Retorno a un librero anabautista en la Ginebra de Calvino (II)

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Retorno a un librero anabautista en la Ginebra de Calvino (II)
Retorno a un librero anabautista en la Ginebra de Calvino (II)

Hace casi dos décadas Protestante Digital publicó un artículo de mi autoría titulado “Un librero anabautista en la Ginebra de Calvino”. Entonces la información que tenía sobre Thyven Bellot era escasa. Regresé al personaje y, ya con más datos, reescribí su paso por Ginebra distribuyendo literatura anabautista.

A continuación la segunda parte de la nueva versión, la que contiene más datos y es considerablemente más extensa que la entrega inicial.

Anabautista (lit. rebautizador) era una etiqueta peyorativa y acusatoria utilizada por la mayoría en la Europa del siglo XVI para referirse a alguien que se pensaba repudiaba su bautismo, habitualmente recibido en la infancia, para ser bautizado por segunda vez más tarde en la vida bajo confesión de fe. La estrecha asociación entre la Iglesia y el Estado durante este período hizo que el bautismo de infantes sirviera no sólo como iniciación en la Iglesia sino también como incorporación a la sociedad cristiana, con todos los derechos y responsabilidades de la ciudadanía. Ser acusado de anabautista en la Europa del siglo XVI se consideraba un cargo tanto de herejía contra la tradición de la Iglesia como de sedición contra las leyes del Estado cristiano, a menudo castigado con la muerte.

Brian C. Brewer [1]

La Confesión de Scheleitheim (24 de febrero de 1527), fue un acuerdo doctrinal del anabautismo suizo, fruto de una reunión clandestina en la frontera suizo-germana en la que tuvo un papel preponderante Miguel Sattler. Los perseguidos alcanzaron consenso en siete grandes tópicos: 1) Bautismo de creyentes, de adultos. 2) Excomunión de acuerdo a Mateo 18:15-20. 3) La Cena del Señor como un recordatorio que compromete a los creyentes, y en dos especies. 4) Separación del mal y seguimiento ético de Cristo. 5) Elección de dirigentes (pastores y otros) por parte de la congregación. 6) Negación a usar la espada, pacifismo. 7) Negativa a jurar lealtad a las autoridades humanas [2].

Juan Calvino trabajó su respuesta a la Confesión de Scheleitheim sobre un escrito que claramente establecía el carácter pacífico del anabautismo suizo. Por lo tanto, el teólogo francés, para cuando acontece su breve polémica con el librero Bellot (1545), tenía conocimiento intelectual/doctrinario de los que su amigo Farel llamaba leprosos, miserables, venenosos, sectarios deleznables y malvados [3]. En la carta del 23 de febrero Guillermo Farel informaba a Calvino sobre quiénes estaban recibiendo el folleto anabautista:

Los infelices, que desean todo lo contrario a Dios, están tan impresionados por el consenso de estos hombres concurrentes y por su perseverancia obstinada y persistente ante el peor castigo, que un miserable soportó hasta la muerte [Miguel Sattler], que opinan que todas esas opiniones deben considerarse los oráculos más verdaderos. Los leprosos han penetrado en las cámaras; algunos lo son de cuerpo y otros no menos de mente. Los folletos se abren paso por todas partes y seducen a algunos porque hay alguna pretensión de Palabra en muchos. [4]

Farel hizo saber a Calvino que posiblemente podría solicitar a otros refutar “las muy mortíferas doctrinas de los herejes”, pero que no la harían satisfactoriamente: “¿A quién pudiéramos encontrar que aun con mucho trabajo —añadiendo, restando, dando vueltas y vueltas, y, en fin, haciendo todo— lo lograra tan fácilmente como lo puedes hacer tú jugando con ello?” [5].

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En misiva del 25 de marzo Calvino informaba a Farel que había iniciado la Breve instrucción. Unos días después, el 31 del mismo mes, Farel encomia a Calvino para que se apresure en concluir el escrito, y reitera la petición el 21 de abril. Finalmente, la Breve instrucción es impresa por Jean Girard, en Ginebra, el primero de junio de 1544 [6]. Farel esperaba que Calvino marcara la pauta, y lo hizo, sobre cómo responder a los anabautistas, a quienes el teólogo llamó fanáticos, cabezas huecas, pobres ignorantes y enemigos del gobierno. [7]

Juan Calvino dedicó la Breve instrucción a los pastores de Neuchâtel, a quienes en la introducción del escrito advertía debían encauzar a los más simples, ya que los mismos “no tienen el juicio para discernir [y] nuestro deber es ayudarlos y advertirles de las sutilezas maliciosas de Satanás”. Su intención era “mostrar en pocas palabras a todos los cristianos fieles que sean rudos e ignorantes, qué y cuán peligrosa es esta doctrina de los anabautistas, y también armarlos por la Palabra de Dios contra la misma, para que no sean engañados, o si hay algunos que ya estén envueltos en sus trampas, para que sean traídos nuevamente al camino recto”. [8]

El encuentro de Calvino con Thyven Bellot representó “el último contacto” del reformador “con el anabautismo evangélico” [9]. El vendedor ambulante ofrecía a los transeúntes sus libros y folletos, entre ellos la Confesión de Scheleitheim y, tal vez, también los otros catorce libros que mandó imprimir Pierre Pelot en la Suiza de habla alemana. El número de impresos fue informado mediante carta el 28 de marzo de 1544 por las autoridades de Berna a sus similares de Neuveville. [10]

Thyven Bellot diseminaba literatura anabautista, la cual no era fácil de ser impresa dadas las condiciones adversas que debían enfrentar los integrantes de un grupo que no tenía cabida en el sistema eclesiástico territorial dominante. Una forma de evadir las restricciones que dificultaban la impresión de materiales fue la reproducción manuscrita de los mismos, así como su distribución clandestina entre las redes anabautistas [11]. Otra manera de comunicar sus creencias recurrió a la transmisión oral por parte de hombres y mujeres, quienes memorizaban secciones de la Biblia en las que el anabautismo sustentaba enseñanzas centrales para el movimiento. [12]

De inmediato Calvino ordena el arresto del librero. De esto y lo que sigue tenemos noticia por la carta que el reformador ginebrino le escribe el 21 de enero 1545 a Guillermo Farel y que reproduce Willem Balke [13]. En el primer interrogatorio, según las actas del Concejo (8 de enero), el librero Thyvent Bellot declara que nació en Ginebra, que residió en Neuveville por quince años y después en Colombiez. Sin precisar cuándo, antes de su incursión de enero en la ciudad, dijo haber vivido en Ginebra dos años, junto con “un hombre llamado Pierre Pillot, que aún vivía, y un hombre llamado Urban Cugniet de Morges, que había fallecido. Se alojaron con su tía, la esposa de Thyvent Lament” [14]. Al ser interrogado sobre quién y cómo transportó los libros a Ginebra, Bellot dijo que introducirlos fue su decisión y que los libros “venían de Jesucristo”.

Cuando en el Concejo le pidieron varias veces que jurara decir la verdad Bellot se negó. Sobre el mismo punto los pastores Juan Calvino y Abel Pouppin intentaron convencerlo que era voluntad de Dios hacer juramento en una corte de justicia como forma de sustentar la declaración de expresar la verdad. En todas las ocasiones que fue exigido de prestar juramento, incluso bajo tortura, Bellot respondió que lo demandado estaba prohibido por Dios. [15]

Sobre su negativa a jurar Bellot, en línea con el anabautismo que sostenía debían priorizarse las enseñanzas de Jesús, mostró que no solamente difundía la Confesión de Scheleitheim, sino que también conocía bien el contenido de la misma, en cuyo apartado séptimo trataba el asunto del juramento, del que cito unas líneas:

El juramento es una confirmación entre quienes riñen o hacen promesas. La Ley manda que se haga sólo en nombre de Dios, con verdad y no con falsedad. Cristo, quien enseña la perfección de la Ley, prohíbe a sus seguidores todo juramento, verdadero o falso; ni por el cielo ni por la tierra, ni por Jerusalén ni por nuestra cabeza; y esto por la razón que luego explica: “Porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello” [Mateo 5:36]. De esta manera se prohíbe todo juramento. No podemos cumplir lo prometido al jurar, pues no podemos cambiar ni lo más mínimo nuestro ser. [...] Él dice:  sea su hablar sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede [Mateo 5:37]. Cristo es simple sí y no, y todos los que lo buscan comprenderán su Palabra con sencillez. Amén. [16]

Por la epístola de Calvino a Farel nos enteramos de la descripción que hizo el primero del distribuidor de libros: “con la cabeza levantada y los ojos puestos en alto, se daba los aires majestuosos de un profeta […] cuando así le convenía, contestaba con unas cuantas palabras a las preguntas que se le hacían”. Bellot fue congruente con un principio distintivo del anabautismo, el de que las marcas de prestigio académico, y/o la detentación del poder político o eclesiástico, no eran superiores per se a las interpretaciones de los creyentes sencillos.

El Concejo inquirió a Bellot acerca de si antes había comparecido ante una corte, él respondió que en dos ocasiones lo había hecho. Una en Berna y otra en Neuveville, resultando que en ambos casos fue expulsado por, en sus palabras, “guardar las leyes de Cristo”. Reconoció haber contactado a varias personas en Ginebra, de las que no supo dar sus nombres.

Bellot, después de ser “duramente amonestado para que abandonara la secta corrupta, finalmente fue liberado de prisión y desterrado de la ciudad de por vida. Sus libros serían quemados”, así quedó asentado en las actas del Concejo el 13 de enero. El osado Thyvent Bellot retornó a Ginebra solamente dos días después de haber sido expulsado. Nuevamente lo encarcelaron y sus libros quemados ante él, según las actas del 16 de enero [17]. Esta vez la expulsión fue acompañada de una advertencia: de regresar a Ginebra la pena sería de muerte [18]. Para Calvino el librero anabautista demostró plenamente ser “una persona irremediablemente obscena, o más bien un animal” [19].

La desigual polémica, por las circunstancias de que uno estaba encarcelado y el otro era un personaje con indiscutible autoridad en Ginebra, tiene como sus ejes la legitimidad del juramento cívico, así como el perfeccionamiento y la manutención de los pastores reformados por parte de la congregación, anota George H. Williams [20]. Además evidencia el “atrevimiento” de Thyven Bellot al incursionar en un territorio que, bien lo sabía él, estaba dominado por una Iglesia territorial donde se vedaba la presencia de otra confesión religiosa.

Los anabautistas de talante evangélico se negaron a jurar obediencia a los gobernantes, tanto católicos como protestantes. De la misma manera se opusieron vigorosamente a la unión de la Iglesia con el Estado, como ha sido constatado en varios capítulos de este libro. Fueron anticlericales, y en consecuencia aderezaron sus críticas por igual a la división existente en el catolicismo y el protestantismo entre los llamados laicos y los clérigos. Para ellos todos y todas eran laicos y sacerdotes al mismo tiempo. Enfatizaron el deber de los líderes en procurarse su manutención, sin descartar que el resto de la comunidad creyente pudiese contribuir económicamente en parte a su sostén.

El obcecado Bellot, comenta George Williams, “irritó sobremanera a Calvino al acusarlo de vivir en el lujo a expensas de los pobres, con su pingüe salario anual de quinientos florines, sus doce arrobas de trigo y unas doscientas cincuenta barricas de vino que se le daban, sin duda en vista de las exigencias de la hospitalidad pastoral” [21]. El librero fue excarcelado, con la condición de abandonar Ginebra de inmediato. Bellot no hace caso, continúa con su distribución librera y dos días más tarde es apaleado por su desobediencia a la orden de salir de la ciudad. Le queman sus libros y le amenazan “con la horca en caso de que volviera a Ginebra”.

Para Juan Calvino su encuentro con el librero anabautista fue un episodio más que le fortaleció en el reduccionismo que hizo del anabautismo, que tuvo varias corrientes, pero que el reformador francés fue incapaz de vislumbrar. Vale reiterar que un año antes del episodio con Bellot, Juan Calvino escribe la Breve instrucción para armar a todos los buenos fieles contra pestíferos errores de la secta común de los anabautistas. La redacta, como se ha visto, a petición de Guillermo Farel, que hace la solicitud porque tuvo conocimiento de la expansión de los anabautistas en Neuchâtel, ya que se encontraba allí desarrollando su labor pastoral. Vale reiterar que es el mismo Farel quien, al solicitar a Calvino que refute las enseñanzas de los anabautistas, se refiere a los mismos como “leprosos mentales”, la persona que le hace llegar a Calvino la traducción francesa de la que se conoce como la Confesión de Schleitheim, para que la refute y marque la pauta sobre cómo responder a los anabautistas, a quienes Calvino llamó, como antes fue mencionado, fanáticos, pobres tontos, carentes de juicio, analfabetos y enemigos del gobierno. [22]

No mucho después de que comenzó a circular la Confesión de Scheleitheim, o Unión fraternal como también se le conoce, Sattler fue arrestado en territorio austriaco, juzgado en Rottenburgo y sentenciado a muerte: le cortaron la lengua, le ataron a un carruaje para desmembrarlo, le arrancaron partes del cuerpo con tenazas ardientes. Sus restos fueron quemados en una hoguera. El horror tuvo lugar el 20 de mayo de 1527. Dos días más tarde a Margaretha, su esposa, los verdugos la ahogaron porque se rehusó a retractarse de su fe anabautista. [23]

La traducción francesa del documento anabautista que le hizo llegar Farel a Calvino incluía la narración del martirio de Michael Sattler. Cabe mencionar que, entonces, Juan Calvino trabajó su respuesta sobre un escrito que claramente establecía el carácter pacífico del anabautismo suizo [24]. Por lo tanto el teólogo francés, para cuando acontece su breve polémica con el librero Bellot (1545), tenía conocimiento intelectual/doctrinario de la que su amigo Farel llamaba plaga pestilente de los anabautistas. Además, en agosto de 1540 Calvino había contraído nupcias con Idelette de Bure, viuda de un anabautista, Jean Stordeur. En 1537, durante su primera estancia en Ginebra, Calvino tuvo un debate con Stordeur. Dos años más tarde, residiendo en Estrasburgo, Calvino convenció a Jean Stordeur de abandonar sus creencias anabautistas, él, su esposa e hijos se integraron a la congregación que pastoreaba Calvino. En la primavera de 1540 Stordeur murió por causa de la peste. [25]

La insolencia de Bellot, atreverse a desafiar los dominios de Juan Calvino con la sencilla actividad de distribuir libros y folletos carentes de permiso para circular en Ginebra por parte del mismo Calvino, confrontó la unión Iglesia-Estado cuidadosamente construida por el autor de la Institución de la religión cristiana, cuya primera edición data de marzo de 1536, ya que esa simbiosis era puesta en tela de juicio cuando se criticaba la creencia oficial. Por cierto que en la Institución el autor se presentó a sí mismo como defensor de los reformados franceses, sobre quienes “estableció ser inocentes del cargo de anabautismo”. [26]

Fue la fusión Iglesia-sistema político la que Calvino consideró vulnerada por el sencillo librero. En Ginebra todos y todas debían obedecer el conjunto de leyes político/religiosas inspiradas mayormente por la teología calviniana. Cuando Bellot se negó a prestar juramento en el juicio, a partir de sus convicciones bíblicas, no solamente cuestionaba los principios doctrinales vigentes en Ginebra, también puso bajo cuestionamiento el orden sociopólítico que descansaba, entre otros fundamentos, en la sujeción a las autoridades ante las que se prestaba juramento. Esto era así porque

Para los primeros europeos modernos, el juramento definía y legitimaba las relaciones entre las autoridades gobernantes y sus electores o súbditos, regulaba las relaciones entre conciudadanos y campesinos, y servía como el pegamento que mantenía unidas las estructuras sociopolíticas urbanas y rurales. La existencia de una comunidad sin juramento era impensable. Por lo tanto, el rechazo del juramento parecía un repudio a la sociedad. Invitaba a la enemistad social y a acusaciones de anarquía e insurrección, y prácticamente garantizaba la persecución. [27]

Después del castigo y orden de salir de Ginebra, bajo advertencia de que si desobedecía sería llevado a la horca, Bellot encaminó sus pasos a otros lugares. No sabemos cuáles, carecemos de más información sobre él. Fue uno de los que hicieron misión desde abajo, sin apoyos financieros ni protecciones políticas. Un insolente que no respetaba fronteras, ni se arredraba ante los que le exigían cesara sus disolventes prácticas.

Notas

1. Brian C. Brewer (editor), “Introduction”, T&T Clark Handbook of Anabaptism, T&T Clark-Bloomsbury Publishing, London-New York, 2022, p. 1.

2. John H. Yoder (compilador), Textos escogidos de la Reforma radical, Biblioteca Menno, Burgos, 2016, pp. 145-156.

5. Ibid., p. 177.

6. Ibid., pp. 178-179 y 181.

7. Benjamin Wirt Farley, (traductor y editor), John Calvin Treatises Against the Anabaptists and Against the Libertines, Baker Academic, Grand Rapids, Michigan, 1982, p. 16.

8. Willem Balke, op. cit., pp. 181-182.

9. George H. Williams, La Reforma radical, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, p. 663.

11. Alejandro Zorzín, “Reformation Publishing and Anabaptist Propaganda: Two Contrasting Communication Strategies for the Spread of the Anabaptist Message in the Early Days of the Swiss Brethern”, The Mennonite Quarterly Review, vol. LXXXII, núm. 4, octubre de 2008, pp. 507-508.

12. C. Arnold Snyder, “Konrad Winckler: an Early Swiss Anabaptist Missionary, Pastor and Martyr”, The Mennonite Quarterly Review, vol. LXIV, núm. 4, octubre 1990, p. 352; Katherine Hill, op. cit., pp. 5-6.

13. Willem Balke, pp. 196-197.

14. Ibid., p. 195.

15. Ibid., p. 196.

16. Edmund Pries, Anabaptist Oath Refusal: Basel, Bern and Strasbourg, 1525-1538, Pandora Press, Kitchener, Ontario, 2023, pp. 167-168.

17. Willem Balke, op. cit., p. 196.

18. Ídem.

19. Ibid., p. 197.

20. George H. Williams, op. cit., p. 663.

21. Ídem

24. Para conocer las características de éste y otras vertientes anabautistas en el siglo XVI, consultar C. Arnold Snyder, Following in the Footsteps of Christ. The Anabaptist Tradition, Orbis Books, New York, 2004; y J. Denny Weaver, Becoming Anabaptist. The Origins and Significance of Sixteenth-Century Anabaptist, segunda edición, Herald Press, Scottdale, Pennsylvania, 2005.

25. Willem Balke, op. cit., p. 135.

26. Ibid., p. 39.

27. Edmund Pries, “Oath Refusal in Zurich from 1526 to 1527: The Erratic Emergence of Anabaptist Practice”, en Walter Klaassen (editor), Anabaptism Revisited. Essays on Anabaptist/Mennonite studies in honor of C. J. Dyck, Wipf and Stock Publishers, Eugene, Oregon, 2001, p. 65.

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