Una vieja amistad

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Una vieja amistad
Una vieja amistad

Al evocar el pasado , tiendo a detenerme en secuencias desprovistas de tristeza, es más, busco siempre esas instantáneas en las que el alborozo lo funde todo en acompasada y cálida alegría.

Cuando ante mí se ciñe la nostalgia, tomo cuidadosamente los recuerdos e intento acariciarlos, aun sabiendo que mi incursión en ellos no siempre resulta un trazo acertado, es a veces difícil evocar el ayer sin sentir los azotes acres que provocan las ausencias.

Hay despedidas inevitables, seres cercanos que tras su recorrido por la vida concluyen el viaje legándonos el testigo para que sigamos corriendo en esta gran maratón.

Esos abandonos se lloran, se evocan con triste alegría. Hablamos de los ausentes con melancolía y siempre tienen un lugar en la memoria.

Existen otro tipo de ausencias, abandonos que dejan tu casa-corazón maltrecha, hundida. Un distanciamiento progresivo de aquella persona a la que  amas y a la que no hace mucho estabas muy unida sintiéndote por ello enormemente orgullosa de formar parte de su historia.

Sigilosamente comienzan a colarse en tu interior los rítmicos vientos del pasado saboteando algún que otro instante que creías indeleble. Esa lejanía presagia que dentro de muy poco tendrás que recurrir al ayer para no sentir la doliente realidad.

Las palabras, las risas, las confidencias, el cómodo silencio provocado por la complicidad, se irá dilatando hasta convertirse en una ráfaga fugaz de aire insolente que logrará despeinar el recuerdo.

Y una mañana, al despertar, advertirás que la senda tantas veces transitada se encuentra plagada de hierba y ya no resulta transitable.

Ese adusto momento llenará, por unos instantes, todo tu aljibe de congoja, de una indisoluble tristeza.

Otearás por diminutas rendijas ese amor que creías inquebrantable viendo con cierta envidia cómo otros disfrutan de lo que neciamente creíste un poco tuyo.

Hay ausencias que se van asumiendo con el tiempo, otras, en cambio, sólo las puede restaurar la ilusoria proximidad, el acercamiento, la humildad, el perdón.

 

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