Sus palabras chocaban como olas contra las rocas, fuertemente, revestidas de la verdad que cada locución emitida exhibía al exterior. Los receptores enmudecían. Nada quedaba por decir tras el discurso armonioso que entrelazaba en el aire la sencillez con la sabiduría divina.
Nunca existirá un Maestro como Jesús. El mejor pedagogo de la historia.
Para enseñar se valía de elementos comunes: piedras, semillas, levadura, sal, vides... Un listado de instrumentos que sabiamente orquestaba para crear una historia impactante, una sorprendente lección.
Cuando aquellos que deseaban acabar con Él, u otros se acercaban con el deseo de preguntar el porqué de sus acciones o el cómo de aquello que debían hacer, el Maestro sabio tomaba la batuta y, con sorprendente maestría, vertía sobre el autor de la pregunta otro interrogante.
El emisor se convertía en receptor y, al contestar aquello que le era preguntado, se respondía a sí mismo.
Una pregunta era contestada con otra pregunta.
Él invitaba a los interlocutores a la reflexión, a mirar de forma analítica y a ver realmente el estado de sus corazones, a examinar cuáles eran sus verdaderas motivaciones.
De sus labios apasionados nacían palabras que desataban una tormenta que obligaba a quienes las oían a hacer un ejercicio de introspección para comprobar la condición del alma.
Hoy, Él sigue hablando.
El Maestro de maestros sigue arañando el interior con palabras que arden dentro del corazón que las recibe y las acuna.
Desborda su gracia sobre quienes se inclinan a beber del Agua Viva, ansiosos por calmar su sed. Su Palabra alumbra los recodos oscuros, las celdas profundas, el pasado lamido por el temor y la ausencia de vida.
La llama eterna sigue fulgente, consumiendo aquello que necesita de la quema para quedar sumido en cenizas, y hace resurgir un renovado entendimiento de lo sagrado.
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