¿Has leído el libro de Nelle [Harper Lee], To Kill a Mockingbird? La última vez que supe de ella, se dirigía a Alabama con una especie de colapso nervioso de tanta felicidad […] Casi toda la gente que sale en el libro de Nelle está extraída de la realidad.
Truman Capote[1]
Los consejos editoriales de Theresa von Hohoff significaron para Nelle Harper Lee denodados esfuerzos de reescritura, y en la tercera versión del mecanoescrito le cambió el título de Ve y pon un centinela por el de Matar a un ruiseñor. Del cambio quedó constancia en el contrato firmado con la editorial J. B. Lippincot, fechado el 7 de octubre de 1957. Quedó establecido que se le pagarían mil dólares, de los cuales recibió un adelanto de doscientos cincuenta.[2] Finalmente la nueva versión es aceptada en noviembre de 1959 e inicia el proceso de formación y diseño del libro.
Casi al mismo tiempo que Harper firmó contrato con Lippincot es perpetrado el asesinato de cuatro integrantes de la familia Clutter, en Holcomb, Kansas. William Shawn, editor del New Yorker, comisiona a Truman Capote para que investigue y escriba sobre “el impacto del cuádruple asesinato en un pequeño pueblo”.[3]
Capote invita a Harper Lee para que lo acompañara como asistente de investigación. Ella fue de gran ayuda para levantar información, entrevistando a quienes, por distintas razones, tenían reservas en confiar sus puntos de vista a Capote. Por vicisitudes del caso y esperar al cumplimiento de la pena de muerte contra los dos criminales (Dick Hickock y Perry Smith), lo redactado por Capote tardó años en salir a la luz. Primero fue publicado en el semanario (en una serie de cuatro partes), a partir del 17 de septiembre de 1965 y en formato de libro, con el título de A sangre fría, en 1966. La obra recibió amplios elogios de críticos y lectores, pero no tantos como Matar a un ruiseñor.
Por fin el 11 de julio de 1960 la obra de Harper Lee llegó a librerías. La editora Theresa von Hohoff le advirtió: “Nelle, no te sorprendas si solamente vendes dos mil ejemplares, o menos. La mayoría de libros de los novelistas primerizos lo hacen”.[4] Revistas y periódicos recibieron por adelantado ejemplares del libro. El 3 de julio en The Washington Post se hizo elogio de la obra: “Cien libras [45.3 kilos] de sermones sobre la tolerancia, o una cantidad igual de invectivas que deploran la falta de ella, pesarán mucho menos en la balanza de la ilustración que apenas 18 onzas [medio kilo] de la nueva novela que lleva el título de Matar a un ruiseñor”.
En el mismo mes de su publicación Matar a un ruiseñor apareció entre los diez más comprados según las listas del New York Times y Chicago Tribune. En los siguientes seis meses rebasó el medio millón de copias vendidas. En la primavera de 1961 estaban en curso traducciones a francés, alemán, italiano, español, holandés, danés, noruego, sueco, finlandés y checo. En el primer año la obra de Lee rebasó los dos y medio millones de ejemplares vendidos, y un año después cerca de cuatro millones y medio.
En 1961 Harper Lee se hizo merecedora del Premio Pulitzer. En 1962, el 25 de diciembre, día de Navidad, tuvo lugar en Hollywood la premier de la película Matar a un ruiseñor, el papel de Atticus lo hizo Gregory Peck. En la ceremonia del Premio Óscar, el 8 de abril de 1963, correspondió a Sofía Loren leer el nombre del reconocimiento al mejor actor: Peck, quien subió al escenario con el reloj de bolsillo que como regalo le hizo llegar la autora de la novela y que había pertenecido a su padre. Harper Lee seguía la ceremonia desde Monroeville en casa de una amiga, debido a que ella no tenía televisión, porque, declaró, “interfiere con mi trabajo”.
La novela que súbitamente puso el nombre de Harper Lee en lo más alto del reconocimiento público transcurre durante los años treinta del siglo XX, periodo en el que repercutieron los efectos de la Gran Depresión iniciada en octubre de 1929. La crisis económica causó quiebras de bancos y empresas, drástico descenso del consumo de bienes y servicios, desempleo, reducción de los salarios y aumento de la pobreza. Los estragos causados entre los pobres por la Gran Depresión quedaron magistralmente narrados por John Steinbeck en Las uvas de la ira.
La infancia de Harper Lee es evocada en el personaje llamado Jean Louise Finch (apodada Scout) en Matar a un Ruiseñor. Ella, de seis años, junto con su hermano Jeremy (10 años) y Dill (el infante Truman Capote, vecino de la casa colindante con la de los Finch, y casi dos años mayor que Scout), viven durante tres años, sobre todo en verano, intensas aventuras en Maycomb, Alabama. El nombre del pueblo en la novela sustituye al real, Monroeville, donde el trío convivió intensamente y la cálida amistad entre ellos quedó capturada literariamente en la obra de Lee, lo mismo que en la primera novela de Capote, Otras voces, otros ámbitos (de 1948), en la que Lee es representada con el nombre de Idabel Thompkins. En la narración de Capote, El invitado del día de Acción de Gracias (de 1967), aparece Ann “Jumbo” Finchburg, que se enfrenta a golpes con Odd Henderson, a quien “todos los niños [de la escuela] le temían”. La peleonera “Jumbo” es Harper Lee, conocida en el centro escolar por su temeridad para desafiar sin miramientos a los varones.
Cuando Scout tenía ocho años, en 1935, la vida del pueblo se trastocó debido a que Tom Robinson, afroamericano, es acusado por la blanca Mayella Ewell de haberla violado. Robinson era integrante de la misma iglesia en la que se congregaba Calpurnia, empleada doméstica en casa de la familia Finch, la First Purchase African Methodist Episcopal Church. El templo debía su nombre (First Purchase, primera compra) a que fue adquirido con las primeras ganancias de esclavos libertos asentados en Maycomb.
El padre de Scout, el abogado Atticus Finch, toma la defensa de Robinson y advierte a su hija, conociendo lo temperamental que es, acerca de mantener la calma cuando la agredan porque él es defensor de Tom. De suceder lo anterior, Atticus aconseja a Scout “mantener la cabeza alta y los puños bajos. No importa lo que nadie te diga, no permitas que te hagan enojar. Intenta pelear con tu cerebro para variar… eso es bueno, aun cuando se resista a aprender”.
Por un tiempo Scout sigue la indicación de su progenitor, pero transgrede el consejo cuando en Navidad el primo que le lleva un año, Francis Hancock, se burla de ella y canturrea que Atticus es un “nigger lover” (amante/amigo de negros). Entonces Scout se parte “el nudillo hasta el hueso sobre sus dientes. Inutilizada la izquierda, arremetí con la mano derecha, pero no por mucho rato”, porque la sujeta Jack Finch, hermano menor de Atticus.
Scout le pregunta a su padre porqué aceptó defender a Robinson, Atticus responde: “Todo lo que puedo decir es que cuando tú y Jem sean adultos, quizá vean todo esto con algo de compasión y cierto sentimiento de que yo no les decepcioné. Este caso, el caso de Tom Robinson, es algo que llega hasta la esencia misma de la conciencia de un hombre… Scout, yo no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no intentara ayudar a este hombre”. En Matar a un ruiseñor la familia Finch era integrante de la Iglesia metodista. Harper Lee desde niña asistió a la Primera Iglesia Metodista Unida de Monroeville, la misma en que tuvo lugar el servicio fúnebre cuando ella murió en febrero de 2016.
En la respuesta de Atticus él hace contraste entre una religiosidad evangélica, la que pone énfasis más en el ritual y creencias expresadas verbalmente, pero no hace diferencia ética en lo que respecta al trato con la población afroamericana. Las congregaciones evangélicas eran segregacionistas y discriminaban a sus hermano(a)s en la fe por no ser blanco(a)s.
Scout, su hermano Jem y Dill logran entrar a la sala donde se desarrollaba el juicio contra Tom Robinson. Debido a que la planta baja estaba totalmente llena, debieron subir al siguiente piso, a la sección destinada a la “gente de color”, pudiendo acceder a ella por intermediación del reverendo Sykes, pastor en la iglesia a la que pertenecían Calpurnia y Tom Robinson. Scout y sus dos acompañantes son conducidos por el reverendo Sykes, “suavemente entre los negros de la galería. Cuatro hombres se levantaron y nos cedieron sus asientos de primera fila”.
En Matar a un ruiseñor Harper Lee narra, desde la óptica de Scout, los pormenores del juicio: testimonios de quienes acusan a Tom Robinson de violación, actuación del fiscal de distrito, reacciones del juez y el jurado (compuesto solamente de hombres blancos), y describe a los afroamericanos que se apiñaban “en la galería” esperando el veredicto, “los negros permanecían sentados o de pie a nuestro alrededor con una paciencia bíblica”.
Atticus elocuentemente presentó pruebas de la inocencia de Tom Robinson. La apretujada audiencia escuchó la sagacidad del abogado para evidenciar que los prejuicios raciales de los blancos encubrían la verdad de lo sucedido en el caso que sacudió a Maycomb. Se cumplió lo que le dijo el reverendo Sykes al hermano de Scout, cuando esperaban el veredicto y ante la tardanza en las deliberaciones de los juzgadores, Jem externó que ningún jurado podría condenar a nadie “sobre la base de lo que hemos oído”. A lo que el pastor, con desaliento, replicó: “No esté tan seguro, míster Jem, no he visto nunca a ningún jurado decidirse en favor de un negro pasando por encima de un blanco”. Robinson fue unánimemente declarado culpable.
Cuando casi todos habían salido de la sala donde tuvo lugar el juicio, los afroamericanos silenciosamente miraban, desde el lugar designado para las “personas de color”, a Atticus meter en el portafolios la documentación que usó para defender a Tom Robinson. Entonces, relata Scout, “alguien me dio un ligero puñetazo, pero yo era reacia a apartar mis ojos de las personas que había abajo, y de la imagen del solitario paseo de Atticus por el pasillo. ¿Señorita Jean Louise? Miré alrededor. Todos estaban de pie. [Escuché] la voz del reverendo Sykes: Señorita Jean Louise, póngase en pie. Pasa su padre”.
Yo también me pongo de pie ante Nelle Harper Lee, porque nos legó una pieza literaria en la que hizo luz sobre la intolerancia, el racismo y la religiosidad protestante/ evangélica que sucumbe ante los prejuicios y se deja arrastrar por la corriente del supremacismo blanco. A todo ello se opuso Atticus Finch y lo hizo imbuido de los valores del Evangelio.
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El viudo Atticus Finch tenía frecuentes conversaciones con sus hijos, particularmente con Scout, a quien explicaba pacientemente porqué debería esforzarse por comprender tanto a sus vecinos como a compañeros del colegio. Es así que le comenta sobre identificarse con otras personas antes de emitir juicios sobre ellas: “Uno nunca llega a entender realmente a otra persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista, hasta que se mete en su piel y camina con ella”. Atticus encarnó el principio de la compasión, ponerse en el lugar del otro(a) cuando vive condiciones desventajosas, lacerantes y que atentan contra su dignidad humana. Me atrevo a decir que Matar a un ruiseñor es una parábola de la compasión (padecer con), en la cual, como en la Parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25:37), los religiosos pasaron de largo ante la tragedia del hombre ultrajado y moribundo, mientras que un “laico”, considerado inferior por los “santurrones” que prefirieron mirar hacia otro lado, se compadeció por el desconocido y solucionó el desamparo del hombre atacado.
Al correr de los años la novela se convirtió en la más popular de la literatura norteamericana en el siglo XX y lo que va del XXI, señala Charles J. Shields, y la que los lectores “clasifican en las encuestas como la más influyente en sus vidas después de la Biblia”.[5] Matar a un ruiseñor desnudó los mecanismos morales que justifican la eliminación de los señalados de antemano como culpables, quienes son silenciados por la ceguera y sordera éticas del poder que conjura contra los más débiles.
Notas
[1] Truman Capote, Un placer fugaz. Correspondencia, en Gerald Clarke (editor), Debolsillo, Barcelona, 2006, pp. 463 y 618.
[2] Casey Cep, Horas cruentas. La historia del libro inconcluso de Harper Lee, Libros del K.O., Madrid, 2020, p. 241.
[3] Charles J. Shields, Mockingbird. A Portrait of Harper Lee, from Scout to Go Set a Watchman, edición revisada y puesta al día, Henry Holt and Company, New York, 2016, p. 101.
[4] Ibid., p. 151.
[5] Ibid., p. 171.
