Harper Lee apenas conocía a una única persona en Nueva York cuando se fue a vivir allí [en 1949] a la edad de veintitrés años, pero era nada más y nada menos que Truman Capote, que de niño había vivido en la casa contigua a la suya y más adelante le serviría de modelo para el esmirriado y pícaro Charles Baker Harris, el “Dill” de su novela [Matar a un ruiseñor]. Los incipientes autores se sentían “distintos”, según diría Capote más adelante, puesto que sabían leer antes que sus compañeros y jugaban con el lenguaje a la manera que otros jugaban con las muñecas y los balones de fútbol. Casey Cep.
Nelle Harper Lee nació el 28 de abril de 1926, por lo que en el mundo literario tendrán lugar distintas actividades en su honor al cumplirse cien años de su nacimiento.
Desde niña quiso ser escritora, igual que su vecino Truman Capote. A diferencia de éste, a Harper Lee se le dificultó cumplir su anhelo debido a que le costaba mucho trabajo escribir y, cuando lo hizo, no encontró publicaciones que dieran espacio a sus narraciones.
Los primeros escritos de Harper Lee han sido los últimos en ser publicados. El libro que los agrupa es La tierra del dulce porvenir (Vintage Español, 2025). El volumen contiene ocho cuentos y mismo número de ensayos, éstos circularon impresos en distintos años, mientras aquéllos quedaron guardados por casi siete décadas.
Los cuentos permanecieron inéditos porque rechazaron publicarlos editores de revistas como Tomorrow, Harper´s Bazar o The New Yorker, informa Casey Cep, editora y prologuista de la obra.
Ella también revela que las narraciones fueron halladas en el último departamento donde vivió Lee en la ciudad de Nueva York, al que se mudó en 1960, año en que se publicó Matar a un ruiseñor.
Tras el clamoroso éxito de crítica, público y ventas de su novela, además de ser reconocida con el Premio Pulitzer en 1961 y al año siguiente de estrenarse la versión cinematográfica, con Gregory Peck encarnando al padre de la inquieta infante Jean Louise Finch (apodada Scout), el abogado Atticus (actuación que le mereció el Óscar como mejor actor), Harper Lee bien pudo desempolvar los cuentos rechazados y darlos para su publicación casi a cualquier editorial que ella quisiese. No lo hizo, y las piezas literarias tardaron décadas en conocerse públicamente.
Casey Cep es profunda conocedora de vida y obra de Harper Lee. Ella realizó una meticulosa investigación sobre el libro que Lee pretendió escribir acerca del ministro bautista Willie Maxwell, sospechoso de haber sido el autor de seis asesinatos de personas de su entorno familiar.
Harper se trasladó a su natal Alabama en 1977, con el fin de documentarse exhaustivamente para redactar y, finalmente, publicar su segundo libro, el cual rompería el silencio de casi dos décadas.
Diez años después de iniciar la investigación sobre el reverendo Maxwell, Harper Lee abandonó los avances que había logrado en el proyecto y Casey Cep da pormenorizada cuenta del proceso en Horas cruentas. La historia del libro inconcluso de Harper Lee (Libros del K. O., 2020).
En los cuentos de La tierra del dulce porvenir están en embrión personajes, sitios y escenas que Harper Lee plasmó con maestría en Matar a un ruiseñor.
Primero aparece en una de las narraciones (“El depósito de agua”) con el nombre ficticio de Maiben el condado cuyo nombre real era Monroeville, Alabama, en la región estadounidense conocida como Bible belt, por su alto porcentaje de población evangélica.
En el cuento “No va más”, Lee rebautizó al poblado como Maycomb, mismo nombre que usaría como escenario principal en Matar a un ruiseñor.
También hace acto de presencia el alter ego de Harper Lee (en “Las tijeras dentadas”), la niña Jean Louie, quien desafía al nuevo pastor metodista de la iglesia en la que se congregaba, junto con su familia, contraviniendo el código de santidad de mantener la cabellera larga en las mujeres y le corta el pelo a una hija del ministro religioso.
En la narración titulada igual que el libro, aparece una Jean Louise (con la e agregada) adulta que regresa al pueblo y externa su desacuerdo a Henry Hackett, director musical de la Iglesia metodista de Maycomb, por alterar el canto de la doxología.
Jean Louise Finch, entre los seis y nueve años de edad, es uno de los dos personajes principales, el otro es Atticus Finch, padre de Jean Louise, en Matar a un ruiseñor.
Al aparecer la novela que súbitamente lanzó a Harper Lee al estrellato literario, sus crítico(a)s y lectore(a)s se preguntaban cuáles eran sus publicaciones anteriores, a excepción de artículos en pequeñas revistas universitarias no había más.
De tal manera que, como destaca Casey Cep, “cuando en el verano de 1960 se publicó Matar a un ruiseñor dio la impresión de que surgiera de la nada, como una Atenea de Alabama: una novela construida a la perfección por una escritora desconocida”.
La respuesta a de dónde provenía la solidez literaria de Mara a un ruiseñor está en los cuentos reunidos en La tierra del dulce porvenir, que fueron escritos a partir de que Harper Lee se mudó en 1949 de Monroeville a la ciudad de Nueva York, donde “alimentándose a base de sándwiches de mantequilla de cacahuate, esbozaba relatos en un escritorio que ella misma se hizo con dos viejas cajas de manzanas y una puerta que encontró en el sótano de su edificio”, comenta Casey Cep.
En la lectura de los cuentos “subterráneos” de Harper Lee hallé un sentido del humor que me hizo evocar el estilo jocoso de O’Henry, el gran cuentista que ubicó muchas de sus narraciones con finales sorprendentes en Nueva York.
La vena irónica de Harper Lee está presente en Ve y pon un centinela, novela redactada anteriormente a Matar un ruiseñor y que permaneció archivada hasta su publicación en 2015, así como en la novela que la catapultó a la fama, sin embargo, es en los cuentos donde se muestra con mayor intensidad.
La tierra del dulce porvenir toma su título de un himno protestante que cantaba Harper Lee en la Iglesia metodista de Monroeville, el cual en sus líneas iniciales dice “There´s a land beyond the river, that we call the sweet forever” .
En las narraciones del volumen hay varias menciones al metodismo en que se formó Harper Lee, así como referencias directas o alusiones a pasajes bíblicos.
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La presencia bíblica y/o características del evangelicalismo sureño recorren los cuentos de Harper Lee, de tal manera que si se desconocen el rol formativo de la Biblia en ella y las marcas identitarias del universo religioso en el que se formó, se hace más difícil comprender componentes que son entramados centrales en su obra.
Lo anterior no solamente es válido en el caso de Harper Lee, sino igualmente en el de una pléyade de escritore(a)s influido(a)s por el imaginario bíblico.
Lo asentó certeramente Eudora Welty, ganadora del Premio Pulitzer en 1973, cuando evocaba que “los escritores del Sur llamados a componer toda una generación, recibimos de uno u otro modo la bendición —caso de que no fuera igual para todos— de haber tenido acceso a la versión de la Biblia que se debe al rey Jacobo [publicada en 1611].
Sus cadencias nos invadían el oído, y acabarían impregnándose en nuestra memoria para siempre. La prueba, o el espíritu de esa prueba, aletea en todos nuestros libros”.
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