‘Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros’, de Carlos Monsiváis

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‘Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros’, de Carlos Monsiváis
‘Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros’, de Carlos Monsiváis

“Yo no me considero otra cosa sino un lector y un espectador profesional”. Así se describió Carlos Monsiváis en una entrevista que le hizo Javier Aranda Luna. La frase describe certeramente al personaje, quien desde su infancia cultivó el oficio lector, ése que le habilitó para mirarse y mirar a otro(a)s.

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá (abril de 2004), Carlos Monsiváis dio la conferencia Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros. En su exposición el autor desarrolló su relación con los libros, los desafíos para ejercer la lectura en un contexto donde las redes sociales popularizaban los mensajes cortos y fugaces, así como el papel de las instituciones educativas y culturales públicas para estimular/facilitar un hábito profundamente personal, pero de hondas repercusiones sociales.

El mencionado texto de Monsiváis verá la luz como pequeño libro gracias al patrocinio de la Librería Papiro 52, la que obsequiará algunos ejemplares en la presentación del volumen, acto que tendrá lugar en unas semanas. Cabe mencionar que la impresión de la obra cuenta con el permiso de Rubén Sánchez Monsiváis, primo de Carlos, quien posee los derechos de la extensa obra del escritor. Don Rubén generosamente me concedió permiso para, una vez reunidos, publicar textos de su familiar sobre la persecución de las minorías religiosas en México, particularmente casos de comunidades protestantes/evangélicas.

Carlos Monsiváis ya sabía leer cuando ingresó a la escuela primaria. A la par de la Biblia, en la traducción de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), y en la edición de 1909, en su niñez el futuro escritor leyó “la Odisea, luego la Ilíada, en esas ediciones preciosas [de la Biblioteca Billiken], posteriormente seguí con biografías como las de Abraham Lincoln, Benito Juárez, José de San Martín y Simón Bolívar, entre otras […] Llegué a los doce años como un lector ya consumado; habiendo adquirido además, en el tránsito, la pasión por la novela policiaca, muy específicamente por Agatha Christie”, así lo dijo al ser entrevistado por Elena Enríquez Fuentes (Tierra Adentro, mayo de 2000).

Sobre el bagaje lector de Carlos Monsiváis queda el testimonio de José Emilio Pacheco y la impresión que le causó al iniciar su amistad en 1957: “Cuando lo conocí a sus diecinueve años, nadie de nuestra generación había leído tanto como él. A menudo se olvida que la lectura es tiempo y no podemos dar por leído lo que sólo hojeamos o picoteamos. Monsiváis a esa edad tenía ya una gran cantidad de libros perfectamente y críticamente asimilados”. Monsiváis le obsequió a Pacheco la Biblia Reina Valera 1909, sobre la que el futuro Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, en su edición de 2009, escribió que: “Es una obra maestra del Siglo de Oro a la que nunca se toma en cuenta como parte esencial de la gran literatura española”.

Sergio Pitol estudiaba en la Facultad de Derecho de la UNAM cuando en 1954 conoció, en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, a Monsiváis, quien cursaba estudios en el plantel y tenía dieciséis años. Entre otros intereses comunes de Monsiváis y Pitol, fue su mutuo habito lector lo que amalgamó continuas conversaciones bibliográficas durante casi dos décadas, hasta 1961, año en que Sergio salió para residir en varios países europeos.

Al realizar un balance del abanico de lecturas que caracterizaban a su amigo, Pitol comenta que “Monsiváis no leyó únicamente durante su niñez y juventud la traducción reformada de la Biblia, sino también los cómics de la época, las biografías de Emil Ludwig y Stefan Zweig, las traducciones, por lo general farragosas, de la narrativa norteamericana de izquierda: Upton Sinclair, Dreisser, John Dos Passos, Steinbeck, las novelas policiales del género negro, en especial las de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, así como la poesía castellana, desde la medieval hasta la contemporánea”.

En Lectura y globalización, Monsiváis señala que uno de los factores entre muchos otros descritos por él, que dificulta el acercamiento cotidiano a los libros, se relaciona con un alto número de docentes ajenos a contagiar “lo que no poseen: el placer de la lectura”. Por otra parte, desmitifica un aserto presente, con buenas intenciones, en las campañas para fomentar el hábito lector: que leer hace mejores a las personas. Al respecto afirma: “Los lectores tampoco se humanizan por el mero hecho de serlo, porque la ventaja de frecuentar lo impreso no consiste en la superioridad sobre los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico), sino en el cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que de costumbre mientras lee, y volverá a remontar algunas de sus limitaciones cuando recuerde lo leído”. Es decir, leer asiduamente debiera tener repercusiones éticas, así como fortalecer la capacidad de análisis para desmenuzar la propaganda cuya meta es mantener cautiva a la ciudadanía mediante el consumo de supuestas verdades irrefutables.

A Monsiváis la voraz lectura de libros y revistas le aportó, en combinación con la matriz cultural en la que se formó, instrumentos para leer la realidad y vislumbrar en ella transformaciones socioculturales embrionarias que después se asentaron en el país. Él percibió con agudeza cómo reivindicaciones que inicialmente movilizaban a pequeños grupos iban ganando conciencias en la sociedad mexicana.

En la línea final de Lectura y globalización, Carlos Monsiváis resumió, con una reelaboración de Eclesiastés 11:1, el significado de lo que descubrió en la infancia: “Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura”.

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