ejercicio de la lectura personal se torna más enriquecedor. Coincidir en la misma obra con otro(a)s, en un club de lectura, es uno de los mayores gozos cognitivos. Los clásicos liberan su poder cuando hay ojos que los recorren y dejan huellas no nada más en las pupilas, sino en la vida de quienes los reconocen como amigos de andanzas.
