Calidad vs cantidad

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Calidad vs cantidad
Calidad vs cantidad

¿Necesitamos realmente todo aquello que creemos imprescindible para ser felices?

Si por alguna razón tuviera que vivir con lo preciso, admito que muchas cosas de las que hoy disfruto no las echaría de menos, estoy convencida de que, al cabo de un tiempo, aquello que ahora me parece indispensable acabaría convirtiéndose en una simple comodidad de la que podría prescindir sin que mi vida experimentara un cambio significativo.

Este mundo avanza a un ritmo cada vez más acelerado. La sociedad nos invita constantemente a consumir, a renovar lo que tenemos y a desear aquello que todavía no poseemos.

Comprar ha dejado de ser únicamente una necesidad para convertirse, en muchas ocasiones, en una forma de entretenimiento e incluso en una manera de buscar satisfacción personal.

Son pocos los que se detienen a preguntarse si realmente necesitan aquello que están adquiriendo.

El consumismo se hace especialmente evidente cuando observamos cómo muchas personas viven por encima de sus posibilidades. Los préstamos, tarjetas bancarias, microcréditos permiten adquirir prácticamente cualquier cosa de manera inmediata, pero esa facilidad tiene un precio.

No es extraño encontrar a quienes poseen numerosos bienes materiales, pero, viven preocupados por sus deudas, por sus obligaciones económicas y por mantener un nivel de vida que quizá ni siquiera necesitan.

Resulta paradójico tener mucho y disfrutar tan poco.

Podemos comprar un teléfono nuevo, conducir un coche mejor o llenar nuestra casa de objetos, pero ninguna de esas cosas garantiza que vayamos a sentirnos más satisfechos.

Quienes hemos aprendido a disfrutar de las cosas sencillas sabemos que el verdadero bienestar se encuentra en un lugar muy diferente del que nos señalan constantemente los especialistas en marketing.

Una vida plena no depende necesariamente de cuánto podamos comprar, sino de nuestra capacidad para valorar aquello que ya forma parte de nuestra vida; todo ello obviando que solo Dios llena por completo el corazón humano y que nada puede ocupar el lugar que Dios diseñó para Él.

Es lógico desear una existencia próspera y querer disfrutar de todo lo bueno que esta vida puede ofrecernos. El problema aparece cuando ese deseo se transforma en una necesidad permanente de tener más y más.

A veces basta con observar nuestro entorno para descubrir que la belleza está mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos.

Una conversación sincera, un paseo tranquilo, compartir una comida con las personas que queremos o disfrutar de un hermoso paisaje pueden proporcionarnos una satisfacción que ningún objeto comprado puede garantizar. Sin embargo, para apreciar estas cosas necesitamos detenernos y aprender a mirar.

Cuando conseguimos contemplar el bienestar desde la moderación y la sencillez, comprendemos que la calidad tiene mucho más valor que la cantidad.

Podemos estar rodeados de bienes materiales, llenar nuestras casas de objetos y nuestras vidas de comodidades, pero, si somos incapaces de disfrutar y de encontrar belleza en lo cotidiano, estaremos muy alejados del deleite que lo sencillo nos proporciona.

La verdadera riqueza quizá no consista en tener más sino en saber apreciar aquello que tenemos.

Como sabiamente escribió el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses: «He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación...» (Fil 4:11-12). Estas palabras contienen una preciosa enseñanza.

Aprender a estar satisfechos no significa renunciar a nuestras aspiraciones ni rechazar las comodidades de la vida, sino evitar que sean ellas las que determinen nuestro bienestar.

Cuando aprendemos a distinguir entre lo necesario y lo superfluo, descubrimos que la calidad de nuestra vida no se mide por la cantidad de cosas que poseemos, sino por la manera en que elegimos vivirla.

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