A propósito del objeto libro: Tan frágil y tan poderoso

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A propósito del objeto libro: Tan frágil y tan poderoso
A propósito del objeto libro: Tan frágil y tan poderoso

La escritura es una invención notable, porque permite fijar la palabra sobre un soporte permanente. Es como afirma el proverbio latino: “Las palabras vuelan, pero lo escrito queda”. La escritura se parece a un código secreto que encripta los sonidos las sílabas o las palabras de una lengua. Como ocurre con cualquier código secreto, descifrarlo requiere aprendizaje. Un buen lector es un descifrador experto. Stanislas Dehaene.

Ha tenido lugar el Día Internacional del Libro, oportunidad para reflexionar sobre la valía de un objeto que, pese a todo, permanece y, sorteando tantos obstáculos, permanecerá.

En una brillante conversación entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière (Nadie acabará con los libros, Lumen, 2010), el primero expresó: “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo […] Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

En el Día Internacional del Libro abundaron noticias y comentarios acerca de la crisis editorial, la desaparición de librerías, la disminución de la comprensión lectora en las nuevas generaciones a las que les cuesta mucho trabajo mantener la atención que demanda un libro.

Todo lo anterior es cierto, ante ello, ¿qué hacer? Una posibilidad para ir a contracorriente de las tendencias mencionadas, es que lo(a)s lector(a) nos convirtamos en “misioneros” de la lectura, pero no denigrando a quienes, por muy variadas motivaciones, evaden ser arrobados (estar en un estado de extremo embeleso, fascinación, éxtasis o maravilla) por los libros, sino contagiando nuestro gusto con acciones creativas.

Cada lector(a) tiene a su alcance crear pequeños clubes de lectura, sugerir bibliografía con el mismo entusiasmo que otro(a)s hablan de su deporte favorito.

A propósito de difundir la que podemos llamar “biografía lectora” de grandes lectore(a)s, es posible buscar formas de publicar sus historias y distribuirlas con la esperanza de que logren “conversiones” a la lectura.

En una entrevista con Javier Aranda Lunas, Carlos Monsiváis aseveró: “yo no me considero otra cosa sino un lector y un espectador profesional”. La frase describe certeramente al personaje, quien desde su infancia cultivó el oficio lector, ése que le habilitó para mirarse y mirar a otro(a)s.

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá (abril de 2004), Carlos Monsiváis dio la conferencia Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros. En su exposición el autor desarrolló su relación con los libros, los desafíos para ejercer la lectura en un contexto donde las redes sociales popularizaban los mensajes cortos y fugaces, así como el papel de las instituciones educativas y culturales públicas para estimular/facilitar un hábito profundamente personal, pero de hondas repercusiones sociales.

El texto de Monsiváis verá la luz como pequeño libro gracias al patrocinio de la Librería Papiro 52, la que obsequiará una parte del tiraje en la celebración de su octavo aniversario. Cabe mencionar que la impresión del volumen cuenta con el permiso de Rubén Sánchez Monsiváis, quien posee los derechos de la extensa obra de Carlos.

Carlos Monsiváis ya sabía leer cuando ingresó a la escuela primaria. A la par de la Biblia, en la traducción de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), y en la edición de 1909, en su niñez el futuro escritor leyó “la Odisea, luego la Ilíada, en esas ediciones preciosas [de la Biblioteca Billiken], posteriormente seguí con biografías como las de Abraham Lincoln, Benito Juárez, José de San Martín y Simón Bolívar, entre otras […] Llegué a los doce años como un lector ya consumado; habiendo adquirido además, en el tránsito, la pasión por la novela policiaca, muy específicamente por Agatha Christie”, así lo dijo al ser entrevistado por Elena Enríquez Fuentes (Tierra Adentro, mayo del 2000).

Sobre el bagaje lector de Carlos Monsiváis queda el testimonio de José Emilio Pacheco y la impresión que le causó al iniciar su amistad en 1957: “Cuando lo conocí a sus diecinueve años, nadie de nuestra generación había leído tanto como él.

A menudo se olvida que la lectura es tiempo y no podemos dar por leído lo que sólo hojeamos o picoteamos. Monsiváis a esa edad tenía ya una gran cantidad de libros perfectamente y críticamente asimilados”.

Sergio Pitol estudiaba en la Facultad de Derecho de la UNAM cuando en 1954 conoció, en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, a Monsiváis, quien cursaba estudios en el plantel y tenía dieciséis años.

Entre otros intereses comunes de Monsiváis y Pitol, fue su mutuo habito lector lo que amalgamó continuas conversaciones bibliográficas durante casi dos décadas, hasta 1961, año en que Sergio salió para residir en varios países europeos.

Al realizar un balance del abanico de lecturas que caracterizaban a su amigo, Pitol comenta que “Monsiváis no leyó únicamente durante su niñez y juventud la traducción reformada de la Biblia, sino también los cómics de la época, las biografías de Emil Ludwig y Stefan Zweig, las traducciones, por lo general farragosas, de la narrativa norteamericana de izquierda: Upton Sinclair, Dreisser, John Dos Passos, Steinbeck, las novelas policiales del género negro, en especial las de Dashiel Hammet y Raymond Chandler, así como la poesía castellana, desde la medieval hasta la contemporánea”.

En Lectura y globalización, Monsiváis, para desazón de Marx Arriaga (quien denostó el placer de la lectura y exaltó la lectura militante), señala que uno de los factores entre muchos otros descritos por él, que dificulta el acercamiento cotidiano a los libros, se relaciona con un alto número de docentes ajenos a contagiar “lo que no poseen: el placer de la lectura”.

Por otra parte, desmitifica un aserto presente, con buenas intenciones, en las campañas para fomentar el hábito lector: que leer hace mejores a las personas.

Al respecto afirma: “Los lectores tampoco se humanizan por el mero hecho de serlo, porque la ventaja de frecuentar lo impreso no consiste en la superioridad sobre los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico), sino en el cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que de costumbre mientras lee, y volverá a remontar algunas de sus limitaciones cuando recuerde lo leído”.

Es decir, leer asiduamente debiera tener repercusiones éticas, así como fortalecer la capacidad de análisis para desmenuzar la propaganda cuya meta es mantener cautiva a la ciudadanía mediante el consumo de supuestas verdades irrefutables.

A Monsiváis la voraz lectura de libros y revistas le aportó, en combinación con la matriz cultural en la que se formó, instrumentos para leer la realidad y vislumbrar en ella transformaciones socioculturales embrionarias que después se asentaron en el país. Él percibió con agudeza cómo reivindicaciones que inicialmente movilizaban a pequeños grupos iban ganando conciencias en la sociedad mexicana.

En la línea final de Lectura y globalización, Carlos Monsiváis resumió, con una reelaboración de Eclesiastés 11:1, el significado de lo que descubrió en la infancia: “Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura”.

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