Hay grandes sectores de la población a los que nunca les han dado un libro, pero eso también ocurría en la Grecia antigua, en el Renacimiento, en el siglo XIX y seguirá ocurriendo en el XXX. La proporción de lectores con respecto al resto de la sociedad es muy pequeña. Los lectores son una élite, pero una élite a la cual todo el mundo puede pertenecer.
Alberto Manguel
En su fascinante Una historia de la lectura, Manguel agudamente observa que “todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos. Leemos para entender, o para empezar a entender. No tenemos otro remedio que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función”. Es cierto, hay millones de ágrafo(a)s, pero no analfabeto(a)s de la vida, ya que todo(a)s leemos bien o mal nuestra realidad.
Cuando se conjugan lecturas de libros y vida, el acercamiento a los primeros es enriquecido por la segunda y viceversa. Leer libros no debe ser un sustituto de la vida, porque como lo asentó Marguerite Yourcenar, en Memorias de Adriano, “mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera”.
Es cierto que para algunos los libros jugaron el papel de un espejo en el que se miraron por primera vez como nunca lo habían hecho antes, igualmente es verdad que para otros y otras el reflejo de sí mismos fue una experiencia singular, un viaje, tal vez una película, una conversación lúdica o dolorosa, una experiencia religiosa, o tantas otras posibilidades que pone ante nosotros el amplio abanico que es la vida.
Una característica de Alberto Manguel, y que me capturó cuando por primera vez leí un volumen de su autoría (el ya citado Una historia de la lectura), es la manera en que transmite generosamente su erudición. Absorto y embebido recorrí las páginas en que Manguel discurría sobre diversos materiales en que fueron fijados signos, maneras de leer en distintas épocas, el arduo trabajo de los copistas medievales, la revolución en la transmisión de ideas que significó la imprenta de tipos metálicos movibles de Johannes Gutenberg y la destrucción de libros por los enemigos de la cultura libre y liberadora.
Los libros abren universos insospechados para quienes, como yo, nos fueron objetos extraños y vedados en la infancia y primeros años de la adolescencia. En mi entorno familiar inmediato y extendido no había libros, solamente los textos escolares gratuitos que, aunque valiosos vehículos pedagógicos, difícilmente desplegaban puentes hacia obras literarias que habrían descubierto la magia de la lectura a la niñez proveniente de familias obreras.
Lo subrayó bien Manguel al recibir en 2022 la medalla que lleva el nombre de otro enorme lector y escritor, Carlos Fuentes, y de la cual también se hizo merecedora Irene Vallejo: “El gran desafío, y disculpen que lo diga así en público, no es decirle a Irene Vallejo que el libro es maravilloso y qué lindo es leer y qué divertido, y qué es lo que se pierden los que no leen; no, el verdadero desafío es ir a los que no son lectores todavía. Todos tenemos la capacidad de ser lectores, pero muchos somos privilegiados”. Es un gran reto ensanchar lo que es un privilegio para unos pocos, que mucho(a)s tengan la posibilidad de contagiarse de leer por gusto, de maravillarse ante las páginas, físicas o virtuales, de obras que permiten vernos en ellas con ojos nuevos.
Por cierto que, con generosidad, Manguel ha expresado lo que mucho(a)s lector(a)s de El infinito en un junco encontramos en la obra cuando la circulación de la misma creció en la pandemia de COVID: “El encanto particular de este libro reside en su estilo. Vallejo ha decidido sabiamente prescindir o liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista, la historia entendida no como ristra de documentos citados, sino como fábula. Otros autores (Greenblatt, Turner, Straten, Cánfora, Reynolds, Wilson, Casson y muchos más) proveen el trasfondo histórico y filológico de la historia del libro antiguo, pero para el lector común y corriente (a quien reivindicaba Virginia Woolf) es más conmovedor y más inmediato este encantador libro de Vallejo, por ser simplemente un homenaje al libro de parte de una lectora apasionada” (ver El País).
Así como Alberto Manguel, en su juventud, era los ojos de Jorge Luis Borges, a quien le sirvió como lazarillo bibliográfico al leerle en voz alta libros elegidos por el escritor (experiencia que es narrada por Manguel en Con Borges, Siglo Veintiuno Editores, 2017), en alguna medida podemos fungir como transmisores de los libros que nos han sacudido a otro(a)s y así ensanchar la cofradía de los lectore(a)s. Porque, Manguel nos recuerda, “el libro es muchas cosas. Un receptáculo de la memoria, un espacio para limitar las limitaciones del tiempo y el espacio, un lugar para la reflexión y la creatividad, un archivo de nuestra experiencia y la de otros, una fuente de iluminación, de felicidad y, en ocasiones de consuelo, una crónica de eventos pasados, presentes y futuros, un espejo, un compañero, un maestro, una convocatoria de los muertos, un divertimento; el libro, en sus muchas encarnaciones, de la tableta de arcilla a la página electrónica, ha servido por mucho tiempo como una metáfora de muchos de nuestros conceptos y empresas esenciales”.
Siguiendo la sugerencia de Para cada tiempo hay un libro, en cuyo título Manguel evoca el bello pasaje bíblico de Eclesiastés 3:1-9, en distintas temporadas del año y anímicas regreso a lecturas que para mí son espejos para mirarme detenidamente, así como ventanas para mirar otras vidas y realidades.
Gracias Alberto Manguel por estimular la convicción de no cultivar una vida libresca, sino entretejer los libros con la vida.
