La cultura libre nace en el mundo comercial. Gutenberg era empresario, Leonardo contratista, Erasmo freelance. Nace al margen de la universidad, y hasta en contra. Erasmo, Descartes y Spinoza rechazaron dar cátedra universitaria. No querían ser profesores, sino contertulios y autores. Frente al saber jerárquico, autorizado y certificado que se imparte en las universidades, prefirieron la conversación y la lectura. Gabriel Zaid.
La tendencia dominante no es saber, sino poseer la credencial que certifica el pretendido saber especializado. La búsqueda de la “credencialización” del saber sustituye al deseo de conocer y producir conocimiento en el área preferida/elegida.
Ya sea por prestigio y/o para ser más competitiva la persona en determinado campo, es intensa la carrera por obtener títulos, los cuales facilitarían el acceso a determinados puestos en el mercado laboral.
Quiero clarificar que no estoy en contra de los posgrados, sino más bien de la búsqueda frenética de un título que, supuestamente, respalda capacidades, pero las evidencias levantan dudas sobre las aptitudes académicas de quienes han obtenido documentos que los acreditan como expertos en alguna disciplina.
Ante la avidez de certificación por todas partes emergen centros que ofrecen maestrías y doctorados exprés. El mundo evangélico no es ajeno a dicha tendencia.
La vocación y el entusiasmo por ejercerla debe reflejarse en una constante preparación, la misma puede realizarse cursando estudios en algún seminario o universidad, y, también, mediante la adopción del hábito lector que acrecienta los conocimientos de quienes lo practican consuetudinariamente.
Porque se da la paradoja de “doctore(a)s” que una vez obtenido el título abandonan la lectura de obras producidas en el campo sobre el que, supuestamente, son especialistas.
Para las personas deseosas de aprender hay vías que incluyen los ámbitos académicos, pero también las del conocimiento no certificado, camino que Gabriel Zaid llama el de la “cultura libre”.
Al respecto afirma que “Las academias nacen como tertulias de aficionados a leer, en el Renacimiento: como instituciones de la conversación entre iguales, no como membresías ostentables en el currículo […] Las influencias dominantes del siglo XX (Marx, Freud, Einstein, Picasso, Stravinsky, Chaplin, Le Corbusier) nacieron de la libertad creadora de personas que trabajaban en su casa, en su consultorio, en su estudio, en su taller. Influyeron por la importancia de su obra, no por el peso institucional de su investidura. Tenían algo importante que decir y lo dijeron por su cuenta, firmando como personas, no como profesores, investigadores, clérigos o funcionarios”. 1
La historia de la producción intelectual muestra cómo en muchas ocasiones ha sido en los márgenes de los centros de conocimientos donde se pensó y publicó lo pensado, para después llegar y ser replicado en las universidades.
Acertadamente ha referido José de Segovia la sencillez del teólogo/activista afroamericano John Perkins, quien ante la “egómana titulitis” doctoral prefería que solamente lo llamaran hermano.
La fuerza del ministerio de Perkins, su denodada batalla en pos de la redención personal y la justicia social, enraizadas ambas en la Palabra, obtuvo reconocimiento de varios centros escolares/educativos.
Fue así que “Las últimas décadas de su vida, Perkins siendo autodidacta, recibió títulos honorarios de 16 universidades evangélicas desde que Wheaton le hizo doctor en 1980. Hay programas con su nombre en universidades reformadas como Calvin, Covenant o Geneva, las evangélicas de Gordon, del Pacifico en Seattle, Arbor, Taylor, el seminario de Wesley, el del norte de Illinois y otros muchos más” .
Los doctorados de John Perkins fueron consecuencia del reconocimiento e impacto que tuvo en sectores del mundo universitario evangélico/protestante estadounidense, y demostró cómo un advenedizo, un autodidacta, sacudió al establishment académico al leer las Escrituras desde abajo y practicando la radicalidad del Evangelio en comunidades marginadas.
En el universo del “conocimiento credencializado” lo que importa, frecuentemente más que los resultados palpables del título que se ostenta, es la respetabilidad que otorga el famoso PHD avalado por alguna universidad.
No importa, en tal lógica, que la universidad en cuestión carezca de peso académico. Crecen exponencialmente los “doctorados honoris causa” que reparten instituciones de muy dudosa calidad, pero los recipiendarios del pergamino lo exhiben no solamente en alguna pared de su oficina/domicilio, sino que, bajo su nombre, en tarjetas de presentación, mandan imprimir que son PHD.
Yo dudo mucho de la veracidad de las tres letras, prefiero una adaptación de Mateo 7:20 (“Por sus frutos los conoceréis”), con la modificación “Por sus escritos los conoceréis”. Porque es de cuestionar el tal doctorado si quien lo posee mal redacta y desliza frecuentes faltas de ortografía.
El gran escritor mexicano José Emilio Pacheco fue reconocido en el 2010 con el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. Cursó estudios universitarios, los cuales abandonó y nunca obtuvo el título. Sin embargo, desde la infancia adquirió el habito de la lectura y a los 18 años ya publicaba en distintas revistas literarias.
En julio de 2009 El Colegio de México invitó a José Emilio para celebrar los setenta años del escritor y que se había hecho merecedor del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
En la ceremonia el autor de cuentos, novelas, poemas y ensayos relató cómo, por carecer de títulos académicos había padecido el “ninguneo” por no cumplir con el canon de cierta realeza universitaria:
“Durante mucho tiempo, siempre que hubo de llenarse alguna forma, mi clasificación fue ‘autodidacta’ […] Recuerdo el supremo desprecio con que un ignoto funcionario de Gobernación me interrogó por teléfono, hasta el momento ignoro con qué objeto; rectificó la lista de mis libros y me preguntó si estaban traducidos. Su voz se hizo aun más altiva y desdeñosa cuando indagó si había recibido premios. Le dije cuáles y me interrumpió: ‘Son de aquí. Esos no importan. Dígame si ha obtenido algún premio internacional’. Le contesté que no. Y aunque me era invisible adiviné el desdén en su mirada. Sin título, ni traducciones, ni premios yo era un pobre diablo que usurpaba el rango de escritor y no tenía derecho a existir”. 2
El déficit doctoral que el malhadado burócrata vio en José Emilio Pacheco, por ventura no fue replicado en otras instancias como El Colegio Nacional, en el cual ingresó el escritor el 10 de julio de 1986.
Al ingresar en la institución hizo una brillante exposición sobre la Academia de Letrán, sobre todo su rol fundacional para reflexionar y publicar, tareas con las que dio a luz “realmente la literatura mexicana”. 3
Por otra parte, al jubilarse José Emilio en el 2008, cayó en cuenta que “había sido profesor visitante o mendicante en cerca de diez universidades, todas fuera de México, para complacer a mi interrogador sin cara, y desde 1985 profesor titular [un trimestre cada año] gracias a la generosidad de Saúl Sosnowsky, en la Universidad de Maryland […] Por causas que también desconozco, ascendí en la escala y llegué al título máximo que concede la academia norteamericana: Distinguished University Professor”. 4
Sin PHD, José Emilio Pacheco demostró que por las vías de la cultura libre, la que no necesita el tutelaje de la aristocracia académica, es posible trascender las barreras y obtener reconocimientos no por la “titulitis”, sino mediante la solidez de una extensa obra escrita.
Reitero que si los doctorados se reflejan en generación de conocimientos y su presentación, por muy intrincado que sea el tema, abre horizontes de aprendizaje a otro(a)s, entonces el grado es validado por la actividad de investigación/docencia y no ha quedado nada más en un documento lujosamente enmarcado.
Por el contrario, si el anhelado PHD sale a relucir como escudo cuyo portador se presume intocable, entonces, muy posiblemente, se trate de dar, como decimos en México, el “charolazo”, deslumbrar con el título y paralizar a los demás.
1. Gabriel Zaid, “Instituciones de la cultura libre”, en Dinero para la cultura, México, Debate, 2013, pp. 97-98.
2. José Emilio Pacheco, “A 30 años de la publicación de Las batallas en el desierto. Agradecimiento a El Colegio de México”, en Yvette Jiménez de Báez (editora), José Emilio Pacheco. Reescritura en movimiento, México, El Colegio de México, 2014, p. 196.
3. José Emilio Pacheco, A 150 años de la Academia de Letrán. Discurso de ingreso, México, El Colegio Nacional, 2013, p. 18.
4. José Emilio Pacheco, “A 30 años de la publicación de Las batallas en el desierto”, p. 197.
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