La enredadera de este desorden me cubre de pies a cabeza, llenando mi ser de flores marchitas.
Ensordecen mis oídos, acallando las palabras que arruinadas por el ronco pasear de tu ausencia; hoy, simplemente conciben silencio.
Tibio se ha tornado el fuego. Embiste con delicadeza, provocando el delirio, enrojeciendo los pómulos; una desnudez sin tino.
Las grutas en las que antaño, jubilosa, albergaba oraciones se han convertido en desgastadas planicies.
Con miedo, busco repentinas transparencias, oquedades llenas de placidez donde acunar nuevas ilusiones, parir sueños y dejarme ungir con el aceite de la Gracia.
Conozco tu misericordia; sé que me amas. Y, aun así, entre las rendijas de mi incredulidad, imploro a un imposible dios de barro que escuche mis súplicas, aun sabiendo que no existe.
Miro como me ves.
Oigo como me escuchas.
¡Dios mío, tú lo conoces todo!
Y es precisamente eso lo que me hace vivir confiada: comprender, incluso entre mis pensamientos incomprensibles, cuán frágil soy y cuánto te necesito.
Porque cuando todo en mí se desordena,
cuando el silencio ocupa el lugar de tus palabras
y la fe parece esconderse entre las grietas de mi alma,
sé que tú sigues ahí.
Y quizá esa sea la verdadera desnudez:
presentarme ante ti sin adornos,
sin certezas, sin respuestas,
tal como soy.
Solo yo,
frágil y vulnerable,
ante un Dios que lo conoce todo
y, aun conociéndolo,
me sigue amando.
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