Los zapatos de los domingos

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Los zapatos de los domingos
Los zapatos de los domingos

Los zapatos de los domingos guardados, limpios, relucientes. Atrincherados en el armario, dormían inseparables ansiando la llegada del domingo.

Juntos yacían en aquella cajita de cartón, expectantes por saber qué nueva aventura les aguardaba.

Los domingos se despertaban temprano y en silencio esperaban que alguien abriese la tapa de ese hogar de cartón y les diese la oportunidad de salir al mundo exterior, de ver la luz del sol.

El domingo era el día en el que, calzados por los pequeños pies de la niña de la casa —esa alocada chiquilla de sonrisa fresca y contagiosa alegría—, una niña que accedía a ponerse aquellos brillantes zapatos con desdén y desgana pues, dado el poco uso que hacía de ellos, estos siempre le provocaban dolor.

Ellos vivían ajenos al dolor que causaban; tan solo deseaban salir a pasear, deambular por las calles y llegar allí donde la niña los llevara.

Paseos rutinarios pero hermosos: a casa de las abuelas, a casa del tío, al bar de la calle Lealas y, vuelta al hogar.

El regreso era triste. Ya no estaban tan limpios, la puntera de uno de ellos lucía desgastada; no eran los mismos que abandonaron la casa.

Dormirían de nuevo arrullados el uno junto al otro, cansados del trote dominical. Descansarían en su cajita de cartón a la espera de la llegada del domingo, el día en el que nuevamente serían libres.

Los recuerdos se atavían de innumerables formas. Hacen su incursión en el presente y lo tiñen todo con una espesa capa de nostalgia. Hoy he recordado los recios zapatos de mi infancia —indomables y dolorosos—, zapatos que hoy me evocan una triste ternura. El ayer se disipa cada vez más y más lejos. La niña que fui hoy me saluda desde el pasado y, con mi presbicia, casi no logro ver su mano.

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