Hay demasiadas cosas que no veo, están ahí, pero no logro verlas.
Agudizo la mirada, intento no parpadear y, aun así, no las veo.
¿Cómo puede ocurrir esto?
¿Por qué me resulta imposible percibirlas?
Necesito que Él me ayude mostrándome qué debo hacer para que mis ojos sean transformados. Me siento ciega, totalmente invidente para interpretar lo que ante mí se representa.
Quiero ser honesta conmigo misma, buscar en mi interior las palabras correctas que poder desplegar creando así una oración que pueda ser oída y contestada según su bendita voluntad.
Sé que Él oirá, pero siento temor al desconocer cuál será su respuesta, no siempre su voluntad se asemeja a la mía.
Quiero ver con claridad, deseo que mis ojos sean renovados, que esta escasa visión que ahora poseo tome una dimensión distinta pudiendo así contemplar en todo su esplendor esto que ante mí se representa y que no consigo ver con nitidez.
Tú, mi buen Jesús, has de transformar mis ojos para que dejen de ver lo obtuso, lo desacertado, el fallo, la mácula y aprendan a mirar de forma diferente .
Ojos que hayan recobrado la vista después de haber permanecido tanto tiempo en oscuridad.
La oscuridad te vuelve sensible a la luz, y es justo Luz lo que necesito para comenzar a colocar cada cosa en su sitio, dándole cabida a lo que realmente importa y minimizar aquello que no tienen sentido alguno.
Ver la grandeza de lo pequeño, la hermosura de lo aparentemente feo.
Ver crecer lo yerto, iluminar lo sombrío , amanecer tras la tormenta y seguir percibiendo con ojos de niña la sorprendente belleza del autor de Amor.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
